jueves, 9 de junio de 2016

3 y 4

Capitulo 3
Perplejo era en realidad como se había quedado Tom. Mientras iba conduciendo
camino del rancho, empezó a pensar.
La noche anterior no había dormido bien, recordando la expresión en el rostro de
Anna cuando se había marchado airada antes de que él y Nina abandonaran la fiesta.
En realidad había usado aquello del folleto como una excusa para ir a verla, para
comprobar si seguía dolida.
Lo que no había esperado de ningún modo era encontrarla tan indiferente a él, ni
tan calmada y segura de sí mima. Lo cierto era que, después de haber pasado dos años
siendo perseguido por ella y habiendo sido el objeto de sus flirteos, era realmente
chocante que lo tratara como a un extraño.
Cuando llegó al rancho de su familia, aparcó el coche frente al porche, y entró en
la casa con el ceño fruncido. Su madre debía haber salido, porque no estaba en el salón
ni en la cocina. Sin embargo, para sorpresa, se encontró a Harden en el estudio
revisando los libros de cuentas.
—¿Te preocupa algo? —inquirió este al verlo.
Tom cerró la puerta del estudio tras de sí, decidido a confiarse a su hermano.
Necesitaba a alguien que lo escuchase.
—Anna es mi preocupación —le dijo
— Eso no es nada nuevo —contestó Harden— has estado quejándote de ella
durante años.
Tom frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—No es eso, tú no lo entiendes. Está ignorándome.
Los intensos ojos azules de Harden lo escrutaron
—Hmm... ¿Una nueva táctica? —Tom se sentó en el borde del escritorio.
—Desde anoche no es la misma. Dice que se ha dado cuenta de que estaba
haciéndome la vida imposible, ha renunciado a mí.
—Y eso es malo? —inquirió Harden.
—Es el modo en que se comporta ahora lo que me preocupa —dijo Tom
quedamente—. Está demasiado tranquila.
—No te fijaste en la expresión de su rostro cuando apareciste con Nina,
¿verdad? —le respondió Harden. —Estaba destrozada.
Tom maldijo entre dientes.
—Yo pensé que estaba haciendo lo correcto. No quería hacerle daño, solo
quitármela de encima.
—Bueno, pues ya lo has conseguido. ¿Cuál es el problema ahora?
Tom dejó escapar un pesado suspiro.
—Es que... nunca imaginé que pudiera sentirme tan mal porque me ignorara por
completo.
—Vaya, esa es una confesión bastante sorprendente viniendo de ti.
—Supongo que sí —murmuró Tom, bajando la vista incómodo a sus gastadas
botas—. Pero sigo pensando que hice lo correcto. Ella es muy joven.
—Es lo que siempre has dicho — respondió Harden, encogiéndose de hombros—
En fin, ¿qué puedo decir? Parece que al fin, Anna te ha escuchado.
—Sí, supongo que sí —dijo Tom. Pero no parecía satisfecho.
—¿Y qué me dices de Nina? Anoche me dio la impresión de que estaba bastante
entusiasmada contigo ¿Vas a volver con ella? —le preguntó.
—No estoy interesado en Nina. Lo nuestro se terminó. La ayudé a abrirse camino
en su profesión, y lo de anoche fue una especie de favor, a modo de agradecimiento.
—Entonces está ayudándote a mantener a Anna a raya —murmuró Harden.
—Esa era la idea, pero según parece no era necesario, ya que Anna ha dejado de
perseguirme. Asegura que ha decidido dejarse de juegos adolescentes. ¿Es eso todo lo
que era para ella... un juego?
—Bueno, tal vez eras tú el que se lo estaba tomando demasiado en serio —sugirió
Harden—, aunque a mí a veces me parecía que el flirteo de Anna te divertía, por
mucho que te quejaras de que te atosigaba.
Y tenía razón, porque Tom no podía negar que en el fondo se sentía atraído por
ella, pero el hecho de que ella apenas había dejado atrás la adolescencia, siempre
hacía que renegara de esos sentimientos.
—Anna es virgen —le dijo a su hermano—, estoy casi seguro, y yo ya pasé por una
mala experiencia con una mujer inocente. No soy tan masoquista como para volver a
repetir aquel error.
—Comprendo tus temores, Tom —le respondió Harden—, pero Anna no es Louisa.
Además...
—Todo esto es ridículo —lo cortó Tom, que ni siquiera estaba escuchándolo—,
Anna es demasiado joven para tener interés real en un hombre —le dijo.
Harden meneó la cabeza.
—Espero que tengas razón, porque si no, si en realidad le importabas, puedes
haber matado ese amor, y pasar el resto de tu vida lamentándote —le advirtió.
Tom frunció el ceño.
—¡Ya te he dicho que ella misma me dijo que solo era un juego!
—¿Acaso crees que iba a confesarte que se muere de amor por ti después de que
te pavonearas anoche con una de tus antiguas conquistas en su propia casa?
Tom se pasó una mano por el cabello, exasperado. De algún modo le parecía que
Harden tenía razón en lo que le estaba diciendo, pero no podía aceptarlo.
—Por el amor de Dios, Tom, si tan solo le dieras una oportunidad a Anna!
—gruñó Harden, atónito ante lo cerrado de mente que podía ser su hermano—. No está
asustada de ti como lo estaba Louisa.
—Por supuesto que no lo está... porque ni siquiera la he besado —replicó Tom
mirándolo fijamente—. Louisa tampoco me tenía miedo hasta que intenté llevármela a
la cama!
Harden le sostuvo la mirada.
—Bueno, ahí tienes la respuesta: quién nada arriesga, nada gana —lo aleccionó.
Tom resopló irritado.
—Aunque Anna tuviera unos años más, jamás me atrevería a... ¿es que no lo
entiendes? —exclamó arrojando los brazos al aire, y girándose hacia la ventana —.
Aquella experiencia me dejó marcado. Perdí el control y le hice daño a Louisa. Mi
estatura y mi fuerza no son cosa de broma.
—Es cierto que eres muy alto, y fuerte como un toro —asintió Harden—, pero te
has creado un complejo absurdo. Solo porque una histérica te acusara de haberle roto
las costillas...
—Bueno es verdad que le hice daño —murmuro Tom, sintiéndose fatal.
—Se hizo daño ella sola —replicó Harden—, forcejeando contigo y cayéndose de
la cama —le recordó Harden—. Apenas medía uno sesenta, era toda huesos, y para
colmo resultó ser una virgen aterrorizada. Anna en cambio es una chica alta, bien
formada... es más tu tipo.
—Me da igual que sea mi tipo, ¡es una cría!
—Lo que tú digas —se rindió Harden, encogiéndose de hombros—. Probablemente acabará casándose con el honorable médico y tendrán diez hijos.
—Si es lo que quiere, por mí bien —dijo tozudamente Tom. Y, sin embargo, al
decirlo, le hervía la sangre solo de imaginarla en la cama con aquel petimetre. Se caló
el sombrero hasta los ojos y salió del estudio.
En los días siguientes, Tom advirtió una diferencia notable en su vida. Cuando iba
a la ciudad, Anna ya no aparecía detrás de él en las tiendas, ni se asomaba sonriente
desde la ventana de la inmobiliaria para saludarlo. Asistió a varios actos sociales, e
incluso se llevó a Nina con él, pero Anna no acudió a ninguno.
Debería haberse sentido rebosante de felicidad, pero, de algún modo, le dolía
que Anna ya no tuviera el menor interés por él, y por mucho que empezara a
enumerarse mentalmente las causas por las que no quería tener una relación con ella,
no servía de nada.
Dos semanas después de la fiesta, Anna estaba en una boutique de la ciudad,
cuando entró Nina en el local llenando el ambiente con su caro perfume.
—¡Vaya hola, Anna! —la saludó con una sonrisa.. — ¡Bueno, así que Tom finalmente
te ha ganado la partida! No te vimos en la fiesta de los Anderson el otro día ni
tampoco en la barbacoa de los Ballenger... Me di cuenta que nada más llegar, Tom se
pasó varios minutos mirando de reojo todo el tiempo, por si aparecías. ¡Pobre hombre!,
le has causado manía persecutoria —concluyó riéndose.
Anna contrajo el rostro enojada por semejante retrato de sí misma.
—Bueno, ya he dejado eso atrás. He decidido dar una oportunidad a mi relación
con Randall.
—Hmm... El doctor de las manos largas, ¿eh? — murmuró Nina sarcástica,
mientras examinaba uno de los vestidos más caros de la tienda—. Espero que te des
cuenta de que no te será fácil conseguir que te sea fiel, porque imagino que habrás
oído que llevó a Cindy Grayson a la fiesta que los Ford dieron este fin de semana, ¿no?
Y que ella no regresó a su casa hasta el amanecer.
Anna miró a la mujer con puro odio.
—¿Sientes placer atormentándome, Nina? —le espetó—. Ya tienes a Tom. ¿Qué
más quieres?
La modelo enarcó sus finas cejas.
—No tengo a Tom... todavía —le contestó—. Simplemente me pidió que le
ayudara a mantenerte alejada de él. Me dijo que haría lo que fuera para librarse de
ti— añadió, observando a Anna con altivez—. Aún tienes mucho que aprender, querida
—dijo chasqueando la lengua—. Tendrías que haberte dado cuenta de que Tom es de
esa clase de hombres a los que no les gusta que los persigan. Te perjudicaste a ti
misma con esa estrategia tan poco sofisticada.
Cómo odiaba a aquella mujer...
—Pues ya lo he dejado tranquilo —dijo la pobre Anna, con un nudo en la garganta
y las mejillas ardientes.
Nina se encogió de hombros.
—Me temo que él no está tan convencido. Aunque a mí eso me viene de perlas
—dijo con una sonrisa perversa—, porque mientras siga sintiéndose amenazado por ti,
continuará recurriendo a mí. Es realmente increíble en la cama, ¿sabes? —añadió con
toda la intención, observando encantada la expresión de angustia en el rostro de la
joven.
Anna volvió a colgar la falda que iba a probarse y salió de la tienda
apresuradamente.
Nina la observo alejarse con una sonrisa diabólica. Había sido tan fácil como
quitarle un caramelo a un niño. Inexplicablemente, la joven se había dado por vencida
en el primer asalto, pero Tom parecía preocupado desde que empezara a ignorarlo, así
que la única posibilidad que tenía de conseguir que la olvidara era hacer que ella lo
odiara. Bueno, parecía que al haberle mentido, sugiriendo que se estaba acostando con
él había funcionado. Sonrió satisfecha, y descolgó el vestido, tarareando una canción
mientras se dirigía al probador.
Por la tarde, Anna no consiguió concentrarse en el trabajo, y en cuanto fue la
hora de salir, se fue directa a la galería Taylor, decidida a cambiar su vida de una vez.
Brand Taylor, el dueño, tenía buen ojo para las obras de arte y un profundo
conocimiento del mercado. Conocía a Anna desde niña, y había seguido sus progresos
pictóricos y su creciente interés por el arte.
—Tenía la esperanza de que algún día te acercaras por aquí para ofrecerte a
ayudarme —le dijo visiblemente satisfecho cuando Anna le hubo explicado el motivo de
su visita—. Tener que llevar esto yo solo se me hace cada vez más cuesta arriba. No,
no me vendría mal una ayudante. Tú tienes vista para los detalles, y podría enseñarte
a evaluar pinturas, y el funcionamiento del mercado.
—Eso me encantaría. Tengo muchas ganas de empezar— le dijo Anna
entusiasmada.
Él asintió
—Bien, entonces. ¿Cuándo podrías empezar?
—El lunes que viene. Esta noche le diré a mi madre que busque a alguien que me
reemplace.
—Y eso no le causará a ella mucho estropicio?
—No, no, no se preocupe —contestó Anna negando con la cabeza—. Al
contrario, estará encantada. Lleva años diciéndome que tengo que buscar mi propio
camino, lo que de verdad quiera hacer.
Y en efecto, su madre se sintió muy feliz por ella cuando le dio la noticia al
llegar a casa.
—Ya era hora hija —le dijo—, pensé que ibas a quedarte siempre en la oficina.
Me encantaba tenerte allí, naturalmente, pero...
—Pero las dos sabemos que si te pedí ese puesto era para poder ver más a Tom
—concluyó Anna, frunciendo los labios—. Sí, mamá, esa es la razón por la que dejo la
inmobiliaria. Si quiero cortar para siempre con mi actitud hasta ahora, tengo que
hacerlo del todo.—Además, el señor Taylor es un hombre encantador y ya sabes que el
arte me apasiona. Quiero hacer algo útil con mi vida, algo que me llene. El matrimonio...
bueno, quizá algún día, pero todavía no.
—Buena chica —aprobó su madre acariciándole la mejilla—. Aún eres joven.
Tienes mucho tiempo por delante.
—Sí, tengo mucho tiempo por delante —repitió Anna con una mirada triste en sus
ojos azules. Se sentía un poco perdida, pero no quería ponerse a suspirar por cada
rincón de la casa—. ¿Qué te parece si nos vamos a cenar fuera, para celebrar lo de mi
nuevo empleo? —propuso.
—Me parece una idea magnífica —dijo su madre sonriendo—. ¿Dónde quieres que
vayamos?, ¿Al Beef Palace?
Anna contrajo el rostro. Aquel era el restaurante favorito de Tom.
—¿No te apetece más ir a un chino?
Polly se encogió de hombros.
—Como quieras.
Horas después, cuando salían del restaurante, charlando animadamente, Tom,
que pasaba por allí en coche con Nina, las vio. «Qué extraño», se dijo, «creía que a
Anna no le gustaba la comida china...».
—¿No son esas Anna y su madre? —murmuró Nina con cierta aspereza—. ¡Fíjate
qué raro! ¿Por qué habrán ido a ese chino? Yo había esperado que la encontrásemos en
el Beef Palace. Como dicen que siempre va allí para revolotear a tu alrededor...
Tom la miró irritado.
—No es necesario que la ridiculices —le dijo en un tono suave pero peligroso.
La modelo se quedó mirándolo sorprendida.
—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace. De hecho es lo que ella ha estado haciendo
hasta ahora, ponerse en ridículo a sí misma. Además, ella lo reconoce — murmuró.
Tom entornó los ojos suspicaz.
—No le habrás dicho nada, ¿verdad?
Nina cruzó sus elegantes piernas.
—Me la encontré a mediodía en una boutique, y simplemente le dije que estabas
harto de ella, cosa que ya sabía —le dijo tan tranquila.
Tom contrajo el rostro disgustado. Nina no era precisamente un dechado de
tacto cuando se trataba de decir las cosas, y estaba seguro de que Anna habría
pensado que la había enviado él.
Así que la semana siguiente con la excusa de devolverle el folleto a la señora
Cochran y discutir con ella los detalles de la compra del terreno, esperó poder ver a
Anna y aclarar aquello pero la joven no estaba en su mesa.
Llamó a la puerta abierta del despacho de Polly, y esta alzó la vista de los
papeles que estaba revisando para saludarlo e invitarlo a pasar, haciéndole un gesto
con la mano para que se sentara.
—Bueno, ¿qué habéis decidido? —le preguntó con una sonrisa cordial.
—¿Dónde está Anna? —inquirió Tom sin responder —¿No estará enferma o algo
así?
Polly Cochran lo miró sorprendida. O mucho la engañaban sus ojos y sus oídos, o
Tom Kaulitz estaba preocupado por su hija.
—Pues la verdad es que ha encontrado otro empleo, Tom —le dijo vacilante—.
Ahora trabaja para Brand Taylor.
—¿En la galería de arte? —farfulló él incrédulo. Se recostó en el asiento dejando
escapar un pesado suspiro—. ¿No le parece que está llevando las cosas al límite? —le
dijo a la señora Cochran—. ¡Por amor de Dios, solo falta que se destierre por mí!
Polly, sabiamente, no dijo nada al respecto, sino bajó la vista a sus papeles,
haciendo que los ponía en orden. ¡Si él supiera...! Anna le había comentando incluso
durante el fin de semana que estaba pensando en alquilar una habitación en una
pensión para empezar a independizarse.
—La oportunidad del trabajo en la galería se le presentó de repente —murmuró.
—¿No le habrá mencionado por casualidad que haya tenido un encuentro con Nina
últimamente, verdad? —insistió Tom, inclinándose hacia delante y observándola
fijamente, sin pestañear.
—No —contestó la señora Cochran contrariada— ¿por qué?
—Parece ser que Nina le ha dicho algunas cosas bastante duras, como si hablara
en mi nombre —le explicó él.
—Quizá haya sido lo mejor —dijo la señora Cochran pensativa—. Es mejor que
Anna no albergue vanas esperanzas respecto a ti, Tom. No te preocupes por ella. Con
el tiempo lo superará, y seguramente acabará casándose con Randall.
—Randall es un playboy —repuso Tom frunciendo el ceño.
—Puede que no haya sentado aún la cabeza —concedió Polly—, pero si aprecia a
mi hija como creo que la aprecia, puede que llegue a amarla, y entonces tal vez dejará
de ir de flor en flor.
—Los tipos así raras veces cambian, señora Cochran —insistió Tom entornando
los ojos.
La mujer sonrió con tristeza.
—No puedo decir que sea el yerno ideal, pero es la vida de Anna, no tengo
derecho a interferir en ella.
Tom volvió a recostarse en el asiento de cuero y frunció el ceño intranquilo.
—Bueno, y entonces... ¿qué habéis decidido respecto a ese terreno? —le
preguntó de nuevo la señora Cochran.
—Vamos a comprar —respondió él abstraído. Ofreció una cifra y dejó a un lado
su preocupación por Anna por un momento para discutir aquella transacción.
Sin embargo, el comportamiento de la joven le parecía desmesurado, y cuando
abandonó la inmobiliaria, fue derecho a la galería de arte.
Aquel día el señor Taylor se había marchado a Houston, a una subasta, dejando
a Anna a cargo de todo.
Tom la observó un instante a través de la enorme cristalera antes de entrar.
Estaba realmente preciosa, se dijo. Había escogido para aquel día un traje de
chaqueta y falda en seda beige, una delicada blusa blanca con bordados en el frente, y
se había recogido el cabello con una elegante trenza de raíz. Además, se había
puesto unos zapatos de tacón que remarcaban la grácil curva de sus tobillos y
pantorrillas, y el traje le quedaba como si se lo hubieran hecho a medida.
Finalmente Tom se decidió a entrar, y abrió la puerta haciendo tintinear la
campanilla que colgaba del techo. Anna se giró al oírla, esbozando una sonrisa que se
desvaneció en cuestión de segundos al ver que era él.
Aquella reacción fue como un latigazo para Tom. Sus ojos azules siempre se
iluminaban al verlo, pero en ellos solo se reflejaba ya desconfianza y resentimiento.
—¿Puedo ayudarte en algo, Tom? —le preguntó en un tono de cortesía
meramente profesional.
Tom avanzó hacia ella con las manos en los bolsillos y la miró con los ojos
entornados.
—No tenías que dejar a tu madre desaviada solo para evitarme —le dijo con
marcado sarcasmo.
Anna alzó la barbilla desafiante.
—Dado que la única razón por la que le pedí que me dejara trabajar allí era para
poder verte más a menudo, dudo que la haya dejado «desaviada» en absoluto.
El esbozó una leve sonrisa.
—Ya veo —murmuró—. Entonces, siguiendo ese razonamiento, debo pensar que
has venido a trabajar aquí para no verme porque piensas que no tengo ningún interés
por el arte, ¿me equivoco? Eso no es muy halagador.
—Desconozco tus intereses, aparte de hacer dinero —le contestó con frialdad—.
¿A qué has venido?
—Quería asegurarme que Nina no te había hecho daño.
Anna se giró hacia él, arqueando las cejas.
—¿Qué diferencia supondría que me hubiera dejado herir o no por sus palabras?
Su intención claramente era la de hacerme daño.
Tom inspiró y expiró.
—Solo quería que supieras que yo no la había mandado a ti para que te dijese lo
que te dijo.
—Me lo habría merecido si hubiese sido así —repuso ella, bajando la vista al
suelo—, después de todo lo que te he molestado.
Tom se sentía incómodo oyéndola hablar de ese modo. Se acercó un poco más a
ella, sacó las manos de los bolsillos, y tomó su rostro entre ellas. ¡Dios, era tan
hermosa! Sus ojos tenían el color del cielo, su piel parecía de melocotón, y sus labios...
esos labios gruesos y sonrosados... Sin poder evitarlo, siguió su contorno con los ojos.
Había tal intensidad en su mirada, que la joven se sonrojó ligeramente, y entreabrió
los labios en una acción refleja.
—Anna... —murmuró él con voz ronca por la excitación.
La joven abrió mucho los ojos ante su tono. Nunca lo había oído pronunciar su
nombre de ese modo. Advirtió que los ojos castaños de Tom estaban fijos en sus
labios, y que sus grandes y cálidas manos le asieron las mejillas con más fuerza, y
alzaron su rostro hacia el de él. Turbada, observó cómo Tom inclinaba la cabeza, y sus
labios se aproximaban a los de ella, hasta quedar a solo unos centímetros de distancia.
El ranchero escuchó la respiración de Anna tornarse más rápida, y todo el
autocontrol que había estado ejerciendo sobre sí mismo hasta entonces, se desvaneció
ante el fiero arranque de pasión qué se estaba apoderando de él.
Estaba tan cerca de ella que el olor de su colonia estaba embriagando a la joven
y podía sentir su ancho y duro tórax contra la turgencia de sus senos. Aquel íntimo
contacto era tremendamente excitante, incluso habiendo entre ellos varias capas de
ropa.
Nerviosa, puso las manos abiertas contra su camisa, en un vano intento de
detenerlo, cuando ella misma no quería que parase.
—¿Sabes besar, Anna? —susurró Tom. El ardiente deseo de tomar los labios de
la joven había hecho que la razón lo abandonara por completo.
— S... sí —balbució ella.
—Demuéstramelo.
Las palabras se adentraron en los labios entreabiertos de Anna cuando la boca
de Tom se posó de pronto en la suya. La joven saboreó aquel beso en el silencio de la
galería. Su cuerpo se tensó, contuvo el aliento en la garganta, y la sobrecogió el
inusitado placer que estaba sintiendo. Nunca antes la había besado un hombre
experimentado, y era tan diferente de Randall y los chicos con los que había hecho
antes aquello...
La respiración del vaquero también se había tornado entrecortada, y cuando
despegó su boca de la de ella para tomar aliento, la joven notó los latidos fuertes e
irregulares de su corazón contra su pecho. Los dedos de la joven se cerraron, asiendo
la tela de la camisa, como tratando de mantenerse en el mundo real.
—Anna... —jadeó él, enfebrecido.
Deslizó sus brazos en torno a ella, y la atrajo aún más hacia sí. Tom era muy
fuerte, y aquel abrazo resultó brusco por la pasión que le imprimió, pero a Anna no le
importó, porque su beso le había inyectado el deseo en las venas.
Metió los brazos por debajo de la chaqueta de Tom, acariciándole la espalda, y
se puso de puntillas, dejando que devorara de nuevo sus labios mientras emitía suaves
gemidos. La presión de la boca del vaquero era cada vez más insistente, y Anna abrió
los labios para él. La lengua de Tom aceptó su muda invitación, y una ráfaga de calor la
hizo estremecerse entre sus brazos.
Tom no podía pensar, no podía respirar. ¡Y pensar que la persona a la que estaba
besando era Anna, la Anna a la que había conocido desde niña...! Aquello era una locura.
Primero había hecho todo lo posible para alejarla de él, y de repente estaba
alentándola sin la menor reserva. Sin embargo, se sentía incapaz de luchar contra su
deseo. Invadió repetidamente la boca de la joven con su lengua, y de pronto se
encontró imaginándola en la cama, debajo de él, entregándosele con esa misma pasión,
permitiendo que desvelara los secretos de su feminidad y que la iniciara en el arte del
amor. Con un gruñido casi animal, la levantó del suelo, besándola desesperadamente.
Tras lo que pareció una eternidad, Tom la depositó de nuevo sobre sus pies y
puso fin al beso, apartando el rostro, para encontrarse mirándose en los enormes ojos
de Anna, que lo observaban extasiados. Tenía los labios ligeramente hinchados y
enrojecidos por los ardientes besos.
La joven apenas podía mantenerse en pie. Tom la tenía sujeta por la cintura, y
podía sentir su corazón latiendo con la fuerza de un tambor contra su pecho.
—Me has besado... —murmuró anonadada.
—Y tú has respondido a mi beso —contestó quedamente—. Esto es una locura,
Anna: solo tienes dicienueve años.
—Y tú treinta y cuatro —dijo ella tragando saliva, sin haber recuperado aún
todo el aliento—. Ya lo sé Tom, y ahora sé cómo te sientes. Me deseas, pero no tengo
ninguna posibilidad contigo.
La mirada de Tom se ensombreció.
—Anna...
—No, yo lo comprendo. Nina es más de tu estilo— siguió ella amargamente—. Es
experimentada, y sofisticada...
Tom tuvo la impresión de que pensaba que se acostaba con la modelo, pero no se
molestó en corregirla.
—¿Has mantenido relaciones alguna vez? —le preguntó con voz ronca.
Anna agachó la cabeza, pero él le tomó la barbilla con una mano firme para alzar
su rostro de nuevo. 

—¿Has mantenido relaciones alguna vez? 
Anna se sintió intimidada por la forma en que la estaba mirando.
—¿Acaso no lo imaginas? —le espetó.
Tom advirtió entonces que estaba temblando, y el puño que había puesto bajo su
barbilla se abrió, y sus dedos fueron descendiendo en una ligera caricia por la tersa
garganta, hasta alcanzar uno de sus senos.
—No, nunca has estado con un hombre —confirmó con certeza.
Sus ojos bajaron hasta el lugar donde los nudillos de su mano reposaban, contra
el pecho de ella, y los frotó en torno al endurecido pezón, observando cómo se
estremecía de placer e, inconscientemente, se ponía de puntillas.
—Te odio —gimió Anna.
Tom rozó los labios de la joven con los suyos.
—Di mi nombre.
A Anna cada vez le era más imposible resistirse a la proximidad de Tom y a sus
enloquecedoras caricias.
—Tom... —balbució contra su voluntad, irguiéndose hacia su mano.
Él volvió a tomar posesión de sus labios, y de pronto, sin previo aviso, sus dedos
se cerraron sobre la turgencia de su seno, acariciándolo en el silencio de la galería,
roto solo por los gemidos de ambos, y su trabajosa respiración.
Anna le clavó las uñas en los hombros, y entonces fue Tom quien se estremeció
de placer. La mano que tenía sobre su seno se contrajo, y la joven suspiró dentro de su
boca. Él, abandonado ya al deseo que tanto tiempo había acallado, enroscó una pierna
con la de ella, y la atrajo hacia sus caderas para que pudiera notar lo excitado que
estaba.
Y entonces, sin darse cuenta de lo que hacía, Anna le mordió el labio inferior,
atrapada por el fragor de la creciente pasión.
Sobresaltada por su conducta, despegó su boca de la de él, con los ojos como
platos.
—Lo... lo siento... No pretendía hacer eso... —balbució avergonzada.
Trató de echarse hacia atrás, para apartarse de él, pero la pierna que Tom tenía
rodeando la suya se lo impidió, y al reparar en lo excitado que estaba, contuvo el
aliento, turbada.
Tom no quería separarse de Anna, pero se obligó a hacerlo al ver la expresión en
su rostro. Comprendía que aquello era demasiado nuevo para ella.
—¿El qué? —inquirió sin comprender.
—Te he... te he mordido —murmuró ella azorada. Tom se rio.
—Sí, ya lo creo que me has mordido. Y también me has clavado las uñas como una
gata salvaje. Dios, en la cama serías capaz de hacer que me sangrara la espalda.
Anna volvió a contener el aliento y se puso como la grana.
No podía creer lo que había ocurrido, ni que le hubiera permitido tomarse tantas
libertades después del modo en que la había tratado. Y no solo permitírselo, sino
haberlo alentado, además, y respondido a cada caricia y cada beso. ¡Y en la galería,
donde cualquiera que pasara por la calle podría haberlos visto! Gracias Dios que se
encontraba en una vía estrecha y poco transitada, sobre todo a aquella hora del día, y
también había sido una suerte que tuvieran delante, tapándolos, un enorme cuadro con
un paisaje de Texas.
—¿Por qué has hecho esto, Tom? ¿Acaso Nina no te satisface plenamente, o es
una especie de venganza por haberte estado persiguiendo todo este tiempo?
Él apenas sí podía respirar por la excitación que aún sentía. Anna le había
respondido con una vehemencia que nunca hubiera esperado, y menos en una mujer tan
joven y con tan poca experiencia. Estaba sorprendido por la fuerza de las sensaciones
que habían surgido entre ellos, pero se dijo que aquello era un completo error, y que no
debía darle esperanzas.
—¿Qué crees tú? —le contestó con insolencia.
Como había esperado, Anna se sintió ofendida con aquella respuesta.
—Creo que deberías marcharte —le dijo con voz queda.
Tom se caló el sombrero hasta los ojos.
—Yo también lo creo —murmuró—. Buena suerte con tu nuevo trabajo. Le daré a
Nina recuerdos tuyos.
Anna no contestó, y pasaron varios minutos después de que Tom se hubiera ido
antes de que dejara de temblar. Si quería que saliera de su vida, ¿por qué había hecho
aquello?

Capitulo 4
En el coche, de regreso al rancho, Tom no lograba quitarse a Anna de la cabeza,
a pesar de que no hacía más que repetirse las razones por las que no podía, no debía,
tener una relación con ella: Anna tenía solo diecinueve años y era virgen. En cuanto la
tocó, supo que ningún otro hombre lo había hecho antes. Si tal y como todo el mundo
decía estaba encaprichada con él, posiblemente habría estado reservándose para él,
aguardando por sus besos, por sus caricias... ¡Imposible!. Masculló para sus adentros,
golpeando el volante con el puño. Aquello era una jugarreta del destino, una broma
cruel. La deseaba de un modo enfermizo, pero después de su experiencia con Louisa no
podía...
La expresión aterrorizada en el rostro de Louisa cuando se había vuelto hacia
ella tras quitarse la ropa, lo había atormentado durante mucho tiempo. Había pensado
que ella lo amaba y confiaba en él, en que no le haría daño, pero se había puesto muy
nerviosa y se había revuelto como un gato acorralado, chillando todo el tiempo.
Su hermano Harden siempre le había dicho que ella sólo iba detrás del dinero de
la familia, pero él se había negado a creerlo, y cuando lo rechazó en la cama, fue un
duro golpe para él. Desde entonces, había salido con alguna otra mujer, pero nunca más
con una joven o inocente, siempre eran mujeres experimentadas, mujeres que no se
asustaban de su ardor en la alcoba.
Claro que Anna no había parecido en absoluto asustada, se dijo. De hecho, le
había respondido con fervor, aun a su pesar. Sin embargo, podía haber acabado
asustándola si no se hubiese detenido, si hubiera perdido el control.
Había sido un error mostrarle que lo excitaba, que la deseaba. Tenía que hallar
el modo de hacerle creer que como ella había sugerido, no había sido más que
venganza, porque si no empezaría a perseguirlo otra vez, y eso no se lo podía permitir.
No estaba seguro de poder resistir un segundo asalto, sobre todo después de haber
probado el dulce sabor de sus labios.
Cuando llegó por fin al rancho, entró en la casa y se fue directo al dormitorio,
para hacer la maleta. Iba asistir a un congreso de ganaderos en Denver sobre un nuevo
programa de cruce de razas. El cambio de ambiente le iría bien, se dijo. Tal vez incluso
conociera alguna mujer atractiva en la ciudad, una mujer que le hiciese olvidar a Anna.
La joven, por su parte, estaba convencida de que lo ocurrido en la galería de arte
había sido su forma de desquitarse por haberlo atosigado tanto tiempo. Sin embargo,
había algo que la tenía desconcertada, y era el haber sentido su excitación. ¿Podría
haber fingido eso? Sabía que los hombres podían excitarse con solo pensar en las
mujeres a las que deseaban. ¿Habría estado pensando Tom en Nina mientras
satisfacía su apetito con ella?
—Últimamente estás muy callada —comentó su madre unos días más tarde,
durante la cena—. ¿Quieres que hablemos?
—No es nada importante —contestó ella, forzando una sonrisa—. Supongo que
simplemente estoy un poco cansada por la tensión de estos primeros días en mi nuevo
trabajo, pero estoy muy contenta. El señor Taylor incluso me ha dicho que me dejaría
exponer algunos de mis paisajes en la galería. Dice que tengo talento.
— Yo siempre lo he pensado, cariño —le dijo la señora Cochran.
—Gracias, mamá —murmuró Anna sonriendo de nuevo—, no sabes lo que me
animas. No como Randall... El otro día, cuando vino a casa apenas sí miró los cuadros
que le estuve enseñando. Y de uno me dijo: «vaya, este marco debe ser bastante
caro». ¿Te imaginas? —añadió meneando la cabeza.
—Sí, bueno, está visto que no es precisamente un amante del arte —respondió su
madre. Se quedó un momento callada y suspiró—. Anna, hija, sé que no te gusta que me
meta en tus asuntos, pero últimamente estás quedando mucho con Randall... tres citas
esta semana... y me preguntaba... ¿No será a causa de Tom, verdad?
Anna dio un respingo y se ruborizó.
—¿Qué quieres decir?
— Sé que te dolió que Tom se presentara en la fiesta con Nina Ray, pero no
dejes que tu orgullo herido te empuje en brazos de un hombre al que no amas. Randall
no es mal chico, pero es bastante interesado, y tiene algo de donjuán.
—Tal vez, pero al menos no me hace daño como Tom —respondió Anna con
amargura.
—Cariño, tal vez ahora te sientas herida, despreciada, incluso que te ha tratado
como a una cría, pero con el tiempo te alegrarás. Si algo puede decirse de Tom
Kaulitz es que es un hombre noble en su proceder: no va por ahí seduciendo
jovencitas.
Anna bajó la vista azorada. ¿Qué cara pondría su madre si le contara lo que había
sucedido en la galería?
— Ya he dejado atrás a Tom —le aseguró—. No voy a volver a correr detrás de
él como un perrito faldero. Además, parece que se siente aliviado desde que lo evito,
no lo he visto desde hace días.
—Ha estado fuera —contestó su madre en un tono despreocupado—. Por un
congreso de ganaderos o algo así. Me lo mencionó Harden el otro día. Creo que me
dijo que se marchó el jueves por la noche. Iba a ir Donald, pero en el último momento,
Tom le dijo que iría él.
Anna se mordió el labio inferior. El jueves había sido el día que había ido a la
galería... ¿Qué se habría creído, que iba a empezar a perseguirlo otra vez después de
lo ocurrido y por eso había huido?
—¿Me estás escuchando, hija?
Anna alzó el rostro sobresaltada.
—Perdona, mamá, estaba acordándome de algo.
—Últimamente me preocupas, Anna. De verdad que sí.
—Pues no hay por qué. Estoy muy contenta con mi nuevo trabajo, y... bueno, estoy
creciendo.
—Oh, sí, ya lo creo que estás creciendo —farfulló la señora Cochran, observando
el recogido que se había hecho y el ligero maquillaje en su rostro—. Cada día te
pareces menos a aquella niñita a la que llevaba al colegio —dijo con un suspiro
nostálgico.
—Mamá... que tengo ya casi veinte años... —le recordó Anna.
—Sí, es verdad. Haces que me sienta mayor. El mes pasado le mandé a tu padre
una foto tuya, para que viera lo elegante y crecida que estás— había una sonrisa en
sus labios, pero se desvaneció lentamente ante la mención de su marido—. Me ha dicho
que puede que lo trasladen a Houston —dijo absorta, tras beber un sorbo de agua—. Si
es así, podrá venir a verte él mismo.
Anna se quedó observando a su madre en un buen rato.
—Papá no sale con nadie —murmuró—, y tu tampoco, pero aun así ninguno de los
dos está dispuesto a ceder en lo más mínimo para daros una oportunidad. ¿No lo
echas de menos?
—Más de lo que imaginas —contestó su madre con tono quedo, poniéndose de
pie—, pero la vida sigue cariño —le dijo con un suspiro—. Te dejo, tengo que ir a
revisar unas cuentas. Estaré en el estudio.
Anna la vio marcharse con ojos tristes. Su madre, seguía enamorada de su padre,
y nunca dejaría de amarlo. Tenía la esperanza de que algún día se reconciliaran pero
sabía que, de suceder, llevaría mucho tiempo.
Al día siguiente, al final de la jornada, salió de la galería sintiéndose algo
deprimida. Aquella noche había quedado con Randall, pero la había llamado hacía un par
de horas para decirle que tendrían que posponerlo porque le tocaba hacer guardia.
«¿Qué más da?», se dijo la joven, «en realidad no siento nada por él». Sin embargo, lo
cierto era que en los últimos días no hacía más que cancelar sus citas en el último
minuto, y se estaba empezando a preguntar si no estaría mintiéndole con eso de las
guardias.
Para colmo, cuando entró en el coche, este no arrancaba. Se bajó y miró al
automóvil irritada, dándole una patada a la rueda. Se había nublado, y estaba
empezando a chispear. Estupendo, tendría que volver a la galería para llamar al taller.
Sin embargo, en ese momento oyó una bocina, y cual sería su sorpresa al girarse
y ver detenerse detrás de ella la camioneta con el emblema del rancho Kaulitz, de
la que se apeó Tom.
—¿Algún problema? —inquirió, calándose el sombrero cuando llegó a su lado.
Llevaba puesta ropa de trabajo y sus espuelas tintinearon suavemente cuando se
detuvo junto a ella.
—No— mintió ella rehuyendo su mirada—. Es he que… he olvidado algo en la
galería.
Entornó los ojos. Sabía que no le estaba diciendo la verdad. Era obvio por el
modo en que había titubeado al contestar.
—Tu coche no arranca, ¿verdad? —le dijo sin andarse por las ramas.
La joven se sonrojó, pero siguió sin mirarlo a los ojos.
—Voy a llamar al taller de reparaciones para que vengan.
—Yo te llevaré allí. Anda sube.
—¡No quiero!
Trató de apartarse de él, pero Tom la agarró por el brazo.
—No servirá de nada que me evites —le dijo con aspereza—. Me deseas. Tú lo
sabes, y yo también, puedo sentirlo nada más tocarte.
El labio inferior de la joven temblaba.
—¿Es que no puedes dejarme tranquila? —le rogó con la voz quebrada—. ¡Sé que
no quieres nada conmigo! ¿Acaso tienes que seguir restregándomelo por la cara cada
vez que me ves?, ¿Lo estúpida que he ido? ¿Tienes que atormentarme, burlándote de
mi vulnerabilidad?
El dolor de Anna hizo que Tom se sintiera culpable. Lo cierto era que
últimamente no comprendía por qué se estaba comportando de ese modo con ella. Lo
último que quería era hacerle daño o humillarla. Sin embargo tal vez era una venganza
inconsciente, porque ni siquiera su viaje a Denver había logrado apartar a la joven de
su mente. Había conocido allí a una mujer atractiva y deseable, la había invitado a unos
tragos, la había llevado a la suite de su hotel... pero cuando la rodeó con sus brazos y
empezó a besarla, no sintió absolutamente nada. Su cuerpo, por primera vez, se negó a
responder, y despidió a su conquista con cajas destempladas, maldiciendo entre
dientes cuando se quedó a solas, irritado con el embrujo que Anna parecía haber
lanzado sobre él, y consigo mismo.
Sus ojos oscuros descendieron hasta los labios de la joven, sin soltarle el brazo.
—Me darías lo que quisiera, ¿no es verdad? —le preguntó con voz ronca.
Anna se estremeció. Aquel no era el Tom que conocía. Aquel hombre era un
extraño sensual, dominante, amenazador...
—Esto no es justo, Tom —balbució.
—¿Y acaso es justo lo que tú me estás haciendo a mí?—repuso él con frialdad.
—Yo... yo no te he hecho nada... excepto evitarte —murmuró Anna—. Creía que
era lo que querías.
Tom le rodeó la cintura con el otro brazo y la atrajo hacia sí. Anna contuvo la
respiración y, sin poder remediarlo, sus ojos se vieron atraídos hacia el masculino
tórax, que asomaba por los primeros botones desabrochados de la camisa de cuadros.
—Esto es lo que quiero —le dijo él con voz profunda.
Su mano se deslizó por la espalda de Anna, y esta movió sus caderas suavemente
contra las de él. Tom se quedó sin aliento al notar la inmediata reacción de cierta
parte de su anatomía. Ahogó una risa entre amarga e incrédula. Era increíble que una
chica que apenas había dejado la adolescencia lo afectara de ese modo.
—No tiene gracia —gimió ella, poniendo las manos en su pecho y empujándolo en
un intento de apartarlo—. Déjame.
Pero Tom no se movió.
—Dios —murmuró casi para sí—, que una virgen, pueda hacerme reaccionar así
cuando ni siquiera una mujer experimentada... —no terminó la frase y, como se
sintiera irritado, se apartó de repente de ella.
Su respiración se había tornado entrecortada, y su excitación era tan patente,
que Anna apartó la mirada, roja como una amapola.
—Tengo que irme —balbució Anna.
—¿Sigues viendo a tu querido médico? —le espetó Tom en un tono venenoso.
La joven no lo miró.
—Si te refieres a Randall, sí, sigo viéndolo.
—¿Y por qué diablos no te casas con él? — masculló él—, así al menos me
desharía de ti.
Lágrimas de dolor y rabia afluyeron a los ojos de Anna.
—Llevo dos semanas evitándote —le respondió, alzando el rostro furiosa— ¡No te
he buscado para nada! ¡Ahora eres tú quien me está hostigando!
—Un poco de tu propia medicina —le dijo él, entrecerrando los ojos—. Dime, ¿qué
se siente?
— ¡Lo odio! —gritó ella.
—Pues lo mismo me ocurría a mí —le contestó él con frialdad—. Detestaba el
modo en que me atosigabas cada día, cada minuto.
Anna cerró los ojos con fuerza, conteniendo las lágrimas.
—Ya me ha quedado claro —le dijo con voz temblorosa—. ¿Puedo irme ya?
Tom se sintió asqueado de sí mismo al ver la expresión angustiada en su rostro.
¿Por qué era tan cruel con ella? Al fin y al cabo no era culpa de Anna que la deseara
hasta el punto de no sentir nada por ninguna otra mujer. No era justo lo que le estaba
haciendo.
—Anna, yo...
Los ojos de ella se abrieron, mirándolo dolidos entre lágrimas.
— ¡Lo siento, lo siento mucho!
Tom apretó los dientes, y dio un paso hacia ella extendiendo una mano para
acariciarle la mejilla, pero ella se dio la vuelta y salió corriendo calle abajo.
Él la observó alejarse, hasta que se perdió en la distancia, con el rostro
contraído por los remordimientos. Se sentía como si le hubiera arrancado las alas a
una mariposa.
Durante las semanas que siguieron, Tom se sentía cada vez más confundido. Por
mucho que se dijera a sí mismo que podía resistir el deseo que sentía por Anna, le
ponía furioso que ella continuara evitándolo, ignorándolo, y siguió saliendo con Nina,
paseándola por todo Jacobsville, y llegó incluso a llevarla un día a la galería Taylor con
la excusa de comprar un cuadro para el cumpleaños de su madre. Se mostró tan atento
con la modelo, que Anna sentía deseos de gritar. Si lo que pretendía era vengarse de
ella, se dijo la joven, desde luego lo estaba consiguiendo. Sin embargo, en lugar de
amilanarse, le respondió aumentando sus salidas con Randall.
En una de ellas, un concierto de música clásica en Jacobsville, se encontraron,
para disgusto de Anna, con que Nina y Tom estaban sentados unos asientos a su
izquierda. Para Anna fue un auténtico infierno ver cómo le acariciaba la mano y la
besaba. A Nina no le faltaba más que ronronear de placer.
Durante el intermedio, Randall bajó a tomar un trago al bar, y Nina fue al lavabo.
Casi parecía cosa del destino, se dijo Anna, queriendo que la tragara la tierra, al ver
que Tom se había dado cuenta de que estaba sola y que se acercaba a ella.
—¿Lo estás pasando bien?, ¿O el joven médico es un pobre sustituto de mi
persona? —le preguntó Tom con una sonrisa burlona. Anna lo miró iracunda.
—Me agrada mucho la compañía de Randall.
—¿De veras? —murmuró él—, pues parece que presta más atención a la música
que a ti. Aunque a ti tal vez no te importe, claro...
—Prefiero eso a que esté todo el rato encima de mí como un pulpo —le respondió
Anna.
Tom se rió.
—A Nina le gusta que la toque —le dijo mirándola a los ojos—; abre la boca
cuando la beso, y siento como se derrite con mis caricias...
—Te odio —le dijo Anna apretando los dientes—. Nunca he odiado tanto a nadie
como te odio a ti.
Un bofetón le habría dolido menos a Tom. Su rostro se puso rígido.
—Prefiero eso a que vuelvas a perseguirme, rogándome que te haga el amor —le
espetó con el mismo veneno.
Las lágrimas estaban empezando a acudir a los ojos azules de la joven, pero
antes de que pudieran brotar, le dio la espalda, y fue en busca de Randall.
Tom la vio alejarse entre la gente, sintiéndose mezquino. ¿Por qué hacía aquello?
¿Por qué la trataba así? ¿Cómo podía estar permitiendo que las cosas llegaran a esos
extremos?
Lo único que sabía era que llevaba semanas librando una batalla en la que no tenía
ninguna posibilidad de vencer, y que aquella noche había perdido. Ser cruel con ella era
la única protección que le quedaba, la única manera de negarse a reconocer la verdad
pero ya no podía más.
Suspiró cansado. No servía de nada que intentase seguir engañándose. Había
caído prisionero del encanto de Anna y no tenía caso resistirse, se dijo con una sonrisa
resignada.
Al día siguiente iría a la galería, la invitaría a almorzar, y admitiría su derrota.
Solo esperaba que ella pudiera perdonarlo.
Cuando terminó el concierto, Randall acompañó Anna a su casa andando, ya que se
encontraba solo a un paseo del centro cívico.
—Ya no queda nada para que termine las prácticas en el hospital —iba diciéndole
Randall mientras caminaban—, y el año que viene me estableceré por mi cuenta. Sí,
señor, pienso tener mi consulta privada en Houston. Si nos casamos en... digamos
diciembre, podríamos mudarnos a finales de enero.
Anna se detuvo, y lo miró fijamente.
—Quieres decir que tendrás una consulta si mi madre nos da una cantidad
sustancial como regalo de bodas —lo corrigió.
Sin embargo, en su voz no había reproche. Conocía de sobra las ambiciones de
Randall, y lo cierto era que estaba tan desesperada por alejarse de Tom, que ya todo
le daba igual, pero el joven no se había esperado aquello.
—Anna, yo...
—Sé que no te mueres exactamente de amor por mí, Randall —lo cortó ella
quedamente—. Y sé que no eres un hombre de una sola mujer. No me importa. Estoy
dispuesta a casarme contigo.
Al ver la mirada apagada en sus ojos azules, Randall se sintió culpable por
primera vez. Era verdad que no la amaba, pero sentía afecto por ella.
—Haces que suene como si fuera una transacción comercial.
—¿Y acaso no es eso lo que será? —replicó ella—.Tú tienes tus ambiciones, y mi
madre te avalará. Trabajarás duramente y te convertirás en un médico de renombre.
Yo me dedicaré a pintar, me encargaré de dar instrucciones a nuestra ama de llaves
sobre la casa, y seré la perfecta anfitriona en nuestras fiestas —añadió renunciado a
sus sueños de una vida junto a Tom y un hogar en el campo, rodeada de las risas de
sus hijos.
Randall dejó escapar un suspiro y la tomó entre sus brazos.
—Yo... Tú te mereces algo mejor, Anna —le dijo de pronto, sorprendiéndola.
La joven apoyó la mejilla en su pecho y sonrió.
—Cuando quieres eres un verdadero encanto, Randall.
—Soy consciente de mis defectos, Anna —murmuró él—. Sé que no soy perfecto,
pero me siento muy a gusto a tu lado. Contigo siento que puedo ser yo mismo, que no
tengo que fingir. Cuidaré de ti, te lo prometo, e intentaré ser discreto a partir de
ahora.
—No me importa, Randall, de verdad —le dijo ella. Y era la verdad. No lo amaba,
y sus infidelidades no podían siquiera magullar su ya maltrecho corazón—. Se lo
diremos a mi madre cuando lleguemos a casa.
Randall asintió, la tomó de la mano con una sonrisa, y continuaron caminando.
Anna le había devuelto la sonrisa, pero por dentro se sentía cada vez más desolada
ante semejante perspectiva de futuro.
— ¿Qué os vais a casar? —balbució la señora Cochran cuando le dieron la noticia.
Lo cierto era que ninguno de los dos parecía particularmente entusiasmado.
—Exacto —confirmó Randall con una sonrisa—. Espero que nos dé usted su
bendición, señora Cochran. Voy a cuidar muy bien de Anna.
Polly Cochran se habría sentido un poco más feliz si al menos le hubiera dicho
que amaba a su hija. Miró a Anna, y sintió deseos de llorar al ver lo resignada que
parecía y su mirada apagada. Sabía que estaba dispuesta a dar aquel paso únicamente
para olvidar a Tom, estaba segura, pero su hija tenía edad suficiente para decidir qué
quería hacer con su vida.
—Por supuesto que tenéis mi bendición —les dijo forzando una sonrisa—. Espero
que seáis muy felices. Bueno, ¿y cuándo pensáis casaros?
— En navidades —contestó Anna quedamente. Randall asintió.
—Me tomaré un par de días libres y nos iremos de luna de miel.
—Randall quiere establecerse por su cuenta en Houston —añadió Anna. Al menos
allí no vería a Tom a diario.
—Oh, me parece algo muy loable —dijo su madre con cierta tirantez—. Está muy
bien que los jóvenes tengáis ambiciones y deseos de prosperar. Por supuesto puedes
contar con mi ayuda para lo que necesites, Randall —le dijo, observando el alivio que se
dibujó en el rostro del estudiante de medicina.
Se sentía como si le estuviese entregando una dote por su hija, pero tampoco
quería verla vivir con estrecheces. Además, era obvio que Tom no estaba interesado
en ella. Últimamente se lo veía siempre acompañado de Nina, e incluso había oído que
pasaban todas las tardes por delante de la galería, como si quisiera que Anna los viera.
Nunca había pensado que Tom Kaulitz pudiera ser un hombre cruel, pero parecía
que Anna había hecho aflorar esa vena en él. La señora Chochran frunció los labios.
Tal vez aquel matrimonio fuera lo mejor. Así, al menos, cuando Tom se enterase de
que Anna iba a casarse, tal vez dejaría de atormentarla.
—Mañana mismo iremos a comprar el anillo de compromiso —le dijo Randall a
Anna—. ¿Qué clase de anillo te gustaría?
La joven sonrió débilmente.
—Algo sencillo, una esmeralda —contestó.
—¿Una esmeralda? —repitió él, enarcando las cejas..
—No hace falta que te gastes mucho dinero —le dijo ella—. Después, cuando ya
estés bien colocado, puedes comprarme algo ostentoso si quieres.
Randall contrajo el rostro. Lo hacía sentirse ruin.
—Anna, te compraría un arcón lleno de diamantes si pudiera —dijo de corazón—,
tú vales eso, y mucho más.
Polly Cochran lo miró gratamente sorprendida y sonrió. Aquello sonaba un poco
más prometedor. Tal vez después de todo, Randall no resultaría un mal marido para su
hija. ¡Si tan solo Anna pudiera llegar a amarlo a él...!
—Podemos ir a comprarlo cuando yo salga de trabajar —sugirió Anna—. Acércate
a recogerme e iremos desde allí.
Después del trabajo... La hora a la que Tom solía pasar por allí con Nina del
brazo... La señora Cochran tuvo que darse la vuelta para que Randall no viera la sonrisa
maliciosa que se había dibujado en sus labios. Bien por Anna. No iría mal que le
demostrara a Tom que ya no estaba muriendo de amor por él.


HOLA!!! BUENO UNA DISCULPA POR NO SUBIR ANDO ADOLORIDA ... VOY A GYM Y ME DUELE TODO ... BUENO COMO VERAN ESTA NOVELA ESTA TRISTE Y A LA VEZ HERMOSA ... CUANDO LA LEO QUE YA HAN SIDO MAS DE CUATRO VECES, SE ME HACE UN NUDO EN EL ESTOMAGO Y ME TIEMBLA LA VOZ ... POBRE ANNA ... Y EVAN-TOM ES UN HIJO DE ... UFF BUENO ESPERO QUE USTEDES TAMBIEN LO ODIEN .. OK ME CALMO ...
BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))

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