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PASENSE .. ES LA SIG DE ESTA SERIE :))
TOM-8 (ADAPTADA-TERMINADA)
Tras su gran estatura y sus anchos hombros, Tom Kaulitz escondía un corazón vulnerable. Por eso siempre había evitado a las mujeres, aunque no podía dejar de pensar en su vecina. Pero se decía que ella era demasiado joven para él. Anna también se había enamorado de Tom la primera vez que lo vio, y a pesar de las reticencias del vaquero, iba a perseguirlo hasta que lo convenciera de que ella era la mujer perfecta para él...
lunes, 13 de junio de 2016
9 10 Y 11 - Capitulos Finales
Capitulo 9
Cuando Tom detuvo el coche frente a la casa de Anna,
Lori, el ama de llaves, una
mujer bajita y entrada en años, estaba esperándolos en el
porche. El ranchero se
sintió agradecido que trabajara en régimen de interna. No
le hacía gracia tener que
dejar a Anna sola, y el estar con ella ponía a prueba su
autocontrol hasta el mismo
límite. Únicamente su situación de convaleciente impedía
que se rindiese a sus
pasiones, porque, al contrario de lo que la joven creía,
era deseo lo que sentía por ella,
no remordimientos, ni lástima. La deseaba de tal modo,
que era casi como una fiebre.
Salió del coche y lo rodeó para abrirle la portezuela y
tomarla en brazos,
siguiendo a Lori al interior de la casa, y después
escaleras arriba hasta el dormitorio
de la joven.
— ¡Qué alegría tenerte de nuevo en casa, Anna! — exclamó
la mujer mientras
ascendían la escalera—. Hemos estado todos tan
preocupados por ti, chiquilla...
—Gracias, Lori —murmuró Anna.
Estaba pasando un mal rato, tratando de ocultar lo que le
estaba haciendo el que
Tom la llevara en brazos. Podía sentir los fuertes
latidos de su corazón contra su
pecho, y por el modo en que se tensaban las facciones de
él, no le era difícil imaginar
que el contacto de sus blandos senos lo estaba excitando.
Para cuando llegaron al
dormitorio, Anna estaba casi temblando, y también ella se
sintió agradecida por la
presencia del ama de llaves.
—Bueno —dijo de pronto Lori—, pues ya que el señor
Kaulitz está aquí,
aprovecharé para acercarme un momento a comprar unas
cosas que necesitamos para
el almuerzo.
— ¡No! —exclamaron Anna y Tom al unísono.
La mujer dio un respingo, sobresaltada, y se giro para
mirarlos. Por un instante le
pareció que los dos se habían sonrojado, pero se dijo que
debía haber sido su
imaginación.
— Solo serán unos minutos... —murmuró, frunciendo el
entrecejo.
—No se preocupe, me quedaré —claudicó Tom tras carraspear
un poco, mientras
depositaba a Anna sobre la cama.
—Bien, estaré de vuelta en un santiamén —respondió la
mujer sonriendo.
Salió de la habitación, cerrando tras de sí, y al cabo de
un rato oyeron también
el ruido de la puerta de la casa, el coche poniéndose en
marcha, y cómo se alejaba.
Tom bajó la mirada hacia Anna, observando el modo en que sus
hermosos
cabellos de oro le enmarcaban el rostro. Tenía las
mejillas arreboladas, y sus ojos
azules lo miraban embrujados.
La joven advirtió, por cómo subía y bajaba el pecho de
Tom, que su respiración
se había vuelto irregular, y sus ojos descendieron hasta
el cinturón del ranchero y al
bulto inconfundible que se había formado más abajo. Se
sonrojó ligeramente, pero su
mirada fue bajando, a las musculosas piernas, y volvió a
subir hasta los anchos
hombros, el rostro bronceado por sol de Texas y los negros
ojos.
Tom, por su parte, también estaba devorándola con la
vista: primero las largas
piernas, después las sensuales caderas, los generosos
senos. Los pezones se
endurecieron de inmediato bajo la fina tela del vestido,
y Tom tuvo que apretar los
dientes y los puños para no lanzarse sobre ella.
—Te estás excitando —le dijo la joven, casi sin aliento.
—Tú también —contestó él con voz ronca.
Anna tragó saliva y se mordió el labio inferior.
—¿Y qué se supone que pasa ahora? —inquirió en un
susurro.
—Pues que vamos a rezar porque Lori vuelva pronto—
murmuró él, esbozando una
media sonrisa—... antes de que haga algo que los dos
ansiamos.
Anna dejó escapar el aire de sus labios. Se recostó
contra los mullidos cojines
que Lori había colocado encima de la almohada, y se
deslizó lánguidamente hacia
abajo, sobre el edredón de flores, colocando los brazos a
ambos lados de la cabeza, en
una muda invitación.
Tom se estremeció, pero no se atrevía a moverse de donde
estaba, pues estaba
seguro que, de tocarla, de besarla, no podría parar, y
terminaría poseyéndola.
—Tom... —le susurró ella con voz tentadora. Flexionó una
pierna muy despacio,
levantando la falda del vestido para dejar al descubierto
el muslo, y la respiración del
ranchero se volvió casi jadeante.
—Anna, para por favor.
—Pero tú me deseas... —murmuró ella, obstinadamente.
—Sí, más de lo que te imaginas, pero no puede ocurrir así
—le espetó con
aspereza, dándole la espalda.
—¿Por qué no?
Tom apoyó las manos y la frente contra la puerta cerrada.
—Porque siento que no puedo esperar más para hacerte mía
—le dijo con voz
ronca—, y no quiero que nuestra primera vez sea... un
acto desesperado.
—Pero a mí... no me importaría —le susurró ella, ávida
porque él aplacara la sed
que había provocado en ella.
— Sí, claro que te importaría —replicó él. Se dio la
vuelta de nuevo, apoyando la
espalda contra la puerta, y la miró—. Cierra los ojos y
trata de relajarte hasta que
vaya pasando.
Anna dejó que sus párpados cayeran, estremeciéndose al
notar que su cuerpo
estaba siendo bañado por olas de sensaciones todavía
demasiado nuevas para ella:
deseo, tensión, excitación...
Mientras, Tom la observaba, deleitándose con la seguridad
de que estaba
sintiendo exactamente lo mismo que él, y de que su
apetito sexual podría igualar al
suyo a pesar de su inocencia.
Si la reacción de Louisa aquel día no lo hubiera dejado
tan marcado, sin duda no
estaría siendo capaz de mantenerse apartado de Anna tanto
tiempo.
Tras un minuto o dos, la joven se hundió en el colchón
con un suave suspiro, y la
tensión pareció abandonarla.
—¿Mejor? —inquirió Tom.
—Sí —asintió ella, girando la cabeza sobre la almohada
para mirarlo—. ¿Es
siempre así?
Él meneó la cabeza lentamente.
—No siempre. Yo no había experimentado algo tan fuerte
como esto en toda mi
vida.
Bueno, aquello tenía que ser un punto en su favor, se
dijo Anna, esbozando una
sonrisa, y recibiendo otra a cambio.
De pronto, la puerta se abrió, empujando a Tom, que se
apartó al instante, y
apareció la señora Cochran.
—Perdona, Tom —se disculpó riéndose—. No sabía que
estabas detrás de la
puerta. ¿Cómo te encuentras hija? —inquirió volviéndose
hacia Anna, que se había
incorporado como un resorte al ver que se abría puerta.
—Un poco cansada —contestó ligeramente azorada— pero
mejor, mucho mejor.
Lori ha ido a comprar unas cosas y Tom se ha quedado
mientras, haciéndome compañía.
—Gracias, Tom, eres un encanto —dijo Polly Cochran.
—Sí, ya, bueno, pero ahora que ya está usted en casa,
debo marcharme.
Últimamente estoy desatendiendo mucho los asuntos del
rancho.
—Gracias por traer a Anna a casa —le dijo la señora
Cochran.
—No hay de qué —respondió él, dirigiendo una rápida
mirada a Anna, e
intentando que no se notara lo mucho que detestaba la
idea de no poder verla, aunque
solo fuera hasta el día siguiente—. Bueno, pues me voy.
Le dije a Harden que lo
ayudaría a trasladar unas reses esta tarde, pero mañana
me pasaré de nuevo a visitar
a Anna.
—Te lo agradecería muchísimo —contestó ella con una
sonrisa.
—Y yo —intervino la señora Cochran—. Duke me ha invitado
a salir mañana, pero
aún no le he dicho que sí porque no quería dejar a Anna
sola —explico. —Queremos
hablar de... bueno, de nuestra relación.
El rostro de su hija se iluminó.
—¿En serio? —exclamó.
—Sí, bueno, no vayas a hacerte demasiadas ilusiones —dijo
la señora Cochran—,
pero mantén los dedos cruzados.
—Lo haré —prometió Anna entusiasmada ante la idea de que
sus padres fueran a
darse otra oportunidad.
—Entonces, Tom, ¿te sería mucha molestia quedarte mañana
por la tarde con
Anna, haciéndole compañía hasta que vuelva?
Él parecía estar debatiéndose entre ceder a aquella
tentación, o hacer caso a la
vocecilla que le advertía que aquello podía ser
peligroso.
—Eeeeh... no, claro que no —respondió finalmente. No
tenía por qué haber nada
de malo en pasar la tarde con Anna. Charlarían, tomarían
un refresco, verían algo en la
televisión... «¿Televisión?, ¡eso es!» — . Tengo un par
de películas que seguro que a
Anna le gustaría ver.
Exacto, verían la televisión y no ocurriría absolutamente
nada, se dijo, queriendo
convencerse.
Al día siguiente por la tarde, cuando la señora Cochran
se marchó a su cita, Tom
empezó a sentirse nervioso. Había pensado que iban a
sentarse en el salón, pero,
cuando llegó, la joven estaba echada en la cama porque
decía que allí estaba más
cómoda, y como tenía un televisor y un vídeo en el
dormitorio, le preguntó si no le
importaba que vieran allí las películas que había
llevado.
—Por supuesto que no —balbució él, tragando saliva, e
introduciendo una de las
cintas en el vídeo.
Cuando se volvió hacia ella, observó que estaba mirándolo
extasiada, con el
rostro encendido, y carraspeó.
—¿Dónde está Lori, en la cocina? Podríamos decirle que
prepare unas palomitas
si quieres —farfulló con el corazón en la garganta.
—Lori... no está —respondió Anna—. Hoy es su libre.
La mandíbula de Tom se puso rígida.
—¿Serviría de algo que te diera mi palabra de que trataré
de no seducirte?
—sugirió ella con una tranquilidad que no sentía en
absoluto.
Tom notó que todos sus músculos se tensaban al
encontrarse con los ojos de
ella.
—No haría falta que lo hicieras, ¿o es que no lo sabes? —
murmuró—. Basta con
una mirada tuya o una ligera caricia para volverme loco.
El corazón de Anna latía frenéticamente. Era como si de
pronto todos sus sueños
se estuvieran haciendo realidad. Extendió los brazos
hacia él, y aquella vez Tom no
pudo resistirse. Fue junto a ella y se inclinó, dejando
que le rodeara el cuello con
ambos brazos y le atrajera hacia sí, tumbándolo con ella
en la cama. Tom se decía que
no debía hacerlo, pero el cuerpo de la joven era tan
blando, tan bien formado, y ella se
mostraba tan complaciente... Cuando al fin acercó sus
labios a los de ella, fue como si
se produjera un estallido de calor en su interior.
A la joven le parecía que había muerto y había subido a los
cielos. Tiraba
suavemente de los labios de Tom con los suyos,
saboreándolos, mientras la inundaba la
calidez de su cuerpo. Sin embargo, cuando él hizo el beso
más profundo y sus manos le
apretaron cintura, Anna contuvo el aliento y Tom se
retiró al instante.
—¿Qué ocurre, te he hecho daño? —le preguntó preocupado—.
¡Dios, a veces
detesto mi estatura y mi fuerza.
—No me has hecho daño, Tom —le respondió ella
dulcemente—. Es solo, que
siento que me quemo por dentro cuando me besas de ese
modo — murmuró mirándolo a
los ojos.
Él se relajó un poco y le acarició la mejilla con la
mano.
—¿De verdad crees que podría tenerte miedo, Tom? —le
preguntó ella—. ¿Acaso
no te das cuenta de que te deseo tanto que te permitiría
que me hicieras lo que
quisieras?
Un brillo lascivo apareció en los ojos negros del
vaquero. Se inclinó para besarla
ardorosamente, y uno de sus grandes brazos se deslizó por
debajo de ella para alzarla
y apretarla contra su cuerpo. Sus labios acariciaban los
de ella y se retiraban, una y
otra vez, excitándola con una destreza enloquecedora.
Tom se movió para que sus caderas quedaran encima de las
de Anna, y pudiera
notar lo excitado que estaba. La joven gimió ante lo
íntimo que resultaba aquel
contacto, y Tom despegó sus labios de los de ella un
instante para mirarla a los ojos.
No parecía que hubiera miedo en ellos. Se frotó
ligeramente contra ella, y vio que se
sonrojaba. Introdujo una pierna entre las de Anna, y vio
que se sonrojaba y se ponía
algo tensa.
—No, tranquila —le dijo sacudiendo la cabeza—, quiero que
aprendas todo lo que
debes saber sobre mi cuerpo antes de que vayamos más
lejos.
Anna seguía sintiéndose algo turbada, pero le dejó hacer.
—Eso es, no tienes que temer nada —le decía la voz
profunda y sensual de
Tom—. Simplemente estoy dejando que descubras mi cuerpo,
eso es todo.
Ella se relajó un poco más, y a medida que iba
desapareciendo la sensación de
extrañeza por lo nuevo que le resultaba aquello, comenzó
a disfrutar de la sensación
del cuerpo de Tom pegado al suyo, Tom pasó los dedos
lentamente por uno de los
senos de la joven, cuidándose de no rozar el pezón, que
al instante se había puesto
erecto. La miraba a los ojos mientras lo hacía, y oía su
respiración irregular. Anna no
estaba segura de poder soportar mucho más. Sentía que si
no le tocaba el pezón iba a
explotar, se arqueó hacia él, en un ruego mudo de que
pusiera fin aquel delicioso
tormento.
—Lo sé —le susurró él—, sé exactamente qué es lo que
quieres, y voy a dártelo,
pero deja que te haga arder primero.
Las mejillas de Anna se tiñeron de rubor, pero no
protestó, sino que se dejó caer
de nuevo suavemente sobre los almohadones, esperando,
temblando, mientras él
continuaba dándole tanto placer, sin satisfacerla del
todo, hasta que de su garganta
escapó un gemido de frustración.
Tom la apretó más contra él con la mano que tenía debajo
de su espalda, y Anna
le clavó las uñas en los hombros, desesperada.
—Tom, por favor... aaah... por favor... — él inclinó la
cabeza, dejándole sentir su
aliento en las mejillas, los labios..., mientras rozaba
los nudillos muy lentamente justo
por el borde del pezón.
Y entonces, con exquisita delicadeza, tomó el botón
endurecido entre las puntas
de sus dedos. Anna sintió una ráfaga tremenda de calor en
su vientre, y todo su
cuerpo se convulsionó. El placer le nubló la vista, y se
arqueó hacia él con una
expresión de total abandono en el rostro, Tom comenzó a
desabrocharle uno tras otro
los botones de la blusa con una destreza pasmosa, la
abrió, y desabrochó también el
enganche frontal del sostén de encaje. Apartó las copas a
los lados, dejando al
descubierto los hinchados senos de Anna, y contuvo el
aliento extasiado ante la
belleza de aquellas circunferencias de textura cremosa y
sonrosadas aureolas. Los
acarició suavemente, sin dejar de observar la expresión
de su rostro mientras ella se
entregaba a él por completo.
—No sabes hasta qué punto me excitas, me excitas como
ninguna otra mujer lo ha
hecho jamás —le susurró, inclinándose hacia sus pechos
muy despacio— Dios, Anna,
eres deliciosa, y quiero devorarte...
Bajó la boca hasta uno de los senos, y empezó a tirar del
pezón con los labios, a
succionarlo, y Anna se deshizo en gemidos. El placer que
estaba experimentando era
tan intenso que sentía que los ojos se le estaban
llenando de lágrimas. Sus dedos
temblorosos se enredaron en el vello rizado del tórax de
Tom y lo atrajo hacia sí
más aún.
De pronto una de las manos de Tom estaba introduciéndose
por debajo de la
falda de su vestido, y la joven notó que iba ascendiendo
por uno de sus muslos, hasta
alcanzar el vientre.
—Lo que quieras, Tom —le susurró al oído—, te daré lo que
quieras...
Tom se entregó sin restricciones a la necesidad de ella
que lo consumía, y sus
besos se volvieron más ardientes, y sus manos más
insistentes en las caricias que
prodigaban a la joven sin cesar. Anna, en un arrebato de
pasión en medio de aquel
frenesí, le hincó los dientes en el hombro, y no se dio
cuenta de lo que estaba haciendo
hasta que lo oyó inspirar y levantar la cabeza.
—Lo... lo siento —balbució la joven, avergonzada—, te he
mordido.
Pero a Tom no parecía importarle demasiado. Había bajado
la vista a los senos
de la joven, y estaba observando las marcas rojizas que
sus labios habían hecho.
—¿No te he asustado, dejándome llevar así? —le preguntó
quedamente.
—¿Por qué debía haberme asustado? —inquirió ella su vez,
perpleja.
—Porque podría haberte hecho daño —masculló, contrayendo
el rostro,
disgustado consigo mismo, mientras le acariciaba
suavemente las marcas que le había
hecho—. No pretendía perder la cabeza de este modo.
El que fuera capaz de hacerle perder la cabeza hizo que
Anna se sintiera
tremendamente halagada.
—Pero si no me has hecho ningún daño —le dijo con una
sonrisa—. De hecho, me
ha gustado — añadió—. No soy de porcelana, Tom, no voy a
romperme por que seas un
poco brusco.
Anna se acercó más a él y colocó la mano en su camisa.
—¿Me dejas que te toque yo también?
Tom solo dudo un momento antes de ceder a la tentación de
sentir sus manos
sobre su piel desnuda. Desabrochó los botones de la camisa,
tiró del bajo para sacarla
de los pantalones, y miró a Anna a los ojos mientras se
la quitaba y la arrojaba al suelo.
Ella apoyó la frente en el ancho tórax y sus manos se
introdujeron por entre la
densa mata de vello, tirando de él. Tom suspiró y le peinó
el cabello con los dedos.
—Bésame como yo he hecho contigo, pequeña — le pidió,
guiando su boca hacia su
pecho.
Ella contuvo el aliento, algo sorprendida. Nunca se le
había ocurrido que una
mujer pudiera excitar a un hombre del mismo modo que un
hombre a una mujer,
estimulando sus pezones. Sus labios buscaron por entre el
vello rizado hasta encontrar
uno, y frotó la punta de la nariz contra él, después los
labios, y finalmente lo
mordisqueó. El cuerpo de Tom se puso completamente tenso,
y después se estremeció
de arriba abajo.
Anna siguió besando toda la expansión de su musculoso
tórax, y el se echó hacia
atrás, tendiéndose en la cama, para darle mayor libertad
de movimientos. Cerró los
ojos, y se dejó arrastrar por las olas de placer que lo
estaban inundando, y gimió
cuando Anna tiró con los dientes del otro pezón. La
joven, encantada de tenerlo
completamente a su merced, se volvió más atrevida,
descendiendo hacia las estrechas
caderas, y lo mordió con delicadeza justo encima del
ombligo.
Tom se convulsionó, arqueándose hacia ella y emitiendo un
profundo gemido
gutural. Y de pronto, como si no pudiera aguantar más
aquel tormento, la hizo rodar a
un lado sobre el colchón, le quitó la blusa y el sostén,
arrojándolos al suelo, y la hizo
incorporarse hasta quedarse sentada para poder admirarla
mejor.
Entonces la tomó por los brazos y la atrajo hacia sí
poniendo en contacto sus
senos con su pecho desnudo, y comenzó a frotarla contra
él. Anna nunca había
experimentado algo tan íntimo, nunca había imaginado que
fuera a estremecerse en un
éxtasis delirante solamente por la sensación del vello
del tórax de un hombre contra
sus pechos. Hincó las uñas en los hombros de Tom y empezó
a moverse con él.
—Hazlo con más fuerza, Tom, con más fuerza., —le rogó.
El ya ni siquiera podía pensar. Bajó la vista al lugar
donde sus cuerpos se
frotaban, y observó fascinado los pezones erectos de Anna
deslizándose arriba y
abajo por su tórax. Aumentó la presión y la fricción,
ligándola más aún a él, y
moviéndola de lado a lado, encantado con sus gemidos, y
el ligero dolor de sus uñas
hundiéndosele en la espalda. Y, de repente, tomándolo por
sorpresa, la joven bajó la
cabeza hacia su hombro izquierdo y lo mordió de nuevo,
con fuerza, dibujando
círculos con la lengua sobre su piel desnuda.
Una de las manos de Tom se había deslizado hasta la parte
baja de la espalda de
Anna, y estaba empujándola rítmicamente contra su
entrepierna mientras la besaba
con fiereza.
En ese momento, ella le habría dejado hacerle cualquier
cosa que hubiera
querido, y aun cuando despegó sus labios de los de ella,
Anna se arqueó hacia él con los
ojos cerrados, empujando sus caderas y arqueándose
haciendo que sus senos
rebotaran ligeramente, alzándose hacia su boca.
Tom se estremeció. Sabía lo que la joven estaba
implorándole sin palabras,
sabía que si quería, ella le permitiría desnudarla por
completo y hacerla suya, pero
precisamente fue aquella sumisión sin condiciones lo que
lo hizo detenerse.
—Tom... ¿qué pasa?, ¿Por qué has parado? — murmuró ella,
mimosa, frotando sus
senos contra su tórax de nuevo e imprimiendo besos en su
cuello.
—Anna, no hagas eso —le suplicó él—, me vuelves loco
cuando haces eso.
—Pero tú me deseas... podríamos hacer el amor... —insistió
Anna febril.
—No, no podemos hacer el amor en tu cama, en tu
habitación. Tus padres podrían
presentarse en cualquier momento, o Lori.
—Mmm... podríamos cerrar la puerta de la casa — gimió
ella.
Pero él se apartó de ella y la tomó por la barbilla
haciendo que lo mirara a los
ojos.
— Inspira, cariño, inspira profundamente —dijo—, inspira
y relájate. El deseo
pasará. Lo que hemos estado haciendo era mucho más que
una experiencia física
placentera, es algo que debe quedar dentro de los
confines del matrimonio. Si te dejo
embarazada quiero que sea después de que nos hayamos
casado, no antes.
Anna se dijo que seguramente había oído mal.
—Pero si tú no quieres casarte —balbució.
—Dios, ya lo creo que quiero —dijo él con ardor
besándola—. Si tú aceptas, nos
casaremos. Vamos Anna, di que sí —le susurró.
Ella sentía que el corazón iba a estallarle de felicidad.
— ¡Sí!, ¡oh, Tom, si quiero! —exclamó, arrojándose a sus
brazos.
—No tendremos un noviazgo largo —le prometió, él—. Mañana
mismo iremos a
pedir la licencia.
—¿Tan pronto? —inquirió ella, apartándose para mirarlo.
—Es que últimamente siento que no puedo estar lejos de ti
más de cinco minutos
—confesó él riéndose—. Quiero que estés siempre a mi
lado, Anna. Y ahora
deberíamos vestirnos y bajar al salón a ver esas cintas
de vídeo —murmuró,
levantándose y recogiendo la ropa del suelo—, o
terminaremos enredados el uno al otro
de nuevo y llegaremos hasta el final.
Capitulo 10
Tom no perdió el tiempo y empezó a organizarlo todo para
la boda de inmediato.
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a recoger a Anna
para ir a solicitar la
licencia para casarse e ir a hacerse los
análisis de sangre necesarios. Le habían dado la
noticia a los padres de la joven el día anterior, cuando
regresaron de su cita, pero no
les sorprendió en absoluto, y los felicitaron sonrientes.
Anna se sentía en las nubes. Tom había empezado a
mostrarse abiertamente
afectuoso con ella, besándola en público, y tomándola por
la cintura cuando iban juntos
por la calle. Tenía aún sus dudas con respecto a sí
sentía algo por ella, pero si no la
amaba, desde luego debía decir en su favor que era un
gran actor.
Esa tarde, después de que hubieran completado el pesado
papeleo, Tom la llevó a
almorzar a un restaurante en el centro de la ciudad.
—Apenas has probado la comida —comentó, observando el
plato de Anna.
—Es que todavía no acabo de creerme que esto no sea un
sueño —le confesó
Anna.
—Te entiendo —respondió él, sonriendo— la verdad es que
yo nunca había
pensado seriamente en el matrimonio, por mucho que de
boquilla le dijera a todo el
mundo que quería una esposa y un hogar. Por cierto, esto
me recuerda que aún no te he
comprado un anillo para formalizar nuestro noviazgo. ¿Te
gustaría un diamante?
Anna se había convencido de que iba en serio con la
licencia y los análisis de
sangre, pero la mención de un anillo, hizo que su corazón
empezase a palpitar más
deprisa. Era un símbolo de compromiso.
—Pues yo... —balbució emocionada, sin poder articular
palabra.
—No me vayas a decir que quieres una esmeralda —murmuró
Tom, entornando
los ojos.
Anna reprimió una sonrisa maliciosa.
—No, no quiero una esmeralda —le dijo—. Además, creo que
las esmeraldas no
son una buena inversión, ¿no? —añadió.
Tom frunció el ceño.
—Cariño, no voy a comprarte un anillo a modo de
inversión, esto no es una
operación mercantil.
—Lo siento —murmuró ella azorada.
Lo cierto era que no podía decirle que no comprendía por
qué quería casarse con
ella. Estaba segura de que le importaba, aunque solo
fuera un poco, pero con eso no le
bastaba. Anna quería que él la amase, como ella lo amaba
a él. Desde el accidente se
había mostrado muy atento y amable, y, sin embargo, no
tenía claros sus sentimientos
por ella.
Lo que ella ignoraba, era que Tom todavía no había
logrado dejar atrás sus
temores. Había decidido seguir adelante a pesar de ello,
principalmente empujado por
el temor a que se casara con Randall. El ranchero se
decía que, a pesar de sus
confesiones de amor eterno, estaba corriendo un riesgo
muy grande, tanto por la
diferencia de edad como por la inocencia de la joven.
Por otra parte, Anna tenía un motivo más para dudar de
los motivos que llevaban
a Tom al altar. ¿Qué ocurriría con Nina? ¿Cómo podía
saber si él no sentía todavía algo
por la modelo? ¿Y cómo estar segura de que no estaba
casándose con ella por lástima y
arrepentimiento, o simplemente porque la deseaba?
Tomó un sorbo de agua, inmersa en sus pensamientos, pero
de pronto, como si
sus preocupaciones hubieran conjurado su aparición allí,
por la puerta del restaurante
entró Nina, sola. Inmediatamente los vio, y se acercó a
su mesa.
Tom también la había visto, y maldijo para sus adentros.
Como un caballero que
era se puso de pie, pero la mirada en sus ojos no era
precisamente de bienvenida.
—Vaya, hola Tom —murmuró Nina con esa voz suave que casi
parecía un
ronroneo—. ¿Cómo estás, cariño? Hace días que no te veo.
¿Qué has estado haciendo?
—He estado ocupado —respondió él sucintamente —. Anna y
yo nos hemos
comprometido y vamos a casarnos.
Nina se quedó de piedra. Durante un buen rato no se
movió, ni articuló palabra, y
finalmente emitió una carcajada áspera.
—¿Que te vas a casar con Anna? ¿Después de todo el tiempo
que te has pasado
huyendo de ella? Bueno, bueno, ¿qué es lo que has hecho,
Tom?, ¿Dejarla embarazada?
—Ya basta, Nina —le advirtió Tom en un tono gélido.
Los ojos de la modelo se fijaron en Anna, destilando puro
odio.
—¿No habrás sido tan estúpida como para creer que de te
ama, verdad? —le
espetó—. ¡Lo único que lo mueve es el deseo!, ¡Demasiado
bien lo sé yo! —Masculló,
estremeciéndose de ira, y atrayendo la atención de las
personas sentadas en las mesas
más próximas—. Le di todo lo que tenía, y ya ves, ni aun
así he podido retenerlo a mi
lado.
—Nina, por favor, déjalo ya —le rogó Tom quedamente—.
Estás dando un
espectáculo.
El labio inferior de la modelo temblaba cuando alzó el
rostro para mirarlo. A
pesar de lo bochornoso de la situación, Anna no pudo
evitar sentir lástima por ella. Era
obvio que Nina estaba enamorada de Tom. Debía ser
terriblemente doloroso para ella
tener que ver cómo se lo llevaba otra mujer.
— Supongo que no es culpa de nadie... —sollozó Nina—,
supongo que soy la clase
de mujer con la que a los hombres les gusta divertirse
pero con la que jamás se casan
—miró a Tom con dureza—. Todo el mundo decía que lo que
te atraía era la
experiencia, la sofisticación, pero estaban equivocados,
¿no es verdad? ¡Mírate,
seduciendo a adolescentes!
Sin poder contener más las lágrimas, se giró sobre los
talones y salió corriendo
del restaurante. Tom se quedó un momento de pie, muy
serio, mirando hacia la puerta,
tras la cual había desaparecido, y finalmente se dejó
caer sobre la silla con pesadez.
—Siento que hayas tenido que presenciar algo así —le dijo
a Anna sin mirarla, y
con la mandíbula tensa.
—Ella te ama —murmuró la joven con los ojos fijos en su
regazo.
—Sí —asintió él—, pero yo no la amo a ella, y no se puede
obligar a las personas a
sentir lo que no sienten, Anna. Puede que sea duro, pero
la vida es así.
La joven lo miró espantada al oír esas palabras. ¿Qué
estaba haciendo?, ¿Por
qué se engañaba?, Iba a casarse con él cuando tampoco a
ella la amaba. ¿Qué clase
de matrimonio iba a ser el suyo? Una pareja era cosa de
dos. Con el tiempo, el deseo
se iría debilitando, y cuando hubiese desaparecido del
todo, ¿qué quedaría?
Tom la miró de reojo y al ver la expresión sombría de su
rostro, creyó que se
debía a la escena de celos que Nina había montado hacía
unos instantes. Maldijo su
suerte para sus adentros y llamó al camarero para pedir
la cuenta, ignorando las
miradas curiosas de los demás comensales. Nina había
desbaratado lo que podía haber
sido un día perfecto, acabando de un plumazo con el buen
humor de Anna y del suyo
propio.
Había creído que la modelo se daría cuenta de que no
estaba interesado en ella.
Hacía semanas que no la llamaba. ¿No era eso suficiente
indicación de que no quería
volver con ella? No, se dijo, la culpa era solo de él. La
había utilizado para mantener a
Anna apartada de él, y aunque ella había estado de
acuerdo, tenía que haber parado
cuando advirtió que Nina parecía estar ilusionándose.
Debería haber tenido una larga
charla con ella antes de pedir a Anna que se
comprometiera con él, pero con el
inesperado suceso que había postrado a Anna en la cama
del hospital durante varios
días se había olvidado casi por completo de ella,
preocupado como estaba. Tenía que ir
a disculparse.
—Creo que será mejor que esperemos a mañana para ir a
comprar los anillos, si
no te importa —le dijo minutos más tarde, cuando ya
habían abandonado el
restaurante, y estaba deteniendo el coche delante de la
casa de la joven—. Hay
algunas cosas que tengo que arreglar antes.
—Por mí está bien —contestó Anna en un tono apagado—, de
todos modos, el día
ya se ha echado a perder.
Tom apagó el motor y se giró hacia ella, contrayendo el
rostro al ver la
expresión desolada en los ojos de Anna.
—Lo siento —murmuró con voz ronca.
— ¿Por qué te estás disculpando? —le espetó ella—. No es
culpa tuya que las
mujeres te persigan. Al fin y al cabo, yo fui una de
ellas —añadió con una risa amarga.
—No —le contestó él con firmeza—. Tú no eres una más, si
es eso lo que quieres
decir. Te he pedido que te cases conmigo, Anna, ¡no que
pases una noche conmigo en la
cama para divertirme un rato!
—Oh, y me doy cuenta del gran honor que supone —le dijo
ella sarcástica. Lo
miró con verdadero pánico en los ojos—. ¿Qué clase de
vida nos espera, topándonos
con todas las amantes a las que has ido dejando en el
camino cada vez que salgamos a
comer o cenar? Tom, no es esto lo que quiero —le dijo
desesperada—, ¡no puedo
casarme contigo!
Tom la agarró por el brazo, atrayéndola hacia sí y
obligándola a mirarlo a los
ojos.
—No, ni hablar —le dijo en un tono áspero—, no voy a
permitir que te eches
atrás.
— ¡No puedes obligarme, yo...!
Pero no pudo terminar la frase, porque los labios
masculinos tomaron los suyos.
Al principio se revolvió, aunque fue solo unos segundos,
antes de derretirse entre sus
brazos. El calor y la destreza de sus labios la
debilitaban, era incapaz de resistirse. Le
echó los brazos al cuello, y comenzó a responderle con
fervor.
—No estás jugando limpiamente, Tom... —murmuró cuando él
finalmente la dejó
respirar.
—No estoy jugando contigo, Anna —le contestó él muy
serio, clavando sus ojos
oscuros en los ojos de ella—. Nina sabía muy bien que no
tenía ninguna posibilidad
conmigo, porque lo nuestro acabó hace mucho tiempo, y yo
nunca le hice ninguna
promesa. Sé que jamás debí proponerle aquel trato
estúpido para desalentarte, y que
debí darme cuenta de que estaba albergando esperanzas al
ver que yo seguía saliendo
con ella cuando tú empezaste a ignorarme. Yo lo hacía por
despecho, pero por salvar mi
orgullo le decía a ella que era porque tenía asegurarme
que tú captabas el mensaje.
—Entonces era verdad lo que decía la gente, lo que todos
pensábamos, que la
estabas utilizando — murmuró la joven con tristeza.
Las facciones de Tom se tensaron.
—Sí, la utilicé —admitió—, la utilicé sin el menor pudor.
Tiene todo el derecho a
estar enfadada conmigo, pero tampoco puede decir que no
sabía lo que estaba
haciendo. Ella estuvo de acuerdo en ayudarme a
desalentarte, y me dijo que lo hacía
de buen grado, como un favor a cambio de otro que yo le
hice hace un tiempo,
presentándole a un amigo de una agencia de moda.
A Anna le temblaba el labio inferior, y sus ojos estaban
llenándose de lágrimas.
—¿Y cómo sé que no te acostaste con ella? —le espetó con
la voz quebrada.
— Si quieres saberlo, hace años lo hice —le respondió,
él—, pero no he vuelto a
hacerlo desde que rompimos nuestra relación. Como te he
dicho, ya ni siquiera logro
excitarme con otras mujeres, y con Nina mucho menos que
con ninguna.
Anna giró el rostro hacia la ventanilla. El cielo estaba
nublado, igual que su vida,
pensó.
—¿Por qué quieres casarte conmigo, Tom? —le preguntó,
dejando escapar un
suspiro cansado. Él levantó la cabeza, con el ceño
fruncido.
—¿«Qué»?
—Necesito saber por qué quieres casarte conmigo—le
repitió ella—. ¿Es por
lástima, porque te sientes culpable, porque me deseas, o
por las tres cosas?
— ¡Por Dios, Anna!, ¿Cómo puedes seguir dudando de ese
modo de mí? ¿No
confías en mí en absoluto?—le dijo, sintiéndose
derrotado—. Sé que no me he portado
bien contigo, pero si tan poca fe tienes en mis motivos,
¿por qué has aceptado?, ¿Por
qué estás dispuesta a acompañarme al altar?
Ella lo miró a los ojos.
—Porque te amo —le respondió sin dudar. Tom extendió la
mano hacia sus
cabellos dorados y acarició un mechón entre sus dedos.
—Pero no estás segura de mis sentimientos —le dijo
frunciendo los labios—. Si
de verdad me amas, ¿no deberías estarlo? —la increpó
suavemente.
Ella estudió su rostro entristecida.
—¿Cómo puedo estar segura de tus sentimientos si nunca me
has dicho lo que
sientes por mí?
Los ojos de Tom descendieron hasta sus labios.
—¿Qué crees tú que siento? —inquirió.
—Yo... no lo sé. Has estado muy distinto desde lo que me
ocurrió en Houston —le
contestó—, y, antes de eso, te encargaste de dejarme
claro constantemente que me
querías fuera de tu vida. Dime, ¿qué tengo que pensar
cuando un vagabundo me ataca
en la calle, y de pronto tú me pides que me case contigo?
—Haces que suene como si fuera una persona voluble, Anna
—le dijo él. Sin
embargo, no podía negar que era cierto lo que había
dicho, y que en su lugar, él estaría
teniendo las mismas dudas.
—No he pretendido decir que seas voluble —replicó ella—,
solo que te sientes
inseguro. Que no quieres atarte, y, sin embargo, parece
que te sientes en la obligación
de casarte conmigo porque te doy lástima o te sientes
culpable por cómo me has
tratado hasta ahora.—Si como me has asegurado una y otra
vez tus motivos no son esos,
¿por qué no me dices cuáles son? Nunca me has dicho lo
que sientes.
No había podido hacerlo, tenía demasiadas inseguridades
después de lo ocurrido
con Louisa.
—¿Acaso te convencerían mis palabras? —le preguntó,
acariciándole los labios
con el índice—. Yo creo que no —le dijo—. Te has metido
en la cabeza esa idea de que
te tengo lástima, y me temo que nada de lo que diga
cambiará eso. Tendrás que
confiar, y esperar.
Un destello de temor ante ese futuro incierto relumbró en
los ojos de Anna,
pero no dijo nada. Tom la besó suavemente en los labios.
— Vamos a tener la más inusual de todas las noches de
bodas: probablemente
será la primera vez que el novio está nervioso —murmuró.
— Tom, ¿de verdad tienes miedo a hacerme el amor? —le
preguntó ella.
—Dios, Anna, ¿acaso no es obvio? He luchado contra lo
nuestro precisamente por
tu propio bien, porque temo no poder controlarme y
asustarte, o lo que es peor,
hacerte daño.
—¿No te parece que exageras un poco? —le dijo ella,
tratando de quitarle hierro
al asunto, que según parecía era un verdadero trauma para
él.
Tom dejó escapar un suspiro con pesadez.
—Anna, podría hacerte daño —murmuró—, podría excitarme
demasiado, perder
el control, asustarte, y ser incapaz de parar.
—Tom, yo no te tengo miedo, ni podría tenértelo jamás. No
se puede tener
miedo de la persona a la que se ama.
—Louisa me amaba y sintió pánico solo con verme desnudo
—le espetó Tom
sacudiendo la cabeza.
Anna se quedó mirándolo un buen rato, sabiendo que,
siendo como era un hombre,
lo heriría en su orgullo con lo que le iba a decir, pero
estaba convencida de que era así.
—¿De verdad crees que te amaba? Si te hubiera amado
habría estado dispuesta
a entregarse a ti, a pesar del miedo de la primera vez.
Yo te amo, Tom, te amo hasta
tal punto que estoy dispuesta a confiar en ti, a no dudar
de ti, como me has pedido.
Lo besó de nuevo en los labios, con increíble ternura y
sensualidad, como si con
ese beso quisiera expresar lo que sentía por él y que no
lo temía en absoluto, y se bajó
del coche. Se quedó mirándolo un momento allí de pie,
junto al vehículo, con las gotas
de lluvia colgándose de sus cabellos dorados como gotas
de rocío, e imprimiendo
pequeños puntos oscuros en su vestido. Finalmente se dio
la vuelta, y caminó hacia la
casa, entrando en ella sin mirar atrás.
Tom se había quedado muy quieto, pensando en lo que ella
acababa de decirle. ¿Y
si tuviera razón? ¿Y si hubiera desperdiciado aquel
tiempo de su vida cortejando a una
mujer que no lo había amado? ¿Y si Harden había estado en
lo cierto cuando le había
dicho que Louisa solo iba detrás del dinero de la
familia? Si hubiera sido así, los dos
últimos años podría haber sido feliz soñando con el día
en que convirtiera a Anna en su
mujer, en vez de haber estado atormentándose por algo que
no debía haber sido más
que un autoengaño.
Tal vez aquel que él había creído su gran amor había
acabado en tragedia
precisamente porque no había sido capaz de ver esa verdad
a la que Anna le había
abierto los ojos: que Louisa nunca lo había amado. Para
su orgullo era algo difícil de
aceptar.
Capitulo 11
Tom y Anna se casaron el viernes por la mañana, con sus
familias amigos como
invitados a la ceremonia, que fue breve pero muy hermosa.
La joven apenas podía
creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad hasta
que él deslizó la alianza en su
dedo y la besó tiernamente en los labios.
Sin embargo, a pesar de aquella ternura, Tom estuvo
preocupado todo el tiempo
durante el banquete de bodas que se celebró en el rancho,
y solo Anna sabía por qué:
temía como a un miura la noche de bodas, atormentado como
estaba por aquel
incidente del pasado, y estaba convencido de que ella
saldría huyendo.
La joven naturalmente estaba algo nerviosa, pero estaba
segura de que todo iría
bien. Solo tenía que lograr convencer a Tom de que su
fuerza no lo convertiría en un
peligro para ella en la cama, y aquello era más sencillo
pensarlo que hacerlo.
—Ha sido una boda preciosa, cariño —le dijo su madre,
antes de que partieran a
su viaje de luna de miel a Nueva Orleáns—. Espero que
seáis muy felices.
—Gracias, mamá, lo seremos —le contestó ella, esbozando
una sonrisa. La besó
en la mejilla, la abrazó, y lanzó una mirada en dirección
a su padre, que estaba
hablando con Tom y Harden—. ¿Qué me dices de papá y de
ti? —le preguntó a su
madre.
—Tiene que volver a Atlanta esta noche.
— Oh —murmuró la joven, entristecida por ellos.
—No me has dejado acabar —le dijo su madre de pronto,
echándose a reír—. Me
marcho con él a pasar unos días —le explicó—. Además, me
ha dicho que va a pedir el
traslado a Houston, para que pueda venir a casa las
noches que no tenga algún vuelo.
Vamos a volver a ser una familia otra vez, Anna, y cuando
tu padre se jubile, y me ha
prometido que va a hacerlo el año próximo, creo que yo
también voy a dejar la
inmobiliaria, y nos dedicaremos a recorrer juntos el país.
—Oh, mamá, me alegro tanto por vosotros... —suspiró Anna,
sonriendo entre
lágrimas—. Todo esto parece demasiado bonito para ser
cierto. ¡Soy tan feliz!
—Yo también, cariño —respondió su madre, secándole las
lágrimas y besándola de
nuevo—. Pásalo muy bien en vuestro viaje y cuídate.
—Tú también, mamá.
Minutos después, la joven estaba sentada en el coche con
su marido, camino del
aeropuerto.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó él suavemente, girando la
cabeza para mirarla.
—Extraña, pero muy feliz, ¿y tú?
—Pregúntame mañana por la mañana —le contestó él con una
risa seca.
—Oh, Tom... —gimió ella meneando la cabeza—. ¿Acaso voy a
tener que
emborracharte y seducirte?
Pero él no se rió, y sus facciones se tensaron.
—No tiene gracia.
—Pero si no te tengo ningún miedo —insistió ella una vez
más, con una sonrisa.
—Eso espero, porque esta noche tendrás que demostrarlo.
Anna suspiró y renunció a tranquilizarlo, girando el
rostro hacia la ventanilla y
observando el paisaje. El día por el que tan largamente
había esperado había pasado
como una exhalación, y su luna de miel estaba a punto de
comenzar.
Tras instalarse en el hotel, Anna y Tom aprovecharon la
tarde para explorar la
colorida ciudad de Nueva Orleáns. Recorrieron el French
Quarter y la calle Bourbon, y
cuando empezaba a anochecer regresaron al hotel y fueron
al restaurante antes de
subir a la habitación.
Durante la cena, Anna trató varias veces de entablar
conversación con Tom,
porque lo notaba cada vez más tenso, pero era como
intentar hacer hablar a una
pared.
Y si había creído que las cosas no podían empeorar,
estaba equivocada: cuando
finalmente se retiraron a la habitación, cerró la puerta
detrás de ellos, le rodeó el
cuello con los brazos y trató de besarlo, pero él se
apartó.
—No, no —balbució rehuyendo su mirada—, ahora no.
—Pero, Tom, estamos casados —le dijo ella suavemente—. No
pasa nada.
—Ya lo creo que pasa —masculló él. Agarró su sombrero y
se dirigió a la puerta—
Tengo una reunión de negocios. Volveré tarde, así que no
me esperes despierta.
— ¿Una reunión de negocios? ¿En nuestra noche de bodas?
—exclamó ella, fuera
de sí.
Tom era incapaz de mirarla a los ojos. Había dejado que
la ansiedad se fuese
acumulando en él, y había llegado a un punto en que se
sentía aterrado ante la sola idea
de tocarla. Aquella absurda excusa era lo único que se le
había ocurrido en ese
momento de desesperación para poder tener tiempo para
calmarse y reunir el
suficiente valor para enfrentarse a lo que tanto temía.
—Lo siento, es un cliente que vive aquí, en Nueva Orleáns
—mintió—, y me dijo
que era muy urgente —farfulló—. Volveré cuando pueda.
Buenas noches.
Y salió de la habitación, dejando a Anna boquiabierta.
¿Cómo iba a sobrevivir a un
matrimonio en el que su marido ni se atrevía a tocarla?
Con las lágrimas rodando por sus mejillas, se puso el
camisón, se lavó los dientes
y se acostó, pero estuvo dando vueltas en la cama durante
horas, hasta que finalmente
se quedó dormida.
Entretanto, Tom estaba sentado en la barra de un bar,
tratando de convencerse
de que no era King Kong. Aunque detestaba la bebida, tomó
un vaso tras otro de
whiskey, maldiciendo su estatura y su fuerza, hasta que
el local se quedó vacío y el
camarero le dijo que iban a cerrar. Pagó lo que había
consumido y regresó al hotel,
preguntándose si Anna se habría dormido.
A la mañana siguiente, cuando la joven se despertó, tuvo
la sensación de que no
estaba sola en la cama. Se dio la vuelta con cuidado, y
comprobó que Tom estaba
tumbado junto a ella. Con un suspiro, se incorporó un
poco, apoyándose en el codo, y lo
observó mientras. Así, dormido, parecía más joven, y
menos fiero. Pobre hombre
atormentado, se dijo. La verdad era que no podía
culparlo. Sabía bien que el ego era el
punto más débil en los hombres, y aquel desafortunado
incidente del pasado debía
haber sido un golpe muy duro para el ego de Tom. Pero no
podían seguir así.
No le parecía demasiado bien aprovecharse de él mientras
dormía, pero el miedo
irracional de Tom a herirla hacía imposible cualquier
otro proceder. Se quitó el
camisón y se sonrió mientras miraba el apacible rostro de
Tom. Con suerte, tal vez
creería que estaba soñando.
Con mucho cuidado de no despertarlo, retiró la sábana, y
se quedó sin respiración
al ver que no llevaba puesto ni siquiera un pantalón de
pijama. Nunca había visto a un
hombre desnudo, pero no sintió en absoluto temor al verlo
como él había temido que
ocurriera. Era magnífico, como una escultura griega.
Se colocó sobre él, e inclinándose, comenzó a acariciarle
los pezones con las
puntas de los dedos. Se pusieron duros al instante, y
pudo escuchar cómo se le
aceleraba la respiración cuando comenzó a tirar de ellos
con los labios. Sus manos se
deslizaron por el ancho tórax, y fueron bajando hasta
alcanzar los costados, las
caderas... Al mismo tiempo, sus labios iban siguiendo la
misma trayectoria
descendente, besándolo, mordisqueándolo ligeramente.
Justo cuando llegó debajo del
ombligo, Tom gimió, y arqueó la espalda sensualmente.
Anna movió la cabeza de un lado
a otro para hacer rozar sus largos y dorados cabellos por
las caderas y los muslos de
su esposo, y él suspiró su nombre.
Alentada por esas muestras de agrado, Anna comenzó a
imprimir besos por toda
la cintura de Tom, mientras sus dedos descendían
lentamente hacia el estómago y
los poderosos muslos, pero de pronto, cuando más absorta
estaba en ello, sintió unas
manos en su cintura. Levantó la cabeza y vio que Tom
estaba despierto. La hizo rodar
sobre el colchón, colocándose él encima de ella, y sin
darle tiempo a decir nada, engulló
uno de sus senos en la boca, lamiendo repetidamente el
pezón con la lengua mientras
succionaba.
Anna se estremeció extasiada, sosteniéndole la cabeza
contra su pecho. Las
manos de Tom estaban ya por todo su cuerpo, y de repente
una se introdujo por entre
sus muslos, haciéndole abrir las piernas.
Tom la tocó del modo más íntimo que ella jamás habría
podido imaginar, y Anna
inspiró, sorprendida por la repentina ráfaga de placer
que le produjo el lento
movimiento de sus dedos. Y entre tanto, todo el tiempo,
su boca iba alternando entre
uno y otro seno, besándolos, lamiéndolos y
mordisqueándolos con devastadora
maestría.
Ella cerró los ojos, abandonándose a aquellas deliciosas
sensaciones. Su cuerpo
se retorcía debajo del de él, y de su garganta escapaban
suaves gemidos a medida que
la temperatura subía más y más.
La boca de Tom cubrió la suya cuando sus dedos
traspasaron la última frontera.
Sintió un ligero dolor y gimió, pero los labios de Tom la
tranquilizaron, imprimiendo
cálidos besos en su frente primero, y después en sus
párpados cerrados, mientras
seguía acariciándola en la parte más íntima de su ser.
Pronto el dolor quedó olvidado
ante las increíbles sensaciones que estaba despertando en
ella, y sus caderas
comenzaron a levantarse hacia los dedos culpables de
aquel maravilloso tormento.
Anna sintió el aliento de Tom sobre sus labios justo
antes de que susurrara su
nombre, abrió los ojos, y se encontró mirándose en los
suyos.
Sin apartar la mirada de ella, Tom se colocó lentamente
entre sus piernas.
—No... no dejes de mirarme —le dijo a Anna jadeante, al
ver que iba a bajar la
vista.
Ella tragó saliva al sentir segundos después a Tom del
modo más íntimo posible.
Se sintió algo nerviosa, pero no dejó de mirarlo a los
ojos.
—Allá vamos —murmuró él—. Clávame las uñas si eso te
ayuda.
Anna contuvo el aliento. Tom arqueó las caderas con
cuidado hacia las suyas, y
empujó suavemente. La joven, a pesar de que se había
prometido que no se mostraría
asustada en ningún momento, se tensó.
—Shhh —la tranquilizó Tom, mirándola con dulzura—. Puedes
hacerlo, Anna,
trata de relajarte, intenta que tu cuerpo absorba el mío.
Imagínate un pájaro
zambulléndose en el agua —le susurró mientras comenzaba a
moverse—. Absórbeme,
pequeña... tómame... dentro de ti.
Aquellas imágenes resultaban muy excitantes. Anna bajó la
vista al punto donde
sus cuerpos se estaban uniendo, y lo que vio la dejó sin
aliento.
—No, no mires ahí —le dijo él con suavidad, convencido de
que iba a entrarle
pánico—. Mírame a mí, Anna.
Ella volvió a subir la vista hacia el rostro de su
marido, pero en sus ojos no había
ningún temor. Arqueó la espalda, conteniendo el aliento,
y lo miró llena de deseo.
—Oh, Tom...
Y empujó las caderas, absorbiéndolo. Sintió un dolor
punzante, y gritó, pero
volvió a empujar hacia él con más fuerza, y entonces la
barrera en su interior cedió,
dando paso a un alivio exquisito.
Su respiración se tornó rápida y entrecortada, y se formó
la más hermosa de las
sonrisas en sus labios mientras miraba a Tom a los ojos.
—Aaah... sí... —jadeó, estremeciéndose al sentir el poder
de su masculinidad.
Tom dejó escapar un suspiro tembloroso, y comenzó a
marcar un ritmo suave y
sensual. Mientras sus caderas subían y bajaban, se
inclinó para besarla en los labios, y
las manos de Anna descendieron por su espalda hasta
alcanzar la parte baja, y
permanecieron allí, acariciándolo en círculos. El se
estremeció, y ella volvió a hacerlo.
—Para, Anna... —le rogó Tom—, vas a hacerme perder el
control...
—Pero yo quiero que lo pierdas... —gimió ella, esbozando
una sonrisa y
besándolo—. Déjate ir —susurró contra sus labios —déjate
ir, Tom. No pasará nada,
cariño, no vas a hacerme daño...
— ¡Anna...!
El nombre de la joven había abandonado los labios de Tom
en un gemido
atormentado, pero finalmente se dejó convencer, y de
pronto comenzó a sacudir sus
caderas con más fuerza. Perdió el miedo a hacerle daño, y
los últimos vestigios de
control sobre sí mismo se diluyeron en la tremenda
necesidad que sentía de satisfacer
el deseo que se había acumulado en su interior.
En medio de las oleadas de placer que la estaban inundando,
Anna observó como
el torso de Tom se arqueaba, tensándose completamente, y
como su rostro se
contraía en la que parecía la más terrible de las
agonías. Echó hacia atrás la cabeza y
gritó, convulsionándose con tanta violencia, que Anna
pensó que iba a perder la
conciencia.
Cuando se puso rígido y cayó con pesadez sobre ella, la
joven todavía estaba
temblando por el deseo insatisfecho. Vio que él empezaba
a levantar las caderas, como
para apartarse de ella, y, frenética, le hincó las uñas
en ellas para mantenerlo contra
sí.
— ¡Tom, no, por favor...! —sollozó.
— Casi has alcanzado el cielo pero no del todo, ¿verdad?
—le susurró Tom con
voz ronca—. Dame tus labios y agárrate, cariño. Voy a
satisfacerte por completo.
Anna alzó el rostro hacia él y este comenzó a besarla,
con dulzura primero, y
mayor insistencia después, introduciéndole la lengua en
la boca una y otra vez
mientras sus caderas subían y bajaban lentamente.
Fue cuestión de segundos. Los gemidos de placer de Anna
quedaban ahogados por
los labios de Tom. Estaba sintiendo un placer tal que lo
único que podía hacer era
aferrarse a su marido mientras aquella cadencia deliciosa
la transportó muy lejos,
para después quedarse en calma, como una playa después de
la tormenta.
Tom besó los ojos humedecidos de la joven, pero ella no
quería dejarlo ir aún.
—Abrázame, Tom, no te apartes de mí...
—Está bien —le susurró sonriendo exhausto.
Se tumbó de nuevo con cuidado sobre ella, apoyándose en
los antebrazos para no
depositar todo su peso. Había sido perfecto. Toda aquella
preocupación... ¡para nada!,
Se dijo sintiéndose como un tonto.
—Iba a apartarme porque pensaba que estarías incómoda —le
dijo suavemente.
—Te quiero, Tom —murmuró ella, rodeándole el cuello con
los brazos y
acariciándole la nuca—. Ha sido... me he sentido... como
en el cielo...
— Yo también —dijo él con un suspiro—. ¿Estás bien, no te
he hecho daño?
—No, no me has hecho ningún daño —le aseguró la joven,
mordisqueándole el
lóbulo de la oreja—. Y ahora, ¿dejarás de huir de mí?
—¿Acaso tengo otra elección? —bromeó Tom, levantando la
cabeza para mirarla,
esbozando una sonrisa traviesa—. Te has entregado a mí
sin ningún temor —le dijo,
casi maravillado.
La joven sonrió también, y se sonrojó profusamente,
apartando la vista.
—¿No te me irás a poner tímida ahora? —se rió Tom
suavemente, tomándola por
la barbilla y buscando sus ojos azules—. Porque hace un
rato no lo has sido—le dijo
besándola sensualmente.
—Tampoco tú —murmuró ella.
—Cierto, y no nos ha dado tiempo a tomar ninguna
precaución... —apuntó él con la
misma sonrisa lobuna.
—A lo mejor me he quedado embarazada —sonrió Anna.
Esa sonrisa y el modo en que lo había dicho hizo que el
corazón de Tom diera un
salto de alegría.
— Sí, a lo mejor... —asintió, mirándola con dulzura—.
Pero hay tiempo, eres muy
joven.
—No tan joven... —protestó ella, atrapando sus labios en
un beso seductor.
— Sí lo eres —insistió él, haciéndola rodar hacia un
lado, mientras le respondía
afanosamente.
—Mmm... No, no lo soy...
Y siguieron contradiciéndose entre beso y beso hasta
quedarse dormidos el uno
en brazos del otro.
Un delicioso olor a tostadas, café, huevos revueltos,
bacón y bollos despertó a
Anna. Abrió los ojos soñolienta y vio a Tom con un
albornoz y el cabello mojado.
—He pedido que nos subieran el desayuno —le dijo. Salió
un momento al saloncito
que daba acceso al dormitorio de la suite, y regresó con
un carrito cargado—. Espero
que tengas apetito.
—Mmm... estoy muerta de hambre —confesó ella,
incorporándose en la cama.
Tom se acercó y apartó las sábanas, admirándola con ojos
posesivos.
—Dios, eres preciosa —farfulló con voz ronca.
—Adulador —murmuró ella, sacándole la lengua.
Él se inclinó hacia ella y comenzó a besarla y
acariciarla. Anna gimió suavemente,
y agarró uno de los extremos del albornoz para tirar de él,
pero la mano de Tom la
detuvo.
—Primero vamos a desayunar —le dijo con ternura— .
Tenemos que recuperar
fuerzas.
Anna apoyó la mejilla en su pecho y suspiró.
—Fue tan maravilloso... —le dijo con una mirada de
ensoñación—, tan especial...
—¿Cómo podría haber sido sino... —respondió él con una
sonrisa—, cuando dos
personas se aman tanto como nos amamos nosotros?
El corazón de la joven se detuvo.
—Pero yo creía que tú no... —balbució.
—¿Y entonces por qué iba a casarme contigo, pequeña? —le
preguntó él
quedamente..
Anna sentía que se iba a desmayar.
—Yo creía que, al intentar alejarte de mí, estaba
evitándote lo que le hice pasar
a Louisa sin querer — le confesó Tom con amargura—, pero
ahora comprendo que ella
jamás debió amarme. Tú me has abierto los ojos.
La joven apenas podía respirar. Tom le acarició la
mejilla con una de sus grandes
manos.
—Fui un idiota, sacrificando tanto tiempo nuestra
felicidad por lo que pensaba
que sería lo mejor para los dos. Después de lo que me
ocurrió con Louisa estaba
aterrado ante la idea de hacerte tanto daño como le hice
a ella, pero cuando Randall
me dijo que ibas a casarte con él, me volví loco —le dijo
con la voz quebrada por la
emoción—. Eso para mí fue horrible, pero cuando te
atacaron y yo ni siquiera me
enteré hasta el día siguiente... Podías haber muerto, y
yo ni siquiera había estado allí,
contigo. Me sentí fatal cuando pensé que tu último
recuerdo de mí habría sido de
dolor, por haberte herido como lo había hecho con mi
actitud.
Los ojos de Anna estaban empezando a llenarse de
lágrimas. De pronto, por
primera vez, pudo ver en el rostro de Tom lo que sentía
por ella, notarlo en su voz...
—Tú... ¡me amas! —exclamó suavemente, como si aún no lo
creyera.
—Sí, Anna, te amo —murmuró él, mirándola a los ojos—. Te
amo, te adoro, estoy
loco por ti —tomó su rostro entre sus manos y la besó con
una ternura infinita—. Eres
el aire para mí. Sin ti no puedo vivir.
— Yo también te amo, Tom —le dijo ella—, te amaré
siempre.
Él volvió a inclinarse, mirándola con ojos brillantes
antes de posar sus labios en
los de ella con tal adoración, que Anna se derritió en
sus brazos, y el besó siguió y
siguió, interminable, sellando el amor que se habían
declarado.
Diana Palmer - Serie Hombres de Texas 8 – Evan.
HOLA!! BUENO ESTE ES EL FINAL ... POR FIN EL TOM SE HECHO A LA ANNA ... BUENO GRACIAS POR LEERLA ... AHORA VAMOS CON EL MALHUMORADO DE DONOVAN ... SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO Y OJALA COMENTEN YA QUE AUNQUE EMPIEZO NUEVA NOVELA SIEMPRE REVISO :)) ... BUENO HASTA LA PROXIMA ...
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULIZ: EVAN TREMAYNE
POR CIERTO ... ESTE ES EL ULTIMO DE LOS HERMANOS TREMAYNE ... ASI QUE YA NO ESPEREN AL CUARTO xD...
UNA PREGUNTA: USTEDES SI VEN LA FOTO QUE PONGO EN EL BLOGGER DE TOM? DIGANME PORQUE SI NO LA VEN YA NI PONGO FOTO ... AHORA SI ADIOS
UNA PREGUNTA: USTEDES SI VEN LA FOTO QUE PONGO EN EL BLOGGER DE TOM? DIGANME PORQUE SI NO LA VEN YA NI PONGO FOTO ... AHORA SI ADIOS
domingo, 12 de junio de 2016
7 y 8 - penultimos capitulos
Capitulo 7
Anna estaba segura de que Tom no podía haber dicho lo que
creía haber oído.
—¿Qué? —balbució atónita.
—He dicho que no vas a casarte con Randall —le dijo él en
un tono que no admitía
discusión. Bajó la vista a la bandeja que le habían
llevado a la joven con el almuerzo —.
No estás comiendo nada. ¿Es que quieres que vuelvan a
ponerte todos esos tubos para
alimentarte por vía intravenosa?
La habían subido a planta, y tenía su propia habitación,
llena de flores, de amigos
y conocidos.
—No tengo hambre —contestó ella, observándolo aún con los
ojos muy abiertos.
—Pues tienes que comer —insistió él—, ya has perdido
bastante peso.
— Ya soy una mujer, Tom, deja de tratarme como si fuera
una niña —le espetó
ella irritada.
Tom bajó la vista al pecho de Anna, bajo el camisón del
hospital, y le dirigió una
pequeña sonrisa.
—Sí, en ciertos sentidos te has convertido en toda una
mujer —le dijo en un tono
sugerente.
Anna se sonrojó, irguiéndose para apartarse de él, Tom se
inclinó hacia ella y
rozó sus labios con suyos..
—Tom, por favor, no...
Él observó que parecía nerviosa, e incluso algo asustada.
—Lo que sientes es normal, Anna. El deseo a veces
intimida un poco. A mí mismo
me aterra el modo en que te deseo.
Anna se estremeció, y cerró los ojos cuando él volvió a
besarla con lánguida
sensualidad. Sin poder evitarlo las manos de Anna
subieron hasta los hombros de
Tom, y empezó a masajearlos mientras él devoraba sus
labios.
—Oh, Tom, no deberíamos hacer esto... — gimió—, estoy
comprometida...
Pero él hizo el beso más profundo, haciendo que todo
pensamiento sobre Randall
y la honorabilidad se desvanecieran de su mente. Emitió
un suspiro ahogado de
placer, y con manos temblorosas lo tomó por la nuca y lo
atrajo más hacia sí mientras
él le introducía la lengua ardorosamente una y otra vez.
El modo en que se estremecía entre sus brazos y los
dulces sonidos que
escapaban de su garganta fueron lo único que lograron
devolver a Tom la cordura.
Estaba todavía muy débil, aquello podía suponer una
tensión emocional demasiado
fuerte para ella. Alzó la cabeza lentamente y buscó sus
ojos.
—Perdóname, Anna —le susurró—, pero lo necesitaba
tanto... Vamos, deja de
temblar, pequeña, o pensarán que estoy torturándote.
—¿Y acaso no es eso lo que estás haciendo? —le espetó
ella con la voz quebrada.
Los ojos de Tom se ensombrecieron y su mandíbula se puso
rígida.
—Supongo que es la impresión que te da, ¿no es verdad?
—le preguntó con voz
ronca—. Quiero mucho más que tus besos, Anna —murmuró.
Bajó la vista a sus senos, y
la tirantez de los pezones delató hasta qué punto la
excitaba.
La joven, azorada, había bajado también la vista y se
encontró con la prueba
innegable del deseo de él.
— Sí, Anna, te deseo —le dijo Tom, cuyos ojos habían
seguido la dirección que
habían tomado los de ella—. Y no puedo ocultarlo como ves.
Ella se mordió el labio inferior, demasiado aturdida como
para poder hablar.
—Tranquila, se pasará —le dijo él sonriendo con humor,
mientras empezaba a
cortarle la carne en salsa que le habían llevado.
Anna notó que el tono de su voz era muy calmado, y que no
parecía avergonzarle
en absoluto que ella lo hubiera visto en ese estado.
—¿No te importa que te vea así?
—No particularmente —fue la respuesta. Se rió al ver la
expresión estupefacta
en el rostro de la joven—. De hecho, me alegra que haya
ocurrido.
—¿Que te alegra? —repitió ella confusa.
—Verás, esto... no me ha pasado con otras mujeres
últimamente —respondió Tom
mirándola a los ojos—. De hecho, parece que tú eres la
única que consigue que suceda.
Anna tenía los ojos abiertos como platos. Tom asintió con
la cabeza.
—Sí, lo he intentado, pero no pasó nada. La última vez
fue en Denver, después de
aquel día que te besé en la galería. Me llevé a una mujer
muy atractiva a mi suite del
hotel con la intención de apartarte de mi mente, y apesar
de su belleza y su indudable
experiencia... Ni siquiera pude fingir interés.
—¿Quieres decir que...?
—La palabra es «impotente» —dijo él quedamente irónico,
—¿verdad? Solo con
mirarte me excitas de tal modo que ni siquiera puedo
sostener un tenedor.
Anna bajó la vista a su mano, y observó que, en efecto le
temblaban ligeramente
las manos mientras pinchaba un trozo de carne. La idea de
que hubiera estado con otra
mujer hizo que los celos la devoraran, por halagada que
se sintiera al saber que nadie
excepto ella podía despertar su deseo.
— Anda, abre la boca —le dijo Tom, levantando el tenedor.
—No tienes por qué hacer esto —protestó ella, pero aún
así obedeció y aceptó la
comida en su boca.
—Sí, ya lo creo que tengo que hacerlo —insistió él —.
Quiero hacerlo. Te he
herido cuando nunca fue esa mi intención. A partir de
ahora voy a cuidarte.
De modo que era eso, se dijo Anna apesadumbrada. Sentía
lástima por ella.
Lástima y deseo no parecían una buena combinación. Quería
llorar.
—Pero Randall... — comenzó.
Los ojos de él relampaguearon al mirarla.
—Por mí, Randall puede irse al infierno —le contestó con
aspereza—. Para
empezar, nunca debería haberte dejado ir con él —masculló
mientras pinchaba otro
trozo de carne y lo llevaba hasta la boca de la joven,
pacientemente, como si fuera un
bebé.
—Me duele toda la cara —farfulló Anna tocándose con
cuidado la mandíbula
cuando él hubo terminado de darle de comer.
—No me extraña. Ese canalla te la ha dejado llena de
moratones.
—Sí, podía haberse llevado las joyas y punto. No tenía
que haberme golpeado de
esa manera —murmuró ella estremeciéndose al recordarlo.
Tom la tomó de la mano y se la apretó suavemente.
Queriendo hacerle olvidar el
desagradable incidente, mencionó algo que había olvidado
decirle:
—Tu madre ha hablado por teléfono con tu padre esta
mañana. Volvió anoche y
escuchó el mensaje que le había dejado en el contestador.
Creo que viene camino de
aquí.
—¿Mi padre? —exclamó ella encantada—. ¡Dios, hace dos
años que no lo veo!
—Lo sé. Tu propia madre está muy nerviosa.
—Ah, ojalá hicieran las paces —murmuró Anna con un
suspiro—. Ninguno de los
dos ha vuelto a tener otra relación desde que se
separaron, pero sencillamente, mi
padre es incapaz de permanecer en un sitio.
—Bueno, algún día se cansará de ir siempre de aquí para
allá —le dijo Tom,
tratando de animarla —y entonces volverá a casa para
quedarse.
—¿Puedo preguntarte algo, Tom? —inquirió ella después de
unos minutos de
silencio.
Él asintió con la cabeza, pero Anna no sabía cómo abordar
el tema.
— Bueno, el caso es que... ¿sabes?, Últimamente estás muy
cambiado. No
pareces el Tom de antes.
—¿Y cómo era antes?
—Pues despreocupado, alegre, bromista... —le recordó
ella—. Has cambiado.
—Las circunstancias cambian a la gente —respondió él
encogiéndose de
hombros—. ¿Y la pregunta que querías hacerme? —le dijo él
mirándola impaciente
La joven lo miró incómoda.
—Pues yo... La verdad es que no creo que pueda hacértela.
Tom acercó la silla un poco más a la cama.
—No hay nada, absolutamente nada, que no puedas
preguntarme —le dijo
suavemente.
— Mi... mi madre me habló de una chica a la que hiciste
daño —balbució Anna.
Tom se puso rígido, y la joven contrajo el rostro al
darse cuenta.
—Lo... lo siento... no tienes por qué hablar de ello si
no...
Pero Tom suspiró y la miró a los ojos.
—De aquello hace bastante tiempo —murmuró—. ¿Qué quieres
saber
exactamente? ¿Cómo le hice daño?
La joven se puso roja como una amapola y bajó la mirada.
Él se rió con amargura.
—¿Qué crees, que disfruto siendo cruel en la cama?
—No, yo solo...
—¿Y si fuera así? —le espetó él, enfadado de que pudiera
siquiera pensar que él
sería capaz de hacerle daño a una mujer—, ¿y si resulta
que me gusta ser cruel?
—masculló inclinándose hacia ella.
Anna sacudió la cabeza con fuerza.
—No, no, yo sé que tú no eres así.
—¿Estás segura? —inquirió Tom, mirándola como un ave de
presa—. El otro día
en la galería te mordí... ¿recuerdas dónde?
El cuerpo de la joven se estremeció ante el recuerdo, las
puntas de sus senos se
endurecieron, delatándola.
—S... sí —musitó—, pero no... no me dolió.
—Porque no pretendía hacerte daño —le respondió él
quedamente, acariciándole
el cabello—. Nunca has dejado que nadie te tocara o
besara de ese modo, ¿verdad?
—adivinó—. Ni siquiera Randall...
—Es que me parecía algo tan íntimo —murmuró Anna, sin
poder despegar sus ojos
de los de él—. Una vez, intentó tocarme el pecho, pero me
resultó desagradable, y no
volví a permitírselo.
—Pero conmigo no te resulta desagradable —apuntó Tom.
Los ojos de Anna descendieron como hipnotizados hasta los
labios de él.
—Nada que venga de ti podría resultarme desagradable —le
dijo sin poder
mentir.
Tom, conmovido por aquella tierna declaración, acarició
la mejilla.
—Louisa, aquella chica, era muy frágil, y tan decente
como tú, íbamos a
comprometernos, y yo la deseaba con todas mis fuerzas. Un
día fuimos a su casa,
aprovechando que los demás habían salido, empezamos a
besarnos, nos fuimos
desvistiendo... pero cuando yo me habia quitado toda la
ropa y me di vuelta hacia ella, vi
que se había puesto lívida.
Anna alzó el rostro, sorprendida, y Tom se limitó a
asentir con seriedad.
—Era baja, y delgada, y no sabía nada de sexo excepto lo
que había leído en las
novelas rosas. Yo me moría por hacerla mía, y pensé que
solo estaba un poco nerviosa
porque era su primera vez, así que empecé a besarla y
acariciarla de nuevo,
dulcemente. Me pareció que estaba consiguiendo que se
relajara, y yo mismo comencé
a excitarme, tanto, que llegó un punto en que perdí el
control, y por mucho que ella me
gritaba y trataba de empujarme, no era capaz de quitarme
de encima de ella. No me di
cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que ella, no sé
cómo se zafo de mi abrazo y
se cayó de la cama, haciéndose bastante daño en las
costillas —Tom se puso de pie,
yendo hasta la ventana, y Anna observó que se le había
ido el color del rostro y que
tenía los músculos de la espalda increíblemente rígidos—.
Me dijo algunas cosas que...
—apartó el rostro para ocultar a la joven su expresión de
dolor—. El caso es que fue
mi primera experiencia con una virgen... y la última
también. Desde entonces las he
evitado como a la peste.
—Lo siento mucho —murmuró ella—. Si estabas enamorado de
ella como para
haber estado a punto de casaros, debió ser un golpe
durísimo para ti —le dijo
quedamente, empezando a comprender por primera vez el que
la hubiese rechazado
una y otra vez.
—Lo fue —asintió él, girándose para mirarla—. Al poco
tiempo se marchó de
Jacobsville, y lo último que supe de ella era que se
había casado con un agente de
seguros y que habían tenido dos niños —añadió riéndose
amargamente—. Supongo que
el tipo tuvo el buen sentido de emborracharla y apagar
las luces antes de meterse con
ella en la cama.
—¿Cuándo ella y tú... dejaste la luz encendida...? —Balbució
la joven.
Tom se rió.
—Bueno, ¿no pensarás que la gente solo hace el amor por
la noche y con la luz
apagada? —le espetó. —Recuérdame que te regale una guía
de sexología por Navidad.
— ¡Tom! —exclamó ella azorada. Él volvió a echarse a reír
divertido.
—Está bien, está bien, respetaré tus inhibiciones dijo
con una sonrisa burlona—.
Aunque el otro día en la galería no parecías tener
muchas...
El corazón de Anna se estaba desbocando por minutos.
—No deberías hablarme de ese modo.
—¿Por qué no? Oh, porque estás comprometida con tu
adorado médico —dijo él
con sarcasmo.
—No, porque no es... decente —replicó ella incómoda.
Tom meneó la cabeza y chasqueó la lengua.
—Nena, eres un caso —murmuró—. Una chica de esta época,
tan reprimida...
—No te burles de mí —protestó ella—, no creo que sea un
pecado que siga virgen
porque no me haya acostado con chicos por los que no
sentía nada.
Él enarcó las cejas.
—¿Acaso he dicho yo que lo fuera?
—Acabas de decir que soy una reprimida —le contestó ella
al instante.
Una sonrisa traviesa se dibujó en las comisuras de los
labios de Tom.
—Bueno, estás reprimida... pero eres apasionada. Solo
necesitas que alguien te
guíe un poco.
—Pues ya tengo a Randall para que lo haga —musitó ella,
tragando saliva.
— ¡Oh, por favor! —exclamó él contrayendo el rostro—. Eso
será cuando las
ranas críen pelo. Además, ya te lo he dicho: considera
roto tu compromiso con Randall.
No va a casarse contigo.
— ¡Pero si tú tampoco me quieres para ti!
—Yo te deseo, Anna, y lo sabes.
— ¡Pero no puede construirse una relación solo sobre la
base del deseo! —le
espetó la joven, llena de frustración.
—Estoy de acuerdo —asintió él muy calmado, mirándola de
un modo posesivo—,
pero sí puede construirse sobre la base del amor.
—Yo... yo... ¡amo a Randall!
Tom se limitó a sonreír.
—No, no lo amas —repuso suavemente—. Me amas a mí.
—¿Y de qué me sirve? Tú no quieres mi amor — contestó ella,
sin molestarse
siquiera en negar que lo amaba. ¿Para qué?, Era demasiado
evidente. Se recostó contra
los almohadones que le habían colocado en el cabecero y
cerró los ojos—. Déjame sola
un rato, Tom, estoy cansada.
Él suspiró, pero se acercó a ella y la besó en la
mejilla.
—De acuerdo. Iré a buscar a tu madre para que se quede
contigo mientras
duermes —le dijo—, pero cuando hayas salido de aquí,
vamos a empezar a pasar más
tiempo juntos.
Ella abrió los ojos confundida.
—¿Para qué? No tienes por qué hacerlo.
—Quiero hacerlo, Anna —murmuró él, volviendo a besarla,
esta vez en la frente.
Lo hizo con tanta ternura, que a ella casi se le saltaron
las lágrimas.
—Pero, Tom, tú no me quieres a tu lado —gimoteó—, no has
hecho más que
pasearte por ahí con Nina para alejarme de ti.
Tom contrajo el rostro, asqueado de su propio
comportamiento.
—Todos cometemos errores, Anna.
—Pero es que...
—Shhh... duérmete, anda.
Cuando Anna se despertó, vio a un hombre mayor, de
cabello rubio entrecano y
ojos azules sentado en la silla que había ocupado Tom,
observándola con expresión
preocupada.
— ¡Papá! —exclamó incorporándose y extendiendo los brazos
hacia él.
El hombre fue a ellos riéndose y apretándola amorosamente
contra sí.
— ¡Y yo que estaba preocupado por el recibimiento que
tendría...! —murmuró.
—¿Estabas preocupado? —le dijo ella sorprendida—. No
debías estarlo. Eres mi
padre, y te quiero.
—Siento no haber podido venir antes —farfulló él con
amargura—. Estaba fuera
del país y no lo supe hasta anoche. ¿Cómo estás, tesoro?
—le dijo acariciándole el
rostro—. Me han dicho que sufriste un golpe muy fuerte en
la cabeza.
—Sí, pero estoy mucho mejor. Solo me quedan algunas
magulladuras... y el susto,
pero estoy bien.
—No gracias a ese prometido tuyo —masculló su padre
irritado—. ¿Cómo has
podido dejar que Randall Wayne te convenciera para
casarte con él? ¡Creía que
estabas loca por Tom Kaulitz!
—Y lo está —respondió la profunda voz de Tom desde la
puerta abierta. Ella se
sonrojó, pero él sonrió. Llevaba un vasito de plástico
con café que tendió al padre de
Anna—. ¿Sigue tomándolo solo, señor Cochran?
Duke Cochran se rió entre dientes y se levantó para tomar
el vaso y estrechar la
mano del ranchero.
—Sí, qué buena memoria. ¿Cómo estás, Tom?
—Cansado —dijo él, lanzando una mirada a Anna. Seguía un
poco pálida, pero
parecía que estaba algo mejor—, como todos. Ha sido una
semana muy larga.
—Lo imagino. Siento no haber podido estar aquí.
—Bueno, usted estaba fuera, no podía saberlo.
—Sí, pero debería haber estado —farfulló el señor
Cochran, enfadado consigo
mismo, pasándose una mano por el cabello—. Nunca estoy
cuando se me necesita. Polly
tiene razón, soy un egoísta, ¿no es cierto, cariño?
—inquirió con tristeza, volviéndose
hacia Anna.
—No, no es verdad —repuso ella—. Es solo que eres un
hombre inquieto. Mamá y
yo lo comprendemos. Hay hombres para los que es muy
difícil renunciar a su libertad.
—Sí, pero a veces la libertad se paga muy cara — contestó
su padre quedamente.
En ese momento apareció la madre de Anna, y se quedó en
la puerta
boquiabierta, llevándose la mano al pecho.
—¡Duke! —murmuró con un hilo de voz.
El señor Cochran se volvió hacia ella sonriendo inseguro.
—Hola Polly. Siento no haber podido venir antes.
—¡Oh, Duke!, Estás aquí de verdad...
—Pues claro que estoy aquí de verdad —se rió él
suavemente—. Ven aquí y deja
que te dé un beso, mujer no soy un fantasma.
Polly se sonrojó, pero fue a su lado, alzando el rostro
para recibir un beso que, a
pesar de ser breve, resultó tan lleno de sentimiento, que
Tom y Anna se sintieron
como intrusos.
—Me alegro de volver a estar con vosotras —le dijo el
señor Cochran a su
esposa—. Cada día estás más hermosa.
—Igual de zalamero que siempre —se rió la señora Cochran.
—¿Verdad que papá tiene un aspecto estupendo, mamá? —le
preguntó Anna.
—Sí, parece que los años no pasaran por él — murmuró
Polly—. ¿Cómo te
encuentras, cielo?
— Mucho mejor —le aseguró Anna—. ¿Cuándo podremos volver
a casa?
—El médico ha dicho que mañana te darán el alta— le dijo
su madre con una
sonrisa—, pero debes tomártelo con calma. Además, quieren
que vayas a unas sesiones
con un psicólogo.
— Ya hablaremos de eso cuando esté en casa — contestó su
hija—. Además, no
me siento traumatizada, ni nada de eso.
—Eso es porque tu subconsciente no permite que lo
exteriorices —le dijo la
señora Cochran—, pero has estado teniendo pesadillas, y
bastante terribles a juzgar
por cómo dabas vueltas de un lado a otro en la cama.
—Tu madre tiene razón, Anna —dijo su padre —No te harán
daño unas cuantas
sesiones.
Ella contrajo el rostro.
—Si me hubiera quedado en el coche como Randall me
dijo... —suspiró—. Y
hablando de Randall, ¿dónde está? Hace un par de días que
no viene por aquí.
—Oh, sí, lo había olvidado —dijo la señora Cochran—. Me
dijo que ayer empezaba
los exámenes y que no podría pasar a verte, pero me dijo
que se le dijera si
necesitabas algo.
—Qué novio tan devoto —se burló Tom, entornando los ojos.
—Deja de meterte con él, Tom. Esos exámenes son muy
importantes para él — lo
defendió Anna.
—Sí, más importantes que tú, eso es obvio —le respondió
él.
Anna lo miró enfadada.
—Mi vida personal no es asunto tuyo.
— Sí que lo es cuando haces estupideces como
comprometerte con un idiota.
— Vamos, vamos... —trató de aplacarlos Polly,
interponiéndose entre ellos—.
Anna necesita descansar, y tú también, Tom. Deberías ir a
casa, darte una ducha,
comer algo y echarte un poco.
Tom no quería irse, pero lo cierto era que el cansancio
estaba empezando a
hacer efecto en él, así que no replicó cuando Duke lo
tomó del brazo y lo acompañó
fuera de la habitación.
Cuando se hubieron marchado, Polly Cochran dirigió una
sonrisa a su hija.
—Parece que no le cae muy bien Randall, ¿eh? — murmuró—.
El día que llegó me
dijo algunas cosas sobre él que... en fin, no me atrevo a
repetírtelas.
—No tiene derecho a criticar a Randall —dijo resoplando—.
Nuestra relación no
es asunto suyo.
—Nunca hubiera imaginado que Tom pudiera ser tan posesivo
—comentó su
madre con un brillo divertido en los ojos—. ¿Sabes que en
estos días no se ha apartado
de ti excepto para descansar unas horas?
Aquello le llegó a Anna al corazón, y lo cierto era que
por mucho que quisiera
defender a Randall, le parecía increíble que no hubiera
ido a verla en aquellos días, y
que los días anteriores apenas sí se hubiera quedado
media hora. Estaba segura de que
se preocupaba por ella, pero por alguna razón parecía
dispuesto a mantenerse alejado.
¿Por qué sería?
—¿Crees que Tom estará haciendo esto para ponerme en
contra de Randall? —le
preguntó a su madre —. ¿O será que si no puede tenerme él
no quiere que me tenga
nadie? —dejó escapar un profundo suspiro—. O quizá,
después de todo, le doy pena, y
una vez que me haya repuesto saldrá de mi vida. Sí, estoy
segura de que se trata de
eso. Espera y verás.
—Deja que el futuro se preocupe de sí mismo, cariño.
Ahora concéntrate
simplemente en ponerte bien.
Capitulo 8
Unos minutos después, a pesar de que había dicho que no
podría ir, apareció
Randall por la puerta de la habitación.
—Al final he sacado tiempo para venir a verte. Espero que
te repongas muy
pronto —le dijo sentándose a su lado, con expresión
arrepentida—. Me siento fatal por
lo que ocurrió.
—Lo sé pero no fue culpa tuya. No debí salir del coche
—respondió ella
suavemente—. ¿Cómo te han ido los exámenes que has tenido
ya?
Él se encogió de hombros.
—Espero que no demasiado mal —respondió— No he podido
concentrarme.
Estaba preocupado por ti
—No te preocupes, me estoy recuperando, y dentro de unos
días solo habrá
quedado en un susto.
Él asintió con la cabeza y se reclinó en el asiento.
—Tu madre me ha dicho que Tom está muy pendiente de ti
—le dijo de pronto,
observando el rostro de Anna con atención para ver su
reacción.
Tal y como esperaba, ella se sonrojó y apartó la mirada.
—Sí —musitó.
—No tienes por qué avergonzarte. Siempre he sabida lo que
sentías por él. Lo
nuestro nunca funcionará nunca. No puedes casarte conmigo
cuando estás enamorada
de otro.
—Supongo que no —admitió ella.
—Antes de que todo este embrollo ocurriera éramos amigos
—le dijo Randall—, y
a mí me gustabas como eras: impulsiva, risueña,
burbujeante... No me gusta la mujer
apagada y amargada en que te he convertido.
—Pero, Randall, tú no... —trató de protestar ella.
Pero el joven levantó una mano para rogarle que lo dejara
terminar.
—Bueno, la actitud de Tom también te empujó a ello, pero
nuestro compromiso
no ha hecho sino empeorar las cosas. Quiero que volvamos
a ser simplemente amigos
—le dijo mirándola a los ojos—. Además no creo que esté
preparado para el
matrimonio, si estuviera enamorado de ti no habría
seguido saliendo otras mujeres, y
si tú estuvieras enamorada de mí, no me lo habrías
aguantado, te habrías puesto
furiosa.
Anna no podía negar nada de aquello. Flexionó las piernas
y entrelazó las manos
sobre las rodillas.
— Es verdad.
— Y para rematar, hace un rato me he encontrado en el
pasillo con Tom, y me ha
dicho que no va a permitir que me case contigo —añadió
Randall con una sonrisa
divertida.
Anna lo miró boquiabierta.
—¿Cómo se atreve? ¡No tiene derecho a...!
—Me temo que él cree que sí lo tiene —repuso el joven—,
pero puedes probar a
discutirlo con él.
—Es ridículo. Lo único que siente por mí es lástima
—contestó ella, resoplando y
bajando la vista a sus delicadas manos—. En cuanto salga
del hospital se pasará las
noches ideando formas de desalentarme igual que antes.
Randall no creía que eso fuera a suceder, pero dijo nada.
Tom había ido a casa a cambiarse de ropa, furioso por su
encuentro con Randall
en el pasillo del hospital justo cuando él salía. Le
había advertido que no iba a permitir
que se quedase con Anna sin pelear por ella, pero temía
que fuese demasiado tarde.
Sabía que la joven lo amaba a él, y no al estudiante de
medicina, pero la había tratado
con tanta crueldad que estaba seguro de que sería capaz
de casarse con Randall solo
para despecharlo. Tenía que evitarlo, se dijo mientras se
ponía una camisa limpia
después de ducharse, ¿pero cómo?
Por supuesto existía la posibilidad de que él le
propusiera matrimonio y... los
dedos de Tom se quedaron inmóviles sobre un botón de la
camisa al darse cuenta de lo
que acababa de pensar. El matrimonio nunca había sido una
de sus prioridades, pero lo
cierto era que estaba loco por Anna, y que la deseaba.
Podrían incluso tener niños: a él
siempre le habían encantado los niños. Cerró los ojos con
fuerza, intentando reprimir
aquella idea, pero su mente empezó a conjurar imágenes de
Anna y él desayunando
juntos, llevando a sus hijos al colegio, arreglando su
propio hogar... haciendo el amor...
El corazón empezó a latirle apresuradamente. La verdad
era que el matrimonio quizá
no fuera algo tan terrible después de todo, se dijo
abriendo los ojos de nuevo y
mirándose al espejo fijamente.
El único obstáculo era el miedo que sentía a hacerle daño
a Anna la primera vez,
pero tal vez si ella lo amaba y confiaba en él....Siempre
y cuando aceptara casarse con
él antes, claro, se dijo frunciendo los labios. Sentía
deseos de abofetearse por
haberse comportado como se había comportado. Había
destrozado el orgullo de la
joven, y no estaba seguro de que ella fuera a darle una
segunda oportunidad.
Casi había anochecido cuando Tom regresó al hospital y
para sorpresa de Anna,
se presentó con un enorme osos de peluche blanco bajo el
brazo. Tan vergonzoso como
siempre cuando se trataba de esas cosas, se lo tiró como
si no quisiera dar
importancia al detalle.
—Ten, pensé que te alegraría.
—¡Oh, Tom es adorable! —exclamó Anna acariciándolo. Había
esperado que él
siguiera con ganas de pelea, pero parecía que quería
hacer las paces—. Gracias.
Él se encogió de hombros, y se sentó en la silla junto a
la cama, mirándola con los
ojos entornados.
—Bueno, ¿y qué quería Randall? —inquirió sin andarse por
las ramas.
—Pues ver cómo estaba, por supuesto.
—Ya, pero, ¿has roto el compromiso o no? — insistió él.
—No —contestó ella bruscamente.
Y en el fondo era la verdad: había sido él quien lo había
roto y no ella. Sin
embargo, su orgullo le impedía decírselo a Tom. Él acercó
la silla a la cama y se inclinó
hacia ella, fijando la mirada en los labios de la joven.
—¿Cómo has dicho?
La proximidad de Tom y el olor a colonia y aftershave la
hizo sentirse mareada.
Ansiaba volver a sentir sus labios sobre los de ella,
pero se había hecho la firme
promesa de no dejarse llevar otra vez.
—Ya te dije que mi compromiso no es asunto tuyo —le
espetó obstinadamente.
Apretó el oso contra ella como una barrera, pero él lo
apartó, arrojándolo a los pies
de la cama.
—Suponte que hago que lo sea... —murmuró, sosteniéndole
la mirada—. Supón que
te diga que soy endiabladamente celoso, y que no quiero
que otro hombre te toque.
El corazón de Anna se había desbocado, pero no iba a
dejarse engatusar por su
voz sensual y sus ojos negros.
—Lo que ocurre es que sientes lástima por mí —le
respondió ella—. No tienes que
abrirme los brazos y jurarme amor eterno solo porque me
haya asaltado un vagabundo,
Tom.
Él enrojeció irritado.
—No se trata de lástima.
—¿Entonces de qué? —inquirió ella con amargura—. ¿Acaso
has sentido alguna
vez algo por mí?
Tom se puso de pie de repente. En ese momento, más que
nunca, se dio cuenta
de hasta que punto había estado reprimiendo sus
verdaderos sentimientos, porque la
pregunta de Anna le dolió como si le hubiera clavado un
puñal. ¿Cómo iba a convencerla
de que se había dado cuenta de que estaba equivocado
cuando ella parecía haber
decidido que no iba a volver a creer nada de lo que le
dijese?
—¿No respondes? —masculló ella—. Tal vez sea porque tengo
razón, ¿no es así?
Tom una vez más volvió a sorprenderse con la actitud de Anna.
Nunca antes se
había mostrado tan directa.
—¿Qué es lo que te ha pasado? —le preguntó.
—No me ha pasado ni más ni menos que finalmente he
abierto los ojos —le
respondió ella—. He crecido, ya no te idolatro como si
fueras mi héroe.
—¿Es eso todo lo que era para ti?, ¿Cómo esos guaperas de
cine que encandilan a
las adolescentes?
—Solo tengo diecinueve años —le recordó ella—. Soy
demasiado joven para
enamorarme, y más aún para el matrimonio. ¿No era eso lo
que tú pensabas?
Las facciones de Tom se pusieron tensas.
— No te he rechazado hasta ahora solo por tu edad.
—¿Y entonces por qué más?
—Por lo que me ocurrió con Louisa —le contestó
quedamente.
Anna recordó lo que le había contado del desafortunado
incidente con aquella
chica, y su expresión se suavizó un poco. No era difícil
imaginar las cicatrices que
debía haberle dejado aquella experiencia.
— Si de verdad te hubiera amado, no te habría tenido
miedo —le dijo bajando la
vista a las sábanas.
—¿Eso crees?
La voz de Tom había sonado burlona, cínica, pero la joven
alzó los ojos hacia él,
vio las marcas del cansancio de aquellos últimos días en
su rostro y se sintió
conmovida.
—Sí, lo creo, y hubo un tiempo, no muy lejano, en que te
lo habría demostrado yo
misma de buen grado.
Tom, sin embargo, soltó una risotada amarga.
—Eso es lo que dices, pero no tienes ni idea. Si no, no
reaccionarías como
reaccionas ante mis besos y mis caricias.
—No había sabido lo que era el deseo hasta aquel día, en
la galería —le confesó
Anna.
Tom esbozó una pequeña sonrisa.
—Yo me he pasado una infinidad de noches en vela desde
entonces —dijo de
pronto él con voz ronca, sorprendiéndola—, recordando la
deliciosa sensación de tus
manos en mi pecho.
A ella le había sucedido lo mismo, y habría podido ser un
recuerdo perfecto, si
no fuera porque en ese preciso instante los insultos de
cierta modelo acudieron a su
mente.
—¿Mis manos, o las de Nina? —le espetó con aspereza.
Tom se acercó a la cama y se inclinó sobre ella apoyando
una mano sobre los
almohadones, junto a la cabeza de la joven.
—No me acuesto con Nina, si es eso lo que estás
sugiriendo —le dijo entre
dientes.
—¿Y no lo has hecho nunca? —inquirió ella con cinismo.
Los ojos de Tom bajaron hasta los labios de Anna.
—No pienso hablar de mis pasadas conquistas contigo —le
dijo—. Lo que ocurrió
hace años no tiene nada que ver con lo que pueda suceder
en el presente, o vaya a
suceder en el futuro.
—Solo que Nina no pertenece al pasado —le recalcó ella,
esforzándose por
ocultar el nerviosismo que le producía tenerlo a solo
unos centímetros—, o al menos
eso es lo que me has dado a entender a mí, y a todo
Jacobsville, de paso.
—Sé que he estado huyendo de ti mucho tiempo —admitió Tom—,
pero de un
tiempo a esta parte, cada vez que te miro, me siento tan
excitado que ni siquiera
puedo pensar. De hecho, el que me haya estado
reprimiendo, el que me haya mantenido
alejado de ti, es lo único que te ha salvado de mi deseo
hasta ahora.
Anna enarcó una ceja.
—Pues ahora mismo no te estás manteniendo precisamente
alejado de mí.
—Estás convaleciente —le respondió él incorporándose y
sentándose con cuidado
a su lado sobre el colchón—. No forzaría a una mujer en
tu estado.
—Oh, comprendo —contestó ella, irónica.
—¡No, no comprendes nada en absoluto! —le espetó el
apasionadamente. Al ver
que la había sobresaltado, le acarició los labios con la
mano libre—. Ojalá supieras más
de los hombres —añadió con un suspiro—. Y con eso no
quiero decir que me moleste
que seas virgen, pero haría las cosas más fáciles.
—¿Crees que me asustaré como aquella chica? —le preguntó
Anna frunciendo las
cejas—. Tom, no voy a negar que las mujeres siempre
tenemos miedo a la primera vez,
pero me parece que lo estás llevando a límites
desproporcionados solo por aquella
experiencia que tuviste.
—¿Eso piensas? —le espetó él—. No sabes lo que fue para
mí aquella noche, las
cosas que me dijo...
La angustia de él entristeció a Anna. Tomó una de sus
grandes manos entre las
suyas y la colocó sobre uno sus senos, conteniendo el
aliento al sentir su cálido
contacto. Tom, a quien había pillado con la guardia baja,
dio un respingo, pero Anna no
le soltó la mano.
—¿Qué... qué estás haciendo? —inquirió Tom con voz ronca.
—Mostrarte lo asustada que estoy —le susurró Anna con una
sonrisa, apretando
la palma del ranchero contra su pecho para hacerle sentir
los fuertes latidos de su
corazón—. ¿Acaso me tiemblan las manos, Tom, o notas que
me disguste tu contacto?
Él entreabrió los labios, en un esfuerzo por recuperar el
aliento. Bajó la vista a
su mano, y comenzó a moverla, muy suavemente, acariciando
el pecho de Anna a través
de la tela del camisón. El pezón se endureció al
instante, y ella contuvo el aliento.
Tom sintió que todo su cuerpo se tensaba, y que su
respiración empezaba a
volverse trabajosa. Rozó los labios de Anna con los
suyos, y la joven le respondió al
momento mientras él cerraba la palma de su mano en torno
a la perfecta
circunferencia de su seno. Tom la tomó por la nuca con la
mano libre para acercarla
más hacia sí, e hizo el beso más profundo.
Sin embargo, al cabo de unos segundos, interrumpió el
encendido beso y se puso
de pie, visiblemente tembloroso por el deseo que con
tanto ahínco se esforzaba en
reprimir.
Anna se quedó mirándolo extasiada, y su ojos descendieron
sin pudor a esa parte
de su anatomía que delataba su interés por ella.
—¿Ves lo aterrorizada que me tienes? —susurró, mirándolo
sensualmente, se
estiró el frontal del camisón con las manos para que
pudiera ver las erectas puntas de
sus senos.
Tom tuvo que tragar saliva antes de poder hablar. Las
facciones se le habían
puesto rígidas mientras la miraba.
—Tú no lo entiendes, Anna, el acto sexual es mucho más
que eso. No sabes...
Anna subió los brazos, dejándolos caer a ambos lados de
su cabeza con un
suspiro.
—Tienes razón, y supongo que nunca lo sabré ya que tú
tienes miedo de llegar
hasta el final.
Tom la miró irritado.
—No me provoques. Este no es el momento ni el lugar.
—Pues entonces olvídate de mí —le dijo Anna— Randall
quiere casarse conmigo y
está deseando que llegue nuestra noche de bodas —mintió.
Tom alzó el rostro furioso, y Anna pudo ver que los ojos
le relampagueaban, pero
le sostuvo la mirada.
—¿Qué? —le espetó la joven desafiante—. Pensaba que
querías librarte de mí.
¿Qué te importa que me case con Randall?
—Randall es un inmaduro —masculló Tom apretó la
mandíbula—. Jamás serás
feliz a su lado, cada vez que te des la vuelta te
engañará con otra, y tú no lo amas, me
amas a mí.
—¿No eres un poco pretencioso al asumir eso? — preguntó
ella irritada.
—Puede ser, pero es la verdad —contestó él—, y no voy a
permitir que te cases
con Randall cuando es a mí a quien amas.
—¡Pero si tú no quieres ataduras! —replicó ella—,
casarte, ni tener hijos.
—¿Cómo sabes que no es eso lo que quiero?
—¡Porque me lo has dicho tú millones de veces, cada vez
que te pedía que me
invitases a salir! —le dijo ella, exasperada—. Nina es
más de tu estilo: atractiva,
sofisticada, divertida, sin exigencias ni
preocupaciones... y nunca tendrás que
preocuparte por romperle el corazón.
—Estás muy equivocada con respecto a Nina y a mí. No me
interesa en absoluto,
lo único que quiere es acostarse conmigo.
— Vaya, qué raro, eso sí que no me lo esperaba — contestó
ella con una carcajada
irónica.
— Bueno, tú debes saber los motivos que tenga, porque tú
también quieres
hacerlo —contestó él, sonriendo de un modo burlón. Anna
se sonrojó y lo miró
enfadada, pero era algo que no podía negar. Tom dejó
escapar un suspiro y esbozó una
media sonrisa—. Escucha, Anna, es cierto que no eres una
chica frágil y, que si me
esfuerzo, lograré superar aquel incidente que me dejó
marcado, porque te deseo, Dios,
te deseo tanto...
El corazón de Anna dio un vuelco. Parecía que hablaba en
serio.
—Pero, ¿y Nina?
—¿Qué pasa con ella? —respondió él, como si estuvieran
hablando de una
extraña—. Lo mío con ella se acabó hace tiempo, igual que
va a terminar lo tuyo con
Randall —le dijo en un tono exigente—, porque no vas a
casarte con él.
—¿Con qué derecho te crees para organizar mi vida?
—¿Es eso lo que crees que estoy haciendo? —Murmuró él—.
Anna, si puedes,
mírame a los ojos y dime que no me amas.
Ella alzó la vista y lo intentó, pero las palabras se
negaban a abandonar su
garganta, y bajó la vista de nuevo, derrotada.
Tom sonrió y se inclinó para besarla en la frente.
—Vendré por la mañana para llevarte a casa. Tu madre
tiene una cita de negocios
y no podrá hacerlo ella —le dijo, poniéndose el sombrero.
Justo cuando se dirigía hacia la puerta para marcharse,
ella lo llamó:
—Tom...
—¿Qué? —contestó él, volviéndose. Los ojos azules de Anna
estaban mirándolo
llenos de ansiedad.
—Por favor, no juegues conmigo —musitó—, no digas cosas
que no sientes solo
porque te doy lástima.
—No te culpo por esa falta de confianza, pequeña —le dijo
él—, pero te doy mi
palabra de que esto no es ningún juego, y que no me
mueven la lástima, ni la
culpabilidad. ¿De acuerdo?
Anna dejó escapar un suspiro, aún no muy convencida.
—De acuerdo.
—Buena chica —murmuró él, esbozando otra sonrisa y guiñándole
un ojo—. Hasta
mañana.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS PENULTIMOS CAPITULOS ... 3 O MAS Y AGREGO EL FINAL Y LA NUEVA NOVELA ... BUENO HASTA LUEGO Y BUENAS NOCHES :))
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