Capitulo 3
Perplejo era en realidad como se había quedado Tom.
Mientras iba conduciendo
camino del rancho, empezó a pensar.
La noche anterior no había dormido bien, recordando la
expresión en el rostro de
Anna cuando se había marchado airada antes de que él y
Nina abandonaran la fiesta.
En realidad había usado aquello del folleto como una
excusa para ir a verla, para
comprobar si seguía dolida.
Lo que no había esperado de ningún modo era encontrarla
tan indiferente a él, ni
tan calmada y segura de sí mima. Lo cierto era que,
después de haber pasado dos años
siendo perseguido por ella y habiendo sido el objeto de
sus flirteos, era realmente
chocante que lo tratara como a un extraño.
Cuando llegó al rancho de su familia, aparcó el coche
frente al porche, y entró en
la casa con el ceño fruncido. Su madre debía haber
salido, porque no estaba en el salón
ni en la cocina. Sin embargo, para sorpresa, se encontró
a Harden en el estudio
revisando los libros de cuentas.
—¿Te preocupa algo? —inquirió este al verlo.
Tom cerró la puerta del estudio tras de sí, decidido a
confiarse a su hermano.
Necesitaba a alguien que lo escuchase.
—Anna es mi preocupación —le dijo
— Eso no es nada nuevo —contestó Harden— has estado
quejándote de ella
durante años.
Tom frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—No es eso, tú no lo entiendes. Está ignorándome.
Los intensos ojos azules de Harden lo escrutaron
—Hmm... ¿Una nueva táctica? —Tom se sentó en el borde del
escritorio.
—Desde anoche no es la misma. Dice que se ha dado cuenta
de que estaba
haciéndome la vida imposible, ha renunciado a mí.
—Y eso es malo? —inquirió Harden.
—Es el modo en que se comporta ahora lo que me preocupa
—dijo Tom
quedamente—. Está demasiado tranquila.
—No te fijaste en la expresión de su rostro cuando
apareciste con Nina,
¿verdad? —le respondió Harden. —Estaba destrozada.
Tom maldijo entre dientes.
—Yo pensé que estaba haciendo lo correcto. No quería
hacerle daño, solo
quitármela de encima.
—Bueno, pues ya lo has conseguido. ¿Cuál es el problema
ahora?
Tom dejó escapar un pesado suspiro.
—Es que... nunca imaginé que pudiera sentirme tan mal porque
me ignorara por
completo.
—Vaya, esa es una confesión bastante sorprendente
viniendo de ti.
—Supongo que sí —murmuró Tom, bajando la vista incómodo a
sus gastadas
botas—. Pero sigo pensando que hice lo correcto. Ella es
muy joven.
—Es lo que siempre has dicho — respondió Harden,
encogiéndose de hombros—
En fin, ¿qué puedo decir? Parece que al fin, Anna te ha
escuchado.
—Sí, supongo que sí —dijo Tom. Pero no parecía
satisfecho.
—¿Y qué me dices de Nina? Anoche me dio la impresión de
que estaba bastante
entusiasmada contigo ¿Vas a volver con ella? —le
preguntó.
—No estoy interesado en Nina. Lo nuestro se terminó. La
ayudé a abrirse camino
en su profesión, y lo de anoche fue una especie de favor,
a modo de agradecimiento.
—Entonces está ayudándote a mantener a Anna a raya
—murmuró Harden.
—Esa era la idea, pero según parece no era necesario, ya
que Anna ha dejado de
perseguirme. Asegura que ha decidido dejarse de juegos
adolescentes. ¿Es eso todo lo
que era para ella... un juego?
—Bueno, tal vez eras tú el que se lo estaba tomando
demasiado en serio —sugirió
Harden—, aunque a mí a veces me parecía que el flirteo de
Anna te divertía, por
mucho que te quejaras de que te atosigaba.
Y tenía razón, porque Tom no podía negar que en el fondo
se sentía atraído por
ella, pero el hecho de que ella apenas había dejado atrás
la adolescencia, siempre
hacía que renegara de esos sentimientos.
—Anna es virgen —le dijo a su hermano—, estoy casi
seguro, y yo ya pasé por una
mala experiencia con una mujer inocente. No soy tan
masoquista como para volver a
repetir aquel error.
—Comprendo tus temores, Tom —le respondió Harden—, pero
Anna no es Louisa.
Además...
—Todo esto es ridículo —lo cortó Tom, que ni siquiera
estaba escuchándolo—,
Anna es demasiado joven para tener interés real en un
hombre —le dijo.
Harden meneó la cabeza.
—Espero que tengas razón, porque si no, si en realidad le
importabas, puedes
haber matado ese amor, y pasar el resto de tu vida
lamentándote —le advirtió.
Tom frunció el ceño.
—¡Ya te he dicho que ella misma me dijo que solo era un
juego!
—¿Acaso crees que iba a confesarte que se muere de amor
por ti después de que
te pavonearas anoche con una de tus antiguas conquistas
en su propia casa?
Tom se pasó una mano por el cabello, exasperado. De algún
modo le parecía que
Harden tenía razón en lo que le estaba diciendo, pero no
podía aceptarlo.
—Por el amor de Dios, Tom, si tan solo le dieras una
oportunidad a Anna!
—gruñó Harden, atónito ante lo cerrado de mente que podía
ser su hermano—. No está
asustada de ti como lo estaba Louisa.
—Por supuesto que no lo está... porque ni siquiera la he
besado —replicó Tom
mirándolo fijamente—. Louisa tampoco me tenía miedo hasta
que intenté llevármela a
la cama!
Harden le sostuvo la mirada.
—Bueno, ahí tienes la respuesta: quién nada arriesga,
nada gana —lo aleccionó.
Tom resopló irritado.
—Aunque Anna tuviera unos años más, jamás me atrevería
a... ¿es que no lo
entiendes? —exclamó arrojando los brazos al aire, y
girándose hacia la ventana —.
Aquella experiencia me dejó marcado. Perdí el control y
le hice daño a Louisa. Mi
estatura y mi fuerza no son cosa de broma.
—Es cierto que eres muy alto, y fuerte como un toro
—asintió Harden—, pero te
has creado un complejo absurdo. Solo porque una histérica
te acusara de haberle roto
las costillas...
—Bueno es verdad que le hice daño —murmuro Tom,
sintiéndose fatal.
—Se hizo daño ella sola —replicó Harden—, forcejeando
contigo y cayéndose de
la cama —le recordó Harden—. Apenas medía uno sesenta,
era toda huesos, y para
colmo resultó ser una virgen aterrorizada. Anna en cambio
es una chica alta, bien
formada... es más tu tipo.
—Me da igual que sea mi tipo, ¡es una cría!
—Lo que tú digas —se rindió Harden, encogiéndose de
hombros—. Probablemente acabará casándose con el honorable médico y tendrán
diez hijos.
—Si es lo que quiere, por mí bien —dijo tozudamente Tom.
Y, sin embargo, al
decirlo, le hervía la sangre solo de imaginarla en la
cama con aquel petimetre. Se caló
el sombrero hasta los ojos y salió del estudio.
En los días siguientes, Tom advirtió una diferencia
notable en su vida. Cuando iba
a la ciudad, Anna ya no aparecía detrás de él en las
tiendas, ni se asomaba sonriente
desde la ventana de la inmobiliaria para saludarlo.
Asistió a varios actos sociales, e
incluso se llevó a Nina con él, pero Anna no acudió a
ninguno.
Debería haberse sentido rebosante de felicidad, pero, de
algún modo, le dolía
que Anna ya no tuviera el menor interés por él, y por
mucho que empezara a
enumerarse mentalmente las causas por las que no quería
tener una relación con ella,
no servía de nada.
Dos semanas después de la fiesta, Anna estaba en una
boutique de la ciudad,
cuando entró Nina en el local llenando el ambiente con su
caro perfume.
—¡Vaya hola, Anna! —la saludó con una sonrisa.. — ¡Bueno,
así que Tom finalmente
te ha ganado la partida! No te vimos en la fiesta de los
Anderson el otro día ni
tampoco en la barbacoa de los Ballenger... Me di cuenta
que nada más llegar, Tom se
pasó varios minutos mirando de reojo todo el tiempo, por
si aparecías. ¡Pobre hombre!,
le has causado manía persecutoria —concluyó riéndose.
Anna contrajo el rostro enojada por semejante retrato de
sí misma.
—Bueno, ya he dejado eso atrás. He decidido dar una
oportunidad a mi relación
con Randall.
—Hmm... El doctor de las manos largas, ¿eh? — murmuró
Nina sarcástica,
mientras examinaba uno de los vestidos más caros de la
tienda—. Espero que te des
cuenta de que no te será fácil conseguir que te sea fiel,
porque imagino que habrás
oído que llevó a Cindy Grayson a la fiesta que los Ford
dieron este fin de semana, ¿no?
Y que ella no regresó a su casa hasta el amanecer.
Anna miró a la mujer con puro odio.
—¿Sientes placer atormentándome, Nina? —le espetó—. Ya
tienes a Tom. ¿Qué
más quieres?
La modelo enarcó sus finas cejas.
—No tengo a Tom... todavía —le contestó—. Simplemente me
pidió que le
ayudara a mantenerte alejada de él. Me dijo que haría lo
que fuera para librarse de
ti— añadió, observando a Anna con altivez—. Aún tienes
mucho que aprender, querida
—dijo chasqueando la lengua—. Tendrías que haberte dado
cuenta de que Tom es de
esa clase de hombres a los que no les gusta que los
persigan. Te perjudicaste a ti
misma con esa estrategia tan poco sofisticada.
Cómo odiaba a aquella mujer...
—Pues ya lo he dejado tranquilo —dijo la pobre Anna, con
un nudo en la garganta
y las mejillas ardientes.
Nina se encogió de hombros.
—Me temo que él no está tan convencido. Aunque a mí eso
me viene de perlas
—dijo con una sonrisa perversa—, porque mientras siga
sintiéndose amenazado por ti,
continuará recurriendo a mí. Es realmente increíble en la
cama, ¿sabes? —añadió con
toda la intención, observando encantada la expresión de
angustia en el rostro de la
joven.
Anna volvió a colgar la falda que iba a probarse y salió
de la tienda
apresuradamente.
Nina la observo alejarse con una sonrisa diabólica. Había
sido tan fácil como
quitarle un caramelo a un niño. Inexplicablemente, la
joven se había dado por vencida
en el primer asalto, pero Tom parecía preocupado desde
que empezara a ignorarlo, así
que la única posibilidad que tenía de conseguir que la
olvidara era hacer que ella lo
odiara. Bueno, parecía que al haberle mentido, sugiriendo
que se estaba acostando con
él había funcionado. Sonrió satisfecha, y descolgó el
vestido, tarareando una canción
mientras se dirigía al probador.
Por la tarde, Anna no consiguió concentrarse en el
trabajo, y en cuanto fue la
hora de salir, se fue directa a la galería Taylor,
decidida a cambiar su vida de una vez.
Brand Taylor, el dueño, tenía buen ojo para las obras de
arte y un profundo
conocimiento del mercado. Conocía a Anna desde niña, y
había seguido sus progresos
pictóricos y su creciente interés por el arte.
—Tenía la esperanza de que algún día te acercaras por
aquí para ofrecerte a
ayudarme —le dijo visiblemente satisfecho cuando Anna le
hubo explicado el motivo de
su visita—. Tener que llevar esto yo solo se me hace cada
vez más cuesta arriba. No,
no me vendría mal una ayudante. Tú tienes vista para los
detalles, y podría enseñarte
a evaluar pinturas, y el funcionamiento del mercado.
—Eso me encantaría. Tengo muchas ganas de empezar— le
dijo Anna
entusiasmada.
Él asintió
—Bien, entonces. ¿Cuándo podrías empezar?
—El lunes que viene. Esta noche le diré a mi madre que
busque a alguien que me
reemplace.
—Y eso no le causará a ella mucho estropicio?
—No, no, no se preocupe —contestó Anna negando con la
cabeza—. Al
contrario, estará encantada. Lleva años diciéndome que
tengo que buscar mi propio
camino, lo que de verdad quiera hacer.
Y en efecto, su madre se sintió muy feliz por ella cuando
le dio la noticia al
llegar a casa.
—Ya era hora hija —le dijo—, pensé que ibas a quedarte
siempre en la oficina.
Me encantaba tenerte allí, naturalmente, pero...
—Pero las dos sabemos que si te pedí ese puesto era para
poder ver más a Tom
—concluyó Anna, frunciendo los labios—. Sí, mamá, esa es
la razón por la que dejo la
inmobiliaria. Si quiero cortar para siempre con mi
actitud hasta ahora, tengo que
hacerlo del todo.—Además, el señor Taylor es un hombre
encantador y ya sabes que el
arte me apasiona. Quiero hacer algo útil con mi vida,
algo que me llene. El matrimonio...
bueno, quizá algún día, pero todavía no.
—Buena chica —aprobó su madre acariciándole la mejilla—.
Aún eres joven.
Tienes mucho tiempo por delante.
—Sí, tengo mucho tiempo por delante —repitió Anna con una
mirada triste en sus
ojos azules. Se sentía un poco perdida, pero no quería
ponerse a suspirar por cada
rincón de la casa—. ¿Qué te parece si nos vamos a cenar
fuera, para celebrar lo de mi
nuevo empleo? —propuso.
—Me parece una idea magnífica —dijo su madre sonriendo—.
¿Dónde quieres que
vayamos?, ¿Al Beef Palace?
Anna contrajo el rostro. Aquel era el restaurante
favorito de Tom.
—¿No te apetece más ir a un chino?
Polly se encogió de hombros.
—Como quieras.
Horas después, cuando salían del restaurante, charlando
animadamente, Tom,
que pasaba por allí en coche con Nina, las vio. «Qué
extraño», se dijo, «creía que a
Anna no le gustaba la comida china...».
—¿No son esas Anna y su madre? —murmuró Nina con cierta
aspereza—. ¡Fíjate
qué raro! ¿Por qué habrán ido a ese chino? Yo había
esperado que la encontrásemos en
el Beef Palace. Como dicen que siempre va allí para
revolotear a tu alrededor...
Tom la miró irritado.
—No es necesario que la ridiculices —le dijo en un tono
suave pero peligroso.
La modelo se quedó mirándolo sorprendida.
—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace. De hecho es lo que
ella ha estado haciendo
hasta ahora, ponerse en ridículo a sí misma. Además, ella
lo reconoce — murmuró.
Tom entornó los ojos suspicaz.
—No le habrás dicho nada, ¿verdad?
Nina cruzó sus elegantes piernas.
—Me la encontré a mediodía en una boutique, y simplemente
le dije que estabas
harto de ella, cosa que ya sabía —le dijo tan tranquila.
Tom contrajo el rostro disgustado. Nina no era
precisamente un dechado de
tacto cuando se trataba de decir las cosas, y estaba
seguro de que Anna habría
pensado que la había enviado él.
Así que la semana siguiente con la excusa de devolverle el
folleto a la señora
Cochran y discutir con ella los detalles de la compra del
terreno, esperó poder ver a
Anna y aclarar aquello pero la joven no estaba en su
mesa.
Llamó a la puerta abierta del despacho de Polly, y esta
alzó la vista de los
papeles que estaba revisando para saludarlo e invitarlo a
pasar, haciéndole un gesto
con la mano para que se sentara.
—Bueno, ¿qué habéis decidido? —le preguntó con una
sonrisa cordial.
—¿Dónde está Anna? —inquirió Tom sin responder —¿No
estará enferma o algo
así?
Polly Cochran lo miró sorprendida. O mucho la engañaban
sus ojos y sus oídos, o
Tom Kaulitz estaba preocupado por su hija.
—Pues la verdad es que ha encontrado otro empleo, Tom —le
dijo vacilante—.
Ahora trabaja para Brand Taylor.
—¿En la galería de arte? —farfulló él incrédulo. Se
recostó en el asiento dejando
escapar un pesado suspiro—. ¿No le parece que está
llevando las cosas al límite? —le
dijo a la señora Cochran—. ¡Por amor de Dios, solo falta
que se destierre por mí!
Polly, sabiamente, no dijo nada al respecto, sino bajó la
vista a sus papeles,
haciendo que los ponía en orden. ¡Si él supiera...! Anna
le había comentando incluso
durante el fin de semana que estaba pensando en alquilar
una habitación en una
pensión para empezar a independizarse.
—La oportunidad del trabajo en la galería se le presentó
de repente —murmuró.
—¿No le habrá mencionado por casualidad que haya tenido
un encuentro con Nina
últimamente, verdad? —insistió Tom, inclinándose hacia
delante y observándola
fijamente, sin pestañear.
—No —contestó la señora Cochran contrariada— ¿por qué?
—Parece ser que Nina le ha dicho algunas cosas bastante
duras, como si hablara
en mi nombre —le explicó él.
—Quizá haya sido lo mejor —dijo la señora Cochran
pensativa—. Es mejor que
Anna no albergue vanas esperanzas respecto a ti, Tom. No
te preocupes por ella. Con
el tiempo lo superará, y seguramente acabará casándose
con Randall.
—Randall es un playboy —repuso Tom frunciendo el ceño.
—Puede que no haya sentado aún la cabeza —concedió
Polly—, pero si aprecia a
mi hija como creo que la aprecia, puede que llegue a
amarla, y entonces tal vez dejará
de ir de flor en flor.
—Los tipos así raras veces cambian, señora Cochran —insistió
Tom entornando
los ojos.
La mujer sonrió con tristeza.
—No puedo decir que sea el yerno ideal, pero es la vida
de Anna, no tengo
derecho a interferir en ella.
Tom volvió a recostarse en el asiento de cuero y frunció
el ceño intranquilo.
—Bueno, y entonces... ¿qué habéis decidido respecto a ese
terreno? —le
preguntó de nuevo la señora Cochran.
—Vamos a comprar —respondió él abstraído. Ofreció una
cifra y dejó a un lado
su preocupación por Anna por un momento para discutir
aquella transacción.
Sin embargo, el comportamiento de la joven le parecía
desmesurado, y cuando
abandonó la inmobiliaria, fue derecho a la galería de
arte.
Aquel día el señor Taylor se había marchado a Houston, a
una subasta, dejando
a Anna a cargo de todo.
Tom la observó un instante a través de la enorme
cristalera antes de entrar.
Estaba realmente preciosa, se dijo. Había escogido para
aquel día un traje de
chaqueta y falda en seda beige, una delicada blusa blanca
con bordados en el frente, y
se había recogido el cabello con una elegante trenza de
raíz. Además, se había
puesto unos zapatos de tacón que remarcaban la grácil
curva de sus tobillos y
pantorrillas, y el traje le quedaba como si se lo
hubieran hecho a medida.
Finalmente Tom se decidió a entrar, y abrió la puerta
haciendo tintinear la
campanilla que colgaba del techo. Anna se giró al oírla,
esbozando una sonrisa que se
desvaneció en cuestión de segundos al ver que era él.
Aquella reacción fue como un latigazo para Tom. Sus ojos
azules siempre se
iluminaban al verlo, pero en ellos solo se reflejaba ya
desconfianza y resentimiento.
—¿Puedo ayudarte en algo, Tom? —le preguntó en un tono de
cortesía
meramente profesional.
Tom avanzó hacia ella con las manos en los bolsillos y la
miró con los ojos
entornados.
—No tenías que dejar a tu madre desaviada solo para
evitarme —le dijo con
marcado sarcasmo.
Anna alzó la barbilla desafiante.
—Dado que la única razón por la que le pedí que me dejara
trabajar allí era para
poder verte más a menudo, dudo que la haya dejado
«desaviada» en absoluto.
El esbozó una leve sonrisa.
—Ya veo —murmuró—. Entonces, siguiendo ese razonamiento,
debo pensar que
has venido a trabajar aquí para no verme porque piensas
que no tengo ningún interés
por el arte, ¿me equivoco? Eso no es muy halagador.
—Desconozco tus intereses, aparte de hacer dinero —le
contestó con frialdad—.
¿A qué has venido?
—Quería asegurarme que Nina no te había hecho daño.
Anna se giró hacia él, arqueando las cejas.
—¿Qué diferencia supondría que me hubiera dejado herir o
no por sus palabras?
Su intención claramente era la de hacerme daño.
Tom inspiró y expiró.
—Solo quería que supieras que yo no la había mandado a ti
para que te dijese lo
que te dijo.
—Me lo habría merecido si hubiese sido así —repuso ella,
bajando la vista al
suelo—, después de todo lo que te he molestado.
Tom se sentía incómodo oyéndola hablar de ese modo. Se
acercó un poco más a
ella, sacó las manos de los bolsillos, y tomó su rostro
entre ellas. ¡Dios, era tan
hermosa! Sus ojos tenían el color del cielo, su piel
parecía de melocotón, y sus labios...
esos labios gruesos y sonrosados... Sin poder evitarlo,
siguió su contorno con los ojos.
Había tal intensidad en su mirada, que la joven se
sonrojó ligeramente, y entreabrió
los labios en una acción refleja.
—Anna... —murmuró él con voz ronca por la excitación.
La joven abrió mucho los ojos ante su tono. Nunca lo
había oído pronunciar su
nombre de ese modo. Advirtió que los ojos castaños de Tom
estaban fijos en sus
labios, y que sus grandes y cálidas manos le asieron las
mejillas con más fuerza, y
alzaron su rostro hacia el de él. Turbada, observó cómo
Tom inclinaba la cabeza, y sus
labios se aproximaban a los de ella, hasta quedar a solo
unos centímetros de distancia.
El ranchero escuchó la respiración de Anna tornarse más
rápida, y todo el
autocontrol que había estado ejerciendo sobre sí mismo
hasta entonces, se desvaneció
ante el fiero arranque de pasión qué se estaba apoderando
de él.
Estaba tan cerca de ella que el olor de su colonia estaba
embriagando a la joven
y podía sentir su ancho y duro tórax contra la turgencia
de sus senos. Aquel íntimo
contacto era tremendamente excitante, incluso habiendo
entre ellos varias capas de
ropa.
Nerviosa, puso las manos abiertas contra su camisa, en un
vano intento de
detenerlo, cuando ella misma no quería que parase.
—¿Sabes besar, Anna? —susurró Tom. El ardiente deseo de
tomar los labios de
la joven había hecho que la razón lo abandonara por
completo.
— S... sí —balbució ella.
—Demuéstramelo.
Las palabras se adentraron en los labios entreabiertos de
Anna cuando la boca
de Tom se posó de pronto en la suya. La joven saboreó
aquel beso en el silencio de la
galería. Su cuerpo se tensó, contuvo el aliento en la
garganta, y la sobrecogió el
inusitado placer que estaba sintiendo. Nunca antes la
había besado un hombre
experimentado, y era tan diferente de Randall y los
chicos con los que había hecho
antes aquello...
La respiración del vaquero también se había tornado
entrecortada, y cuando
despegó su boca de la de ella para tomar aliento, la
joven notó los latidos fuertes e
irregulares de su corazón contra su pecho. Los dedos de
la joven se cerraron, asiendo
la tela de la camisa, como tratando de mantenerse en el
mundo real.
—Anna... —jadeó él, enfebrecido.
Deslizó sus brazos en torno a ella, y la atrajo aún más
hacia sí. Tom era muy
fuerte, y aquel abrazo resultó brusco por la pasión que
le imprimió, pero a Anna no le
importó, porque su beso le había inyectado el deseo en
las venas.
Metió los brazos por debajo de la chaqueta de Tom,
acariciándole la espalda, y
se puso de puntillas, dejando que devorara de nuevo sus
labios mientras emitía suaves
gemidos. La presión de la boca del vaquero era cada vez
más insistente, y Anna abrió
los labios para él. La lengua de Tom aceptó su muda
invitación, y una ráfaga de calor la
hizo estremecerse entre sus brazos.
Tom no podía pensar, no podía respirar. ¡Y pensar que la
persona a la que estaba
besando era Anna, la Anna a la que había conocido desde
niña...! Aquello era una locura.
Primero había hecho todo lo posible para alejarla de él,
y de repente estaba
alentándola sin la menor reserva. Sin embargo, se sentía
incapaz de luchar contra su
deseo. Invadió repetidamente la boca de la joven con su
lengua, y de pronto se
encontró imaginándola en la cama, debajo de él,
entregándosele con esa misma pasión,
permitiendo que desvelara los secretos de su feminidad y
que la iniciara en el arte del
amor. Con un gruñido casi animal, la levantó del suelo,
besándola desesperadamente.
Tras lo que pareció una eternidad, Tom la depositó de
nuevo sobre sus pies y
puso fin al beso, apartando el rostro, para encontrarse
mirándose en los enormes ojos
de Anna, que lo observaban extasiados. Tenía los labios
ligeramente hinchados y
enrojecidos por los ardientes besos.
La joven apenas podía mantenerse en pie. Tom la tenía
sujeta por la cintura, y
podía sentir su corazón latiendo con la fuerza de un
tambor contra su pecho.
—Me has besado... —murmuró anonadada.
—Y tú has respondido a mi beso —contestó quedamente—.
Esto es una locura,
Anna: solo tienes dicienueve años.
—Y tú treinta y cuatro —dijo ella tragando saliva, sin
haber recuperado aún
todo el aliento—. Ya lo sé Tom, y ahora sé cómo te
sientes. Me deseas, pero no tengo
ninguna posibilidad contigo.
La mirada de Tom se ensombreció.
—Anna...
—No, yo lo comprendo. Nina es más de tu estilo— siguió
ella amargamente—. Es
experimentada, y sofisticada...
Tom tuvo la impresión de que pensaba que se acostaba con
la modelo, pero no se
molestó en corregirla.
—¿Has mantenido relaciones alguna vez? —le preguntó con
voz ronca.
Anna agachó la cabeza, pero él le tomó la barbilla con
una mano firme para alzar
su rostro de nuevo.
—¿Has mantenido relaciones alguna vez?
Anna se sintió intimidada por la forma en que la estaba
mirando.
—¿Acaso no lo imaginas? —le espetó.
Tom advirtió entonces que estaba temblando, y el puño que
había puesto bajo su
barbilla se abrió, y sus dedos fueron descendiendo en una
ligera caricia por la tersa
garganta, hasta alcanzar uno de sus senos.
—No, nunca has estado con un hombre —confirmó con
certeza.
Sus ojos bajaron hasta el lugar donde los nudillos de su
mano reposaban, contra
el pecho de ella, y los frotó en torno al endurecido
pezón, observando cómo se
estremecía de placer e, inconscientemente, se ponía de
puntillas.
—Te odio —gimió Anna.
Tom rozó los labios de la joven con los suyos.
—Di mi nombre.
A Anna cada vez le era más imposible resistirse a la
proximidad de Tom y a sus
enloquecedoras caricias.
—Tom... —balbució contra su voluntad, irguiéndose hacia
su mano.
Él volvió a tomar posesión de sus labios, y de pronto,
sin previo aviso, sus dedos
se cerraron sobre la turgencia de su seno, acariciándolo
en el silencio de la galería,
roto solo por los gemidos de ambos, y su trabajosa
respiración.
Anna le clavó las uñas en los hombros, y entonces fue Tom
quien se estremeció
de placer. La mano que tenía sobre su seno se contrajo, y
la joven suspiró dentro de su
boca. Él, abandonado ya al deseo que tanto tiempo había
acallado, enroscó una pierna
con la de ella, y la atrajo hacia sus caderas para que
pudiera notar lo excitado que
estaba.
Y entonces, sin darse cuenta de lo que hacía, Anna le
mordió el labio inferior,
atrapada por el fragor de la creciente pasión.
Sobresaltada por su conducta, despegó su boca de la de
él, con los ojos como
platos.
—Lo... lo siento... No pretendía hacer eso... —balbució
avergonzada.
Trató de echarse hacia atrás, para apartarse de él, pero
la pierna que Tom tenía
rodeando la suya se lo impidió, y al reparar en lo
excitado que estaba, contuvo el
aliento, turbada.
Tom no quería separarse de Anna, pero se obligó a hacerlo
al ver la expresión en
su rostro. Comprendía que aquello era demasiado nuevo
para ella.
—¿El qué? —inquirió sin comprender.
—Te he... te he mordido —murmuró ella azorada. Tom se
rio.
—Sí, ya lo creo que me has mordido. Y también me has
clavado las uñas como una
gata salvaje. Dios, en la cama serías capaz de hacer que
me sangrara la espalda.
Anna volvió a contener el aliento y se puso como la
grana.
No podía creer lo que había ocurrido, ni que le hubiera
permitido tomarse tantas
libertades después del modo en que la había tratado. Y no
solo permitírselo, sino
haberlo alentado, además, y respondido a cada caricia y
cada beso. ¡Y en la galería,
donde cualquiera que pasara por la calle podría haberlos
visto! Gracias Dios que se
encontraba en una vía estrecha y poco transitada, sobre
todo a aquella hora del día, y
también había sido una suerte que tuvieran delante,
tapándolos, un enorme cuadro con
un paisaje de Texas.
—¿Por qué has hecho esto, Tom? ¿Acaso Nina no te
satisface plenamente, o es
una especie de venganza por haberte estado persiguiendo
todo este tiempo?
Él apenas sí podía respirar por la excitación que aún
sentía. Anna le había
respondido con una vehemencia que nunca hubiera esperado,
y menos en una mujer tan
joven y con tan poca experiencia. Estaba sorprendido por
la fuerza de las sensaciones
que habían surgido entre ellos, pero se dijo que aquello
era un completo error, y que no
debía darle esperanzas.
—¿Qué crees tú? —le contestó con insolencia.
Como había esperado, Anna se sintió ofendida con aquella
respuesta.
—Creo que deberías marcharte —le dijo con voz queda.
Tom se caló el sombrero hasta los ojos.
—Yo también lo creo —murmuró—. Buena suerte con tu nuevo
trabajo. Le daré a
Nina recuerdos tuyos.
Anna no contestó, y pasaron varios minutos después de que
Tom se hubiera ido
antes de que dejara de temblar. Si quería que saliera de
su vida, ¿por qué había hecho
aquello?
Capitulo 4
En el coche, de regreso al rancho, Tom no lograba
quitarse a Anna de la cabeza,
a pesar de que no hacía más que repetirse las razones por
las que no podía, no debía,
tener una relación con ella: Anna tenía solo diecinueve
años y era virgen. En cuanto la
tocó, supo que ningún otro hombre lo había hecho antes.
Si tal y como todo el mundo
decía estaba encaprichada con él, posiblemente habría
estado reservándose para él,
aguardando por sus besos, por sus caricias...
¡Imposible!. Masculló para sus adentros,
golpeando el volante con el puño. Aquello era una
jugarreta del destino, una broma
cruel. La deseaba de un modo enfermizo, pero después de
su experiencia con Louisa no
podía...
La expresión aterrorizada en el rostro de Louisa cuando
se había vuelto hacia
ella tras quitarse la ropa, lo había atormentado durante
mucho tiempo. Había pensado
que ella lo amaba y confiaba en él, en que no le haría
daño, pero se había puesto muy
nerviosa y se había revuelto como un gato acorralado,
chillando todo el tiempo.
Su hermano Harden siempre le había dicho que ella sólo
iba detrás del dinero de
la familia, pero él se había negado a creerlo, y cuando
lo rechazó en la cama, fue un
duro golpe para él. Desde entonces, había salido con
alguna otra mujer, pero nunca más
con una joven o inocente, siempre eran mujeres
experimentadas, mujeres que no se
asustaban de su ardor en la alcoba.
Claro que Anna no había parecido en absoluto asustada, se
dijo. De hecho, le
había respondido con fervor, aun a su pesar. Sin embargo,
podía haber acabado
asustándola si no se hubiese detenido, si hubiera perdido
el control.
Había sido un error mostrarle que lo excitaba, que la
deseaba. Tenía que hallar
el modo de hacerle creer que como ella había sugerido, no
había sido más que
venganza, porque si no empezaría a perseguirlo otra vez,
y eso no se lo podía permitir.
No estaba seguro de poder resistir un segundo asalto,
sobre todo después de haber
probado el dulce sabor de sus labios.
Cuando llegó por fin al rancho, entró en la casa y se fue
directo al dormitorio,
para hacer la maleta. Iba asistir a un congreso de
ganaderos en Denver sobre un nuevo
programa de cruce de razas. El cambio de ambiente le iría
bien, se dijo. Tal vez incluso
conociera alguna mujer atractiva en la ciudad, una mujer
que le hiciese olvidar a Anna.
La joven, por su parte, estaba convencida de que lo
ocurrido en la galería de arte
había sido su forma de desquitarse por haberlo atosigado
tanto tiempo. Sin embargo,
había algo que la tenía desconcertada, y era el haber
sentido su excitación. ¿Podría
haber fingido eso? Sabía que los hombres podían excitarse
con solo pensar en las
mujeres a las que deseaban. ¿Habría estado pensando Tom
en Nina mientras
satisfacía su apetito con ella?
—Últimamente estás muy callada —comentó su madre unos
días más tarde,
durante la cena—. ¿Quieres que hablemos?
—No es nada importante —contestó ella, forzando una
sonrisa—. Supongo que
simplemente estoy un poco cansada por la tensión de estos
primeros días en mi nuevo
trabajo, pero estoy muy contenta. El señor Taylor incluso
me ha dicho que me dejaría
exponer algunos de mis paisajes en la galería. Dice que
tengo talento.
— Yo siempre lo he pensado, cariño —le dijo la señora
Cochran.
—Gracias, mamá —murmuró Anna sonriendo de nuevo—, no
sabes lo que me
animas. No como Randall... El otro día, cuando vino a
casa apenas sí miró los cuadros
que le estuve enseñando. Y de uno me dijo: «vaya, este
marco debe ser bastante
caro». ¿Te imaginas? —añadió meneando la cabeza.
—Sí, bueno, está visto que no es precisamente un amante
del arte —respondió su
madre. Se quedó un momento callada y suspiró—. Anna,
hija, sé que no te gusta que me
meta en tus asuntos, pero últimamente estás quedando
mucho con Randall... tres citas
esta semana... y me preguntaba... ¿No será a causa de Tom,
verdad?
Anna dio un respingo y se ruborizó.
—¿Qué quieres decir?
— Sé que te dolió que Tom se presentara en la fiesta con
Nina Ray, pero no
dejes que tu orgullo herido te empuje en brazos de un
hombre al que no amas. Randall
no es mal chico, pero es bastante interesado, y tiene
algo de donjuán.
—Tal vez, pero al menos no me hace daño como Tom
—respondió Anna con
amargura.
—Cariño, tal vez ahora te sientas herida, despreciada,
incluso que te ha tratado
como a una cría, pero con el tiempo te alegrarás. Si algo
puede decirse de Tom
Kaulitz es que es un hombre noble en su proceder: no va
por ahí seduciendo
jovencitas.
Anna bajó la vista azorada. ¿Qué cara pondría su madre si
le contara lo que había
sucedido en la galería?
— Ya he dejado atrás a Tom —le aseguró—. No voy a volver
a correr detrás de
él como un perrito faldero. Además, parece que se siente
aliviado desde que lo evito,
no lo he visto desde hace días.
—Ha estado fuera —contestó su madre en un tono
despreocupado—. Por un
congreso de ganaderos o algo así. Me lo mencionó Harden
el otro día. Creo que me
dijo que se marchó el jueves por la noche. Iba a ir
Donald, pero en el último momento,
Tom le dijo que iría él.
Anna se mordió el labio inferior. El jueves había sido el
día que había ido a la
galería... ¿Qué se habría creído, que iba a empezar a
perseguirlo otra vez después de
lo ocurrido y por eso había huido?
—¿Me estás escuchando, hija?
Anna alzó el rostro sobresaltada.
—Perdona, mamá, estaba acordándome de algo.
—Últimamente me preocupas, Anna. De verdad que sí.
—Pues no hay por qué. Estoy muy contenta con mi nuevo
trabajo, y... bueno, estoy
creciendo.
—Oh, sí, ya lo creo que estás creciendo —farfulló la
señora Cochran, observando
el recogido que se había hecho y el ligero maquillaje en
su rostro—. Cada día te
pareces menos a aquella niñita a la que llevaba al
colegio —dijo con un suspiro
nostálgico.
—Mamá... que tengo ya casi veinte años... —le recordó
Anna.
—Sí, es verdad. Haces que me sienta mayor. El mes pasado
le mandé a tu padre
una foto tuya, para que viera lo elegante y crecida que
estás— había una sonrisa en
sus labios, pero se desvaneció lentamente ante la mención
de su marido—. Me ha dicho
que puede que lo trasladen a Houston —dijo absorta, tras
beber un sorbo de agua—. Si
es así, podrá venir a verte él mismo.
Anna se quedó observando a su madre en un buen rato.
—Papá no sale con nadie —murmuró—, y tu tampoco, pero aun
así ninguno de los
dos está dispuesto a ceder en lo más mínimo para daros
una oportunidad. ¿No lo
echas de menos?
—Más de lo que imaginas —contestó su madre con tono
quedo, poniéndose de
pie—, pero la vida sigue cariño —le dijo con un suspiro—.
Te dejo, tengo que ir a
revisar unas cuentas. Estaré en el estudio.
Anna la vio marcharse con ojos tristes. Su madre, seguía
enamorada de su padre,
y nunca dejaría de amarlo. Tenía la esperanza de que
algún día se reconciliaran pero
sabía que, de suceder, llevaría mucho tiempo.
Al día siguiente, al final de la jornada, salió de la
galería sintiéndose algo
deprimida. Aquella noche había quedado con Randall, pero
la había llamado hacía un par
de horas para decirle que tendrían que posponerlo porque
le tocaba hacer guardia.
«¿Qué más da?», se dijo la joven, «en realidad no siento
nada por él». Sin embargo, lo
cierto era que en los últimos días no hacía más que
cancelar sus citas en el último
minuto, y se estaba empezando a preguntar si no estaría
mintiéndole con eso de las
guardias.
Para colmo, cuando entró en el coche, este no arrancaba.
Se bajó y miró al
automóvil irritada, dándole una patada a la rueda. Se
había nublado, y estaba
empezando a chispear. Estupendo, tendría que volver a la
galería para llamar al taller.
Sin embargo, en ese momento oyó una bocina, y cual sería
su sorpresa al girarse
y ver detenerse detrás de ella la camioneta con el
emblema del rancho Kaulitz, de
la que se apeó Tom.
—¿Algún problema? —inquirió, calándose el sombrero cuando
llegó a su lado.
Llevaba puesta ropa de trabajo y sus espuelas tintinearon
suavemente cuando se
detuvo junto a ella.
—No— mintió ella rehuyendo su mirada—. Es he que… he
olvidado algo en la
galería.
Entornó los ojos. Sabía que no le estaba diciendo la
verdad. Era obvio por el
modo en que había titubeado al contestar.
—Tu coche no arranca, ¿verdad? —le dijo sin andarse por
las ramas.
La joven se sonrojó, pero siguió sin mirarlo a los ojos.
—Voy a llamar al taller de reparaciones para que vengan.
—Yo te llevaré allí. Anda sube.
—¡No quiero!
Trató de apartarse de él, pero Tom la agarró por el
brazo.
—No servirá de nada que me evites —le dijo con aspereza—.
Me deseas. Tú lo
sabes, y yo también, puedo sentirlo nada más tocarte.
El labio inferior de la joven temblaba.
—¿Es que no puedes dejarme tranquila? —le rogó con la voz
quebrada—. ¡Sé que
no quieres nada conmigo! ¿Acaso tienes que seguir
restregándomelo por la cara cada
vez que me ves?, ¿Lo estúpida que he ido? ¿Tienes que
atormentarme, burlándote de
mi vulnerabilidad?
El dolor de Anna hizo que Tom se sintiera culpable. Lo
cierto era que
últimamente no comprendía por qué se estaba comportando
de ese modo con ella. Lo
último que quería era hacerle daño o humillarla. Sin
embargo tal vez era una venganza
inconsciente, porque ni siquiera su viaje a Denver había
logrado apartar a la joven de
su mente. Había conocido allí a una mujer atractiva y
deseable, la había invitado a unos
tragos, la había llevado a la suite de su hotel... pero
cuando la rodeó con sus brazos y
empezó a besarla, no sintió absolutamente nada. Su
cuerpo, por primera vez, se negó a
responder, y despidió a su conquista con cajas
destempladas, maldiciendo entre
dientes cuando se quedó a solas, irritado con el embrujo
que Anna parecía haber
lanzado sobre él, y consigo mismo.
Sus ojos oscuros descendieron hasta los labios de la
joven, sin soltarle el brazo.
—Me darías lo que quisiera, ¿no es verdad? —le preguntó
con voz ronca.
Anna se estremeció. Aquel no era el Tom que conocía.
Aquel hombre era un
extraño sensual, dominante, amenazador...
—Esto no es justo, Tom —balbució.
—¿Y acaso es justo lo que tú me estás haciendo a mí?—repuso
él con frialdad.
—Yo... yo no te he hecho nada... excepto evitarte
—murmuró Anna—. Creía que
era lo que querías.
Tom le rodeó la cintura con el otro brazo y la atrajo
hacia sí. Anna contuvo la
respiración y, sin poder remediarlo, sus ojos se vieron
atraídos hacia el masculino
tórax, que asomaba por los primeros botones desabrochados
de la camisa de cuadros.
—Esto es lo que quiero —le dijo él con voz profunda.
Su mano se deslizó por la espalda de Anna, y esta movió
sus caderas suavemente
contra las de él. Tom se quedó sin aliento al notar la
inmediata reacción de cierta
parte de su anatomía. Ahogó una risa entre amarga e incrédula.
Era increíble que una
chica que apenas había dejado la adolescencia lo afectara
de ese modo.
—No tiene gracia —gimió ella, poniendo las manos en su
pecho y empujándolo en
un intento de apartarlo—. Déjame.
Pero Tom no se movió.
—Dios —murmuró casi para sí—, que una virgen, pueda
hacerme reaccionar así
cuando ni siquiera una mujer experimentada... —no terminó
la frase y, como se
sintiera irritado, se apartó de repente de ella.
Su respiración se había tornado entrecortada, y su
excitación era tan patente,
que Anna apartó la mirada, roja como una amapola.
—Tengo que irme —balbució Anna.
—¿Sigues viendo a tu querido médico? —le espetó Tom en un
tono venenoso.
La joven no lo miró.
—Si te refieres a Randall, sí, sigo viéndolo.
—¿Y por qué diablos no te casas con él? — masculló él—,
así al menos me
desharía de ti.
Lágrimas de dolor y rabia afluyeron a los ojos de Anna.
—Llevo dos semanas evitándote —le respondió, alzando el
rostro furiosa— ¡No te
he buscado para nada! ¡Ahora eres tú quien me está
hostigando!
—Un poco de tu propia medicina —le dijo él, entrecerrando
los ojos—. Dime, ¿qué
se siente?
— ¡Lo odio! —gritó ella.
—Pues lo mismo me ocurría a mí —le contestó él con
frialdad—. Detestaba el
modo en que me atosigabas cada día, cada minuto.
Anna cerró los ojos con fuerza, conteniendo las lágrimas.
—Ya me ha quedado claro —le dijo con voz temblorosa—.
¿Puedo irme ya?
Tom se sintió asqueado de sí mismo al ver la expresión
angustiada en su rostro.
¿Por qué era tan cruel con ella? Al fin y al cabo no era
culpa de Anna que la deseara
hasta el punto de no sentir nada por ninguna otra mujer.
No era justo lo que le estaba
haciendo.
—Anna, yo...
Los ojos de ella se abrieron, mirándolo dolidos entre
lágrimas.
— ¡Lo siento, lo siento mucho!
Tom apretó los dientes, y dio un paso hacia ella
extendiendo una mano para
acariciarle la mejilla, pero ella se dio la vuelta y
salió corriendo calle abajo.
Él la observó alejarse, hasta que se perdió en la
distancia, con el rostro
contraído por los remordimientos. Se sentía como si le
hubiera arrancado las alas a
una mariposa.
Durante las semanas que siguieron, Tom se sentía cada vez
más confundido. Por
mucho que se dijera a sí mismo que podía resistir el
deseo que sentía por Anna, le
ponía furioso que ella continuara evitándolo,
ignorándolo, y siguió saliendo con Nina,
paseándola por todo Jacobsville, y llegó incluso a
llevarla un día a la galería Taylor con
la excusa de comprar un cuadro para el cumpleaños de su
madre. Se mostró tan atento
con la modelo, que Anna sentía deseos de gritar. Si lo
que pretendía era vengarse de
ella, se dijo la joven, desde luego lo estaba
consiguiendo. Sin embargo, en lugar de
amilanarse, le respondió aumentando sus salidas con
Randall.
En una de ellas, un concierto de música clásica en
Jacobsville, se encontraron,
para disgusto de Anna, con que Nina y Tom estaban
sentados unos asientos a su
izquierda. Para Anna fue un auténtico infierno ver cómo
le acariciaba la mano y la
besaba. A Nina no le faltaba más que ronronear de placer.
Durante el intermedio, Randall bajó a tomar un trago al
bar, y Nina fue al lavabo.
Casi parecía cosa del destino, se dijo Anna, queriendo
que la tragara la tierra, al ver
que Tom se había dado cuenta de que estaba sola y que se
acercaba a ella.
—¿Lo estás pasando bien?, ¿O el joven médico es un pobre
sustituto de mi
persona? —le preguntó Tom con una sonrisa burlona. Anna
lo miró iracunda.
—Me agrada mucho la compañía de Randall.
—¿De veras? —murmuró él—, pues parece que presta más
atención a la música
que a ti. Aunque a ti tal vez no te importe, claro...
—Prefiero eso a que esté todo el rato encima de mí como
un pulpo —le respondió
Anna.
Tom se rió.
—A Nina le gusta que la toque —le dijo mirándola a los
ojos—; abre la boca
cuando la beso, y siento como se derrite con mis caricias...
—Te odio —le dijo Anna apretando los dientes—. Nunca he
odiado tanto a nadie
como te odio a ti.
Un bofetón le habría dolido menos a Tom. Su rostro se
puso rígido.
—Prefiero eso a que vuelvas a perseguirme, rogándome que
te haga el amor —le
espetó con el mismo veneno.
Las lágrimas estaban empezando a acudir a los ojos azules
de la joven, pero
antes de que pudieran brotar, le dio la espalda, y fue en
busca de Randall.
Tom la vio alejarse entre la gente, sintiéndose mezquino.
¿Por qué hacía aquello?
¿Por qué la trataba así? ¿Cómo podía estar permitiendo
que las cosas llegaran a esos
extremos?
Lo único que sabía era que llevaba semanas librando una
batalla en la que no tenía
ninguna posibilidad de vencer, y que aquella noche había
perdido. Ser cruel con ella era
la única protección que le quedaba, la única manera de
negarse a reconocer la verdad
pero ya no podía más.
Suspiró cansado. No servía de nada que intentase seguir
engañándose. Había
caído prisionero del encanto de Anna y no tenía caso
resistirse, se dijo con una sonrisa
resignada.
Al día siguiente iría a la galería, la invitaría a
almorzar, y admitiría su derrota.
Solo esperaba que ella pudiera perdonarlo.
Cuando terminó el concierto, Randall acompañó
Anna a su casa andando, ya que se
encontraba solo a un paseo del centro cívico.
—Ya no queda nada para que termine las prácticas en el
hospital —iba diciéndole
Randall mientras caminaban—, y el año que viene me
estableceré por mi cuenta. Sí,
señor, pienso tener mi consulta privada en Houston. Si
nos casamos en... digamos
diciembre, podríamos mudarnos a finales de enero.
Anna se detuvo, y lo miró fijamente.
—Quieres decir que tendrás una consulta si mi madre nos
da una cantidad
sustancial como regalo de bodas —lo corrigió.
Sin embargo, en su voz no había reproche. Conocía de
sobra las ambiciones de
Randall, y lo cierto era que estaba tan desesperada por
alejarse de Tom, que ya todo
le daba igual, pero el joven no se había esperado
aquello.
—Anna, yo...
—Sé que no te mueres exactamente de amor por mí, Randall
—lo cortó ella
quedamente—. Y sé que no eres un hombre de una sola
mujer. No me importa. Estoy
dispuesta a casarme contigo.
Al ver la mirada apagada en sus ojos azules, Randall se
sintió culpable por
primera vez. Era verdad que no la amaba, pero sentía
afecto por ella.
—Haces que suene como si fuera una transacción comercial.
—¿Y acaso no es eso lo que será? —replicó ella—.Tú tienes
tus ambiciones, y mi
madre te avalará. Trabajarás duramente y te convertirás
en un médico de renombre.
Yo me dedicaré a pintar, me encargaré de dar
instrucciones a nuestra ama de llaves
sobre la casa, y seré la perfecta anfitriona en nuestras
fiestas —añadió renunciado a
sus sueños de una vida junto a Tom y un hogar en el
campo, rodeada de las risas de
sus hijos.
Randall dejó escapar un suspiro y la tomó entre sus
brazos.
—Yo... Tú te mereces algo mejor, Anna —le dijo de pronto,
sorprendiéndola.
La joven apoyó la mejilla en su pecho y sonrió.
—Cuando quieres eres un verdadero encanto, Randall.
—Soy consciente de mis defectos, Anna —murmuró él—. Sé
que no soy perfecto,
pero me siento muy a gusto a tu lado. Contigo siento que
puedo ser yo mismo, que no
tengo que fingir. Cuidaré de ti, te lo prometo, e
intentaré ser discreto a partir de
ahora.
—No me importa, Randall, de verdad —le dijo ella. Y era
la verdad. No lo amaba,
y sus infidelidades no podían siquiera magullar su ya
maltrecho corazón—. Se lo
diremos a mi madre cuando lleguemos a casa.
Randall asintió, la tomó de la mano con una sonrisa, y
continuaron caminando.
Anna le había devuelto la sonrisa, pero por dentro se
sentía cada vez más desolada
ante semejante perspectiva de futuro.
— ¿Qué os vais a casar? —balbució la señora Cochran
cuando le dieron la noticia.
Lo cierto era que ninguno de los dos parecía
particularmente entusiasmado.
—Exacto —confirmó Randall con una sonrisa—. Espero que
nos dé usted su
bendición, señora Cochran. Voy a cuidar muy bien de Anna.
Polly Cochran se habría sentido un poco más feliz si al
menos le hubiera dicho
que amaba a su hija. Miró a Anna, y sintió deseos de
llorar al ver lo resignada que
parecía y su mirada apagada. Sabía que estaba dispuesta a
dar aquel paso únicamente
para olvidar a Tom, estaba segura, pero su hija tenía
edad suficiente para decidir qué
quería hacer con su vida.
—Por supuesto que tenéis mi bendición —les dijo forzando
una sonrisa—. Espero
que seáis muy felices. Bueno, ¿y cuándo pensáis casaros?
— En navidades —contestó Anna quedamente. Randall
asintió.
—Me tomaré un par de días libres y nos iremos de luna de
miel.
—Randall quiere establecerse por su cuenta en Houston
—añadió Anna. Al menos
allí no vería a Tom a diario.
—Oh, me parece algo muy loable —dijo su madre con cierta
tirantez—. Está muy
bien que los jóvenes tengáis ambiciones y deseos de
prosperar. Por supuesto puedes
contar con mi ayuda para lo que necesites, Randall —le
dijo, observando el alivio que se
dibujó en el rostro del estudiante de medicina.
Se sentía como si le estuviese entregando una dote por su
hija, pero tampoco
quería verla vivir con estrecheces. Además, era obvio que
Tom no estaba interesado
en ella. Últimamente se lo veía siempre acompañado de
Nina, e incluso había oído que
pasaban todas las tardes por delante de la galería, como
si quisiera que Anna los viera.
Nunca había pensado que Tom Kaulitz pudiera ser un hombre
cruel, pero parecía
que Anna había hecho aflorar esa vena en él. La señora
Chochran frunció los labios.
Tal vez aquel matrimonio fuera lo mejor. Así, al menos,
cuando Tom se enterase de
que Anna iba a casarse, tal vez dejaría de atormentarla.
—Mañana mismo iremos a comprar el anillo de compromiso
—le dijo Randall a
Anna—. ¿Qué clase de anillo te gustaría?
La joven sonrió débilmente.
—Algo sencillo, una esmeralda —contestó.
—¿Una esmeralda? —repitió él, enarcando las cejas..
—No hace falta que te gastes mucho dinero —le dijo ella—.
Después, cuando ya
estés bien colocado, puedes comprarme algo ostentoso si
quieres.
Randall contrajo el rostro. Lo hacía sentirse ruin.
—Anna, te compraría un arcón lleno de diamantes si
pudiera —dijo de corazón—,
tú vales eso, y mucho más.
Polly Cochran lo miró gratamente sorprendida y sonrió.
Aquello sonaba un poco
más prometedor. Tal vez después de todo, Randall no
resultaría un mal marido para su
hija. ¡Si tan solo Anna pudiera llegar a amarlo a él...!
—Podemos ir a comprarlo cuando yo salga de trabajar
—sugirió Anna—. Acércate
a recogerme e iremos desde allí.
Después del trabajo... La hora a la que Tom solía pasar
por allí con Nina del
brazo... La señora Cochran tuvo que darse la vuelta para
que Randall no viera la sonrisa
maliciosa que se había dibujado en sus labios. Bien por
Anna. No iría mal que le
demostrara a Tom que ya no estaba muriendo de amor por
él.
HOLA!!! BUENO UNA DISCULPA POR NO SUBIR ANDO ADOLORIDA ... VOY A GYM Y ME DUELE TODO ... BUENO COMO VERAN ESTA NOVELA ESTA TRISTE Y A LA VEZ HERMOSA ... CUANDO LA LEO QUE YA HAN SIDO MAS DE CUATRO VECES, SE ME HACE UN NUDO EN EL ESTOMAGO Y ME TIEMBLA LA VOZ ... POBRE ANNA ... Y EVAN-TOM ES UN HIJO DE ... UFF BUENO ESPERO QUE USTEDES TAMBIEN LO ODIEN .. OK ME CALMO ...
BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))
Sube pronto *.*
ResponderEliminarSigueeee
ResponderEliminar:O Tom fue muy cruel con Anna pero tendrá bien merecido que sufra x el matrimonio de ella con Randall.. ya me muero x leer el próximo cap..
ResponderEliminarSubeee
ResponderEliminarSii pobre Ana!
ResponderEliminarSubee Virgiiii ;)