lunes, 6 de junio de 2016

1 y 2

Capitulo 1
A Tom Kaulitz no le molestaba especialmente tener que haber ido a cenar
aquella noche a casa de la señora Cochran, ni la conversación de negocios que tuvo
lugar a continuación. Lo que le molestaba, era tener a la hija Anna, sentada frente a él
observándolo con adoración
Anna Cochran a sus diecinueve años, era una joven verdaderamente escultural:
rubia, ojos azules, marcadas curvas y piernas larguísimas y bronceadas. Sin embargo,
Tom era incapaz de obviar el hecho de que apenas había dejado atrás la adolescencia,
y se empeñaba en ignorarla, consiguiendo solo que Anna se volviera aún más tenaz en
sus intentos de lograr que se fijara en ella.
Tom era muy consciente de la considerable diferencia de edad entre los dos, ya
que él contaba con treinta y cuatro años, y tenía demasiadas preocupaciones como para
prestar atención a lo que para él eran sólo flirteos descarados de una chiquilla. Era el
mayor de cuatro hermanos, y el único que permanecía aún soltero, con lo cual, la
mayor parte de la responsabilidad del rancho familiar y el cuidado de su madre recaían
sobre él. Su vida era un cúmulo de problemas con el ganado, los peones, y las finanzas
del rancho, y Anna era la gota que colmaba el vaso.
Sobre todo, se dijo, ataviada con aquel vestido azul, sin manga, y con un escote,
que mostraba demasiado de su dorada piel y sus generosos seños.
¿Acaso a su madre no le importaba que fuera de esa guisa? Tom se preguntó si
Polly Cochran se habría dado cuenta de lo rápido que estaba creciendo su hija.
Lo cierto era que nadie parecía tener tiempo para Anna. Podría decirse incluso
que había sido Lori, el ama de llaves de los Cochran, quien había criado a Anna. Sus
padres se habían separado hacía años, y él, que era piloto comercial, se había
trasladado a Atlanta Georgia, mientras que Polly siempre estaba ocupada con su
negocio de venta inmobiliaria.
En ese momento sonó el teléfono, y Polly se excusó para ir a contestarlo,
dejando a un incómodo Tom a solas con Anna.
—¿Puedo saber por qué llevas tanto rato mirándome con esa cara de furia?
—inquirió Anna frunciendo el entrecejo. Se había hecho un recogido, y le daba un
aire muy maduro y sofisticado a pesar de su edad.
—Porque ese vestido es demasiado atrevido, por eso— le contestó Tom con
aspereza. No solía ser así con los demás, pero la atracción de Anna hacia él lo irritaba,
y sin percatarse la trataba con cierta brusquedad—. Tu madre no debería comprarte
cosas así.
—No me lo ha comprado—respondió Anna con una sonrisa traviesa—, es suyo. Se
lo he tomado prestado, pero estoy segura de que ni siquiera se ha dado cuenta de que
lo llevo puesto. Ya sabes lo poco que se fija en nada. Solo piensa en los negocios.
—En cualquier caso, ese vestido es demasiado adulto para ti— insistió Tom en un
tono condescendiente—. Deberías llevar cosas más....apropiadas para tu edad.
Anna suspiró hastiada y lo miró pensativa antes de bajar los ojos hacia la mesa.
—¿De verdad te parezco joven, Tom?
—Te llevo quince años, pequeña— le dijo él con cierto humor, como si fuera algo
evidente—. Sí claro que me pareces joven.
Los ojos azules de Anna no se despegaron de sus manos entrelazadas.
—Mamá va a dar una fiesta el viernes por la noche, para celebrar la apertura de
ese centro comercial— le dijo de repente—. Ya sabes, ese que han construido sobre
los terrenos que ella les vendió— añadió— ¿Vas a ir?
—Harden y Miranda puede que asistan— murmuró él desinteresado—. Yo soy un
hombre ocupado.
La joven buscó sus ojos negros sin darse por vencida.
—Al menos podrías bailar un baile conmigo. No te mataría ¿sabes?
Tom se limpió los labios con la servilleta y la colocó junto al plato, poniéndose de
pie. Era un hombre altísimo, un verdadero gigante, de brazos y piernas musculosos,
ancho tórax y estrechas caderas.
—Me tengo que ir ya.
Anna se levantó también.
—¿Tan pronto?
—Tengo muchas cosas que hacer.
—Mentira— farfulló Anna frunciendo los labios—, Lo que pasa es que no quieres
quedarte a solas conmigo —dijo—, ¿De qué tienes miedo, Tom, de que vaya a saltar
sobre ti y te viole encima de la mesa?
Tom enarcó una ceja divertido.
—Exacto, no quiero acabar con toda la espalda de la camisa manchada de puré de
patata.
Anna resopló irritada.
—¿Por qué nunca me tomas en serio?
Tom no respondió a eso, sino que se puso su sombrero y se despidió:
—Dile a tu madre que mañana me pasaré por su oficina.
—¡Tom! —gimió ella desesperada—. ¿Por qué no me escuchas? Podrías estar
partiéndome el corazón y tú ni te enteras.
—A nadie se le parte el corazón —respondió él con una sonrisa burlona—, y
menos aún a tu edad.
—No es cierto —se obstinó ella—. Al menos podrías darme un beso de despedida.
—Eso se lo dejo a Randall —contestó él—, que todavía está en la edad de
experimentar, igual que tú.
—Ya, ¿y tú que eres?, ¿Un viejo carcamal?
Tom se echó a reír.
—A veces me da esa impresión —admitió—. Buenas noches, pequeña.
Anna se sonrojó de ira.
— Deja de llamarme pequeña, no soy una chiquilla.
— Para mí lo eres —respondió él girándose sin mirarla —. Dale mis disculpas a tu
madre y dile que gracias por la cena.
Y antes de que Anna pudiera decir nada, salió por la puerta.
Lo peor, se dijo mientras cerraba tras de sí, era que se sentía terriblemente
atraído hacia ella. De hecho, estaba convencido de que corría peligro real de
enamorarse de ella pero aquello era imposible: ella era muy joven, estaba en esa edad
en la que uno se enamora y desenamora con facilidad, y seguramente sería virgen
todavía.
Tom estaba marcado por un breve romance que casi había acabado en tragedia
por culpa del deseo irrefrenable que había sentido por la chica en cuestión. Louisa, que
así se llamaba, había sido casi tan joven como Anna, y muy inocente. Siendo un hombre
tan grande, a ella le había entrado verdadero pánico al verlo desnudo y excitado, y
aunque la había tratado con dulzura, intentando tranquilizarla, pronto el deseo hizo
presa de él, y llegó un momento en que perdió el control sobre sí mismo. Louisa lloraba
histérica, forcejeando, pero él era demasiado fuerte y pesado para que ella pudiera
quitárselo de encima, y Tom estaba tan encendido por la pasión que a punto estuvo de
forzarla sin darse cuenta. Por fortuna no fue así, pero ella creyó que lo había hecho a
propósito, y rompió al instante su relación con él, llamándolo bestia y animal. Aquello lo
había herido profundamente, hasta el punto de que desde entonces solo había salido
con mujeres experimentadas.
Lo cierto era que su estatura siempre lo había acomplejado un poco, y desde la
escuela se había granjeado una fama inmerecida de pendenciero solo porque salía en
defensa de los más débiles. Sin embargo, sí era cierto que cuando se enfurecía no era
consciente de su propia fuerza, y aún estaba fresco en la memoria de los habitantes
de Jacobsville un incidente que había mandado con un peón del rancho al hospital.
No, no quería que se repitiese con Anna la historia de Louisa. Mejor quedarse
con las mujeres experimentadas, que no tenían miedo de él.
Entretanto, Anna había vuelto a sentarse, recordando furiosa las últimas
palabras de Tom. ¿Por qué tenía que tratarla como si tuviera un encaprichamiento de
adolescente?
—¿Dónde está Tom? —inquirió su madre al regresar. Era una mujer de unos
cincuenta años, alta, delgada y con el cabello negro.
—Se ha marchado —masculló Anna—. Temía que saltara sobre él y lo sedujera
entre las verduras y el puré de patatas.
—¿Qué? —exclamó Polly Cochran riéndose.
—Le da miedo quedarse a solas conmigo —farfulló su hija—. Supongo que cree
que voy a dejarlo embarazado.
—Qué cosas dices, niña —la reprendió la madre—. Olvídate de él. Ya tienes un
pretendiente, y no te lleva tantos años.
Anna exhaló un profundo suspiro.
—El bueno de Randall... —murmuró con ironía—. Lástima que se le vayan los ojos
detrás de todo lo que lleve faldas. Resulta difícil creer que de verdad está interesado
en mí cuando no hace más que flirtear con otras chicas.
—Tiene solo veintidós años —respondió la señora Cochran, empezando a apilar los
platos—. Ya irá en serio cuando crezcáis un poco. Además, las relaciones de pareja y el
matrimonio están sobre valorados.
Anna la miró molesta.
—Mamá, solo porque lo tuyo con papá no funcionara, no quiere decir que yo no
pueda ser feliz si me caso.
La mirada de Polly se ensombreció, y bajó la vista para rehuir la mirada
desaprobadora de su hija mientras recogía los platos.
—Tú padre y yo fuimos muy felices al principio —corrigió—, solo que él era
demasiado inquieto, y empezó a aceptar vuelos intercontinentales, y yo empecé mi
negocio. Supongo que los dos fuimos demasiado egoístas como para dar nuestro brazo
a torcer — dijo encogiéndose de hombros—. Son cosas que pasan.
—¿Todavía lo amas?
La mujer se volvió hacia ella y enarcó una ceja.
—El amor es un mito.
—Oh, mamá —volvió a suspirar Anna. Polly se rio suavemente y meneó la cabeza.
—Sueña si quieres, hija. Yo me conformo con tener un techo sobre mi cabeza, un
trabajo con el que mantenerme, y... ¿Cuándo te has comprado ese vestido? — inquirió
de pronto, mirándola por primera vez.
Anna esbozó una sonrisa picara.
—Es tuyo.
La señora Cochran puso los brazos en jarras y torció el gesto.
—¿Cuántas veces te he dicho que no toques mi armario?
— Solo unas doscientas —respondió Anna con sorna —. Es que nunca me compras
nada así de sexy.
—Ya, y supongo que te lo has puesto para intentar seducir a Tom, ¿me equivoco?
—murmuró su madre—. Pues debo decirte, jovencita, qué harías mejor en desistir en
tu empeño. Es demasiado mayor para ti, y aunque tú te niegues en ignorar ese hecho,
él es muy consciente de ello. Anda, ve a cambiarte. Te invito al cine.
—De acuerdo.
Mientras subía las escaleras, la joven se dijo que era estupendo tener a una
madre con la que poder hablar como con una amiga, pero ni siquiera ella parecía
tomarse en serio sus sentimientos por Tom.
Su obsesión por él había llegado a tal punto, que le había dado la lata a su madre
hasta que le había dado un puesto de administrativa en la inmobiliaria solo porque Tom
iba allí frecuentemente en busca de nuevos terrenos en los que invertir. La idea había
sido que al verla más a menudo tal vez se fijaría en ella de una vez, pero no parecía que
estuviera funcionando.
Sin embargo, ella no se había dado por vencida: se las apañaba para conseguir
una invitación a las fiestas a las que acudía; con frecuencia se «tropezaba» con él a la
hora de comer en algún restaurante, en la oficina de correos, en el supermercado... A
la mayoría de la gente aquello les hacía gracia, pero Anna se temía que estaba
empezando a hartar a Tom. ¡Si tan solo la mirara!
Al día siguiente por la mañana, cuando Tom salía de la inmobiliaria de Polly
Cochran y se dirigía al aparcamiento, escuchó unos pasos apresurados detrás de él,
pero no quiso volverse, imaginándose de quién se trataba.
— ¡Espera, por favor! —lo llamó una voz familiar.
Tom resopló, pero se detuvo a unos pasos de su coche, y se dio la vuelta. Tal y
como había supuesto, se trataba de Anna, que llegó junto a él unos segundos después,
casi sin resuello.
—¿Ya te marchas? —lo increpó la joven frunciendo los labios—. Has pasado por
delante de mi mesa y ni siquiera me has dicho adiós.
—¿Eso era todo? —farfulló Tom, sacando de su bolsillo la llave del coche—. Pues
adiós.
Y le dio la espalda, para introducir la llave en la cerradura de la portezuela del
vehículo. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Anna se interpuso entre el coche
y él.
—¿Por qué tienes que tratarme de ese modo? —lo increpó desesperada.
—¿Y a ti qué diablos te ha dado? —exclamó él—. No haces más que perseguirme.
—¿Es que no te das cuenta? —respondió ella con aire dramático—. Me muero de
amor por ti —le dijo, y extendió los brazos en cruz y lo miró de un modo sensual —.
¡Tómame, Tom, te lo ruego, tómame, hazme el amor!
Para fastidio de la joven, el ranchero se echó a reír.
—¿Dónde?
—Sobre el capó del coche, en el maletero... me da igual —contestó ella, sin variar
aquella pose de víctima complaciente, y cerrando los ojos.
—El capó del coche cedería bajo mi peso, y tal vez tu cupieras en el maletero,
pero yo lo dudo —respondió él en un tono irónico.
Anna abrió los ojos y lo miró irritada. ¿Cómo podía mostrarse indiferente cuando
ella estaba dispuesta a entregarse a él? Era casi insultante.
—¿Sobre el asfalto? —sugirió entre dientes.
—Demasiado duro para mi gusto, me temo —murmuró él, meneando la cabeza.
—Pues sobre el césped.
—¿Y que se nos suban encima las avispas y las hormigas?
Tom se había cruzado de brazos y estaba observándola divertido, pero, de
pronto, como si hubiera decidido cambiar de táctica para disuadirla de su
impertinente coqueteo, la miró de arriba abajo de un modo que hizo que el vello de la
joven se erizara.
—No hagas eso —le rogó Anna azorada, cruzando las manos sobre el pecho, como
para protegerse de su escrutinio.
—Has sido tú la que has empezado, cariño —le recordó él.
Se acercó un poco a ella, con la intención de acobardarla, de que se sintiera
intimidada por su tamaño y su fuerza. Ya era hora de que se diera cuenta de que
provocar a un hombre adulto podía tener serias consecuencias. Al parecer logró su
propósito, porque de inmediato la expresión en el rostro de Anna delató que no se
sentía tan segura de sí misma como pretendía.
—Tom... —musitó nerviosa.
El aparcamiento estaba desierto, y la bravata de Anna se estaba desvaneciendo
por segundos. Flirtear era una cosa, pero nunca había pensado que Tom se fuera a
tomar en serio su ofrecimiento. Lo cierto era que no estaba segura de sentirse
preparada para algo así.
—¿Qué ocurre? —la picó Tom con una sonrisa socarrona, al ver que parecía un
animalillo indefenso, asustado por los faros de un coche—. ¿Te estás echando atrás?
—Es que... estamos a plena luz del día —balbució la pobre Anna con voz
entrecortada.
—¿Y qué? —inquirió él con voz ronca.
Esbozó una sonrisa sensual, muy masculina y arrogante, como si supiera que en
ese mismo momento a Anna le temblaban las rodillas, y los latidos de su corazón se
habían disparado.
—Tengo... tengo que irme —farfulló ella, casi frenética.
Tom sintió deseos de presionarla un poco más, no porque quisiera darle un
escarmiento, sino porque aquella vulnerabilidad lo excitaba de un modo que jamás
había imaginado. Sus ojos descendieron hacia los senos de la joven, tan erguidos, tan
generosos... No había otra palabra para describirla más que «voluptuosa». Estaba tan
bien formada, que aquellos deliciosos pechos podían colmar incluso unas manos tan
grandes como las suyas. Solo en ese momento, Tom se dio cuenta de la dirección que
estaban tomando sus pensamientos, y se abofeteó mentalmente. ¿En qué estaba
pensando? Era una chiquilla, se recordó. Alzó la mirada hacia el rostro encendido de
Anna.
—Creía que querías que te hiciera el amor —le dijo en un tono que advertía
peligro—. ¿Es que vas a huir antes siquiera de que hayamos empezado?
La joven tragó saliva con dificultad, y se apartó de él, dejando escapar unas risas
nerviosas, y sintiéndose como una idiota.
—Me parece que antes necesitaré tomar algunas vitaminas... para ponerme en
forma —le dijo, queriendo que se la tragara la tierra—. Otra vez será.
Tom se rió suavemente, meneó la cabeza, y entró en el coche. Una vez en su
interior, bajó la ventanilla apoyó en ella el antebrazo y asomó la cabeza.
—La próxima vez, asegúrate de que sabes lo que estás pidiendo —le dijo
mirándola muy serio—. Pocos hombres rechazarían una oferta tan descarada.
—No estaba haciéndote ninguna oferta —masculló ella enfurruñada—, solo
estaba picándote un poco.
—Pues esa clase de jueguitos pueden ser peligrosos. Si quieres practicar, hazlo
con Randall. Está casi tan verde como tú.
—Tal vez lo haga. Al menos él me desea —farfulló ella despechada.
Randall era un joven estudiante de medicina que estaba haciendo las prácticas en
el hospital de Jacobsville, y con el que había salido unas cuantas veces, aunque no
había nada serio entre ellos.
—Pues que bien —contestó Tom con despreocupación—. ¿Vas a tu casa?,
¿quieres que te deje allí? — inquirió al observar que Anna tenía colgado el bolso.
—No, gracias —farfulló ella—. He quedado para comer con una compañera
—mintió.
Se despidió con un ademán de la mano, y se alejó hacia el edificio de la
inmobiliaria. Escuchó a sus espaldas cómo Tom arrancaba el coche y salía del
aparcamiento, pero no se volvió. No quería que viera las lágrimas en sus ojos. Tom le
había dado una lección, le había demostrado que en muchos aspectos aún no había
crecido. Había flirteado descaradamente con él, pero cuando él le había respondido,
se había quedado paralizada. Tom era experimentado y ella no. No, no sabía cómo
comportarse con un hombre adulto, no conocía las reglas del juego. Se había puesto en
ridículo a sí misma.

Aunque Tom le había dicho que lo más seguro era que no asistiría a la fiesta que
daba su madre, Anna se puso lo más guapa que pudo, y se engañó diciéndose que lo
hacía por Randall, que él lo apreciaría. Había comprado para la ocasión un vestido de
lentejuelas plateado que le caía en varias capas justo por encima de la rodilla y unas
sandalias de tacón a juego; se había dejado el cabello suelto; y se había dado unos
ligeros toques de maquillaje en tonos pastel.
Cuando bajó al jardín, donde la gente del catering había colocado una carpa, se
encontró con Randall, que estaba esperándola vestido de un modo algo más informal
que ella, con sus gafas de metal y el pelo engominado. Aunque no era guapísimo, tenía
bastante éxito con las mujeres por su forma de ser afectuosa y su carácter tranquilo.
— Vaya, no te queda mal ese vestido—le dijo al verla aparecer.
Anna sonrió ante el peculiar cumplido mientras Randall miraba en derredor,
fijándose en las personalidades que se estaban congregando.
—Caray, tu madre conoce a un montón de gente importante.
—Solo a la que se mueve en su círculo —contestó Anna, encogiéndose de
hombros.
Le molestaba esa faceta materialista de Randall. Ella no le daba importancia al
dinero ni al estatus social, pero sabía que Randall tenía las miras puestas en el fututo
en su ambición por establecer una consulta privada en Houston.
Comenzaron a andar entre la gente, saludando a quienes conocían, hasta llegar
a la larga mesa con el ponche y los aperitivos. La orquesta que habían contratado
había empezado a tocar una melodía lenta, y algunas parejas estaban ya bailando en la
pista que se había colocado en el centro del jardín. A ella le encantaba bailar, pero
Randall no era precisamente un Fred Astaire, y aunque Anna se había ofrecido a
enseñarle, él siempre se negaba, diciéndole que lo suyo no tenía arreglo.
— Supongo que no te apetecerá dar unas vueltas por la pista —aventuró a pesar
de todo.
Como había esperado, Randall meneó la cabeza.
— Lo siento, pero estoy hecho polvo. De lo que tengo ganas es de sentarme.
Anna se encogió de hombros como si no le importara. Se volvió hacia la mesa para
servirse un poco de ponche, y al girarse vio, a unos metros, a Harden y Miranda
Kaulitz. Miró detrás de ellos, esperando ver a Tom, pero no estaba allí. Los saludó
con una sonrisa, a pesar de que sus esperanzas acababan de desmoronarse como un
castillo de naipes.
Miranda llevaba puesto un vestido premamá de color azul oscuro, y Harden, a su
lado parecía radiante de felicidad. A Anna el segundo de los Kaulitz siempre le
había parecido un hombre triste y amargado, pero parecía que su matrimonio había
hecho que la frialdad abandonara por completo sus ojos.
—Una fiesta magnífica —le dijo Harden, acercándose a ella con su mujer—. Tu
madre ha vuelto a superarse a sí misma.
—Es verdad —asintió Anna sonriendo—. ¿No nos vas a presentar? Conozco a tu
esposa de vista, pero no nos han presentado formalmente.
—Cierto —reconvino Harden—. Miranda, esta es Anna Cochran, la hija de Polly,
nuestra anfitriona.
—Encantada de conocerte. He oído hablar mucho de ti — le dijo Miranda a la
joven, estrechándole la mano y esbozando una sonrisa.
Anna suspiró.
—De mi incansable persecución a Tom más bien, imagino —farfulló incómoda—.
Sé que es una causa perdida, porque sigue viéndome como a una niña, pero, como los
malos hábitos, me cuesta mucho dejarlo. En fin —añadió encogiéndose de hombros—,
un día se casará y entonces al menos podré darme por vencida con cierta elegancia.
—Si te viera con ese vestido, seguro que no pensaría que sigues siendo una niña
—dijo Miranda con una sonrisa de complicidad—. Estás muy elegante.
—Gracias —murmuró ella halagada—. Al menos mi amigo Randall sí se ha dado
cuenta. Esperad, os lo presentaré.
Se dio la vuelta para ir a buscarlo, y regresó al rato con él.
—Harden y Miranda Kaulitz —se los presentó—. Randall Wayne —le dijo al
matrimonio—. Es estudiante de medicina.
—Médico residente, si no te importa — corrigió él mirándola algo indignado—.
Estoy a un paso de tener mi propia consulta, cuando acabe mi programa de residencia
el año próximo —añadió sonriendo a los Kaulitz.
Anna estaba diciéndose que no tenía caso preguntar, pero no pudo evitarlo.
—¿No ha venido nadie más de la familia con vosotros? — inquirió a Harden. Él
pareció reacio a contestar.
—Solo Evan —contestó finalmente. No le pasó desapercibido el modo en que se
iluminaron los ojos de Anna — . Está... aparcando el coche.
No quería decirle el resto. La atracción de la joven por su hermano era tan
evidente que se sentía fatal la idea de hacerle más daño.
—Pues puede tirarse toda la noche ahí fuera tratando de aparcar —apuntó
Randall—. A mí me llevó casi una hora encontrar un sitio.
Harden carraspeó. Tal vez después de todo fuera mejor que Anna lo supiera,
que tuviese tiempo de irse preparando psicológicamente. Se lo debía.
—Bueno, no creo que tenga problema — murmuró—. Nina está con él, y es una
mujer... de recursos.

Capitulo 2
Aquello fue como una puñalada para Anna, pero salvó su orgullo esbozando una
sonrisa y haciendo un comentario intrascendente. Tom ya le había dejado bien claro
que no estaba interesado en ella, pero el que hubiera decidido ir a la fiesta de su
madre con la que había sido una de sus más sonadas conquistas, era algo cruel.
Nina Ray, que había crecido en Jacobsville, se había convertido en una modelo
famosa, y Anna sabía que Tom había estado saliendo con ella un par de años atrás,
pero no había esperado que fuera a llevarla esa noche de acompañante.
Harden y Miranda se disculparon para saludar a unos conocidos, y Anna se quedó
de nuevo con Randall, hecha un manojo de nervios, mientras él se dedicaba a seguir
engullendo y a mirar con descaro a las féminas que se acercaban a la mesa de los
aperitivos.
Minutos más tarde hacían su entrada Tom y Nina, y Anna no pudo evitar fijarse
en el modo empalagoso en que ella le sonreía. Era obvio que estaba esforzando mucho
por reavivar los rescoldos de lo que había habido entre ellos.
Anna fue a servirse un poco más de ponche, resuelta a no girarse hacia la
entrada del jardín. No iba a darle a Tom esa satisfacción. Sin embargo, de repente...
—Me muero por beber algo —dijo una voz femenina detrás de ella—. ¡Ah, pero si
es la pequeña Anna!
La joven se volvió algo sobresaltada, y esbozó una sonrisa de circunstancias con dificultad.
Iba a hacerle pregunta de cortesía, pero Nina no le dio tiempo.
—Cielos, qué calor hace, ¿verdad? ¿Esto es ponche? Espero que esté bien frío.
Tom ha tenido que aparcar casi al lado del estanque, y tengo los pies hecho añicos de
tanto caminar.
—Pues no sé por qué, después de tanto andar arriba y abajo por las pasarelas se
supone que debías estar acostumbrada —le espetó Tom, apareciendo a su lado.
Anna giró un instante el rostro al oír su voz, pero no se atrevió a mirarlo a los
ojos, y rápidamente se volvió de nuevo hacia Nina, observando con envidia su traje de
diseño blanco y negro, que hacía que los de las demás invitadas pareciesen harapos.
—Estás increíble —le dijo Anna con sinceridad—. Y según he oído, te van muy
bien las cosas.
—Bueno, no puedo negar que he tenido algo de ayuda —admitió Nina.
Y alzó el rostro hacia Tom con una confianza en sí misma y un aire tan sensual, que Anna
apretó los dientes llena de frustración. Ella nunca sería capaz de mirar a un
hombre de ese modo.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntó Tom.
—Por ahí, entre la gente —respondió Anna sonriendo y encogiéndose de
hombros—. Yo misma hace rato que no la veo. Es la estrella de la noche.
—Se lo merece —dijo él—. Además, ese centro comercial generará muchos

puestos de trabajo, fomentará el consumo...
—Y supondrá más ingresos para el ayuntamiento por los impuestos sobre los
locales —intervino Randall con sorna, acercándose a ellos —. El alcalde aprueba
cualquier cosa con tal de llenar las arcas — como atraído por un imán, se volvió de
inmediato hacia Nina—. Debo decir que es usted muy hermosa, una verdadera
encarnación de Venus.
Anna contuvo el deseo de darle un pisotón. Y pensar que a ella le había dicho «no
te queda mal ese vestido»...
—Vaya, gracias —murmuró Nina divertida—. ¿Quién es este galante caballero?
—le preguntó a Anna.
—Randall Wayne —se apresuró a presentarse él mismo, antes de que la joven
pudiera abrir la boca. Tomó la mano de Nina en la suya y la besó—. Encantado, señorita
Ray.
El rostro de la modelo se iluminó de placer.
—¿Me conoce?
—Todo el mundo la conoce —respondió él, adulador—. Su foto sale a menudo en
la portada de las revistas.
—Bueno, sí —admitió Nina con falsa modestia—, como le estaba diciendo a Anna,
mi carrera ha despegado definitivamente desde que Tom le hablara de mí a un amigo
que tiene en la agencia para la que trabajo ahora.
Tom estaba tratando por todos los medios de no prestar atención a Anna, pero
hasta el momento no había hecho más que fracasar miserablemente. Aquel elegante
vestido plateado insinuaba demasiado, y retaba su precioso bronceado color miel.
—¡Oh, esta canción me encanta! —exclamó Nina entusiasmada cuando la orquesta
empezó a tocar otra pieza—. Tom, vamos a bailar.
Lo agarró de la mano y lo arrastró a la pista de baile dejando a Randall
embelesado y a la pobre Anna soplando de frustración.
—Este ponche está algo flojo —escucharon decir a uno de los invitados detrás de
ellos.
Se volvieron, pero antes de que ninguno pudiera evitarlo, el hombre vació en el
recipiente el contenido una petaca que se había sacado del bolsillo interior de la
chaqueta.
— Eso es, mucho mejor —murmuró tras removerlo servirse un poco.
Anna observó la escena con una sonrisa maliciosa. Sabía de cierto invitado a
quien aquello lo habría enfurecido. Por suerte, sin embargo, a Tom no le gustaba el
ponche, así que no se daría cuenta. Tom odiaba el alcohol, y Anna recordó en ese
momento una anécdota que había circulado hacía tiempo, sobre cómo Tom había
llevado a la cocina una copa de vino que le habían servido por error en una cena en casa
de Justin y Shelby Ballenger.
—Oh, sí, yo también lo había oído —dijo Randall cuando se lo comentó — .Y
hablando de Justin y Shelby... Tuve la más ridicula de las discusiones el otro día con mi
vieja tía. Estaba empeñada en que tenían tres hijos cuando todo el mundo sabe que
solo tienen dos.
—Tu tía tiene razón —replicó Anna riéndose—. Tuvieron otro hace unos meses.
—¿Otro? —exclamó Randall atónito—. Demonios, con esto de los exámenes no me
entero de nada.
—Ya están empatados con Calhoun y Abby. El caso de los Ballenger es curioso:
son dos hermanos de seis hijos, no hay ninguna niña entre ellos.
—¿Y el hermano de Shelby Ballenger, Tyler Jacobs? ¿No han tenido hijos Nell y
él?
—Por desgracia no pueden tenerlos — respondió Anna—. ¡Pero han adoptado
cinco nada menos, estaban muy triste porque le encantan los crios, empezó a remover
cielo y tierra para conseguir que le dieran uno en adopción. Les fue bien, repitieron la
experiencia y... ya ves, ¡cinco!
—Bueno, eso prueba que donde hay amor ningún obstáculo es insuperable.
—Supongo que sí —murmuró ella, sintiéndose apesadumbrada de nuevo al pensar
en Tom.
Involuntariamente, sus ojos lo buscaron en la pista de baile. No le costó
atisbarlo, ya que, por su estatura destacaba entre los demás. La hermosa Nina estaba
literalmente colgada de él, moviéndose de un modo sensual al ritmo de la suave música,
mientras él le rodeaba la cintura con los brazos. Anna exhaló un profundo suspiro,
deseando poder ser la modelo en ese momento. Estaba tan atractivo vestido de
esmoquin... Tom sintió su mirada sobre él, y de pronto sus ojos se encontraron en la
distancia. Fue como si lo golpeara un rayo. Todo su cuerpo se puso tenso, y frunció el
entrecejo contrariado. Otra vez ella, mirándolo con ojos de cordero degollado. Era
como una niña que hubiera encontrado un paquete de cerillas y estuviera jugando con
ellas. No se daba cuenta de hasta qué punto lo afectaban sus miradas, su ingenuo
coqueteo. Debía estar empezando a vislumbrar sus poderes de seducción, y los estaba
esgrimiendo con él para experimentar. Sí, eso era lo que estaba haciendo.
Apartó la mirada de ella, y se inclinó para besar a Nina, haciéndolo de un modo
rudo y apasionado.
Nina estaba sin aliento cuando despegó sus labios
—¿Por qué no vamos a mi apartamento... allí podremos estar a solas?— le sugirió
en un tono seductor.
Tom sacudió la cabeza.
—Sería muy desconsiderado que nos fuéramos antes de que Polly dé su discurso
—le dijo con humor forzado.
Nina suspiró.
—Corrígeme si me estoy volviendo paranoica, pero me da la impresión de que me
has traído para poner celosa a cierta jovencita —murmuró mirándolo a los ojos— Eso,
o para usarme como camuflaje para escapar de ella porque desde luego es obvio que
sigues sin querer nada conmigo. Hacía siglos que no me llamabas.
—He estado ocupado —farfulló él.
—Ya seguro —asintió Nina con ironía—. A mí no puedes engañarme, Tom. De
hecho, he oído que últimamente apenas sales por ahí. Oh, sí, aunque estoy siempre
fuera, todavía tengo amistades aquí en Jascobsville que me mantienen al día sobre
quién está con quién —aclaró al ver la expresión sorda en el rostro de él—. Los
rumores que corren sobre ti dicen que Anna ha estado persiguiéndote a todas partes.
Tom resopló.
—Bueno, eso no lo puedo negar.
—Hmm... Así que ese es el motivo por el que me has invitado a esta fiesta
—concluyó ella con una media sonrisa—. Y probablemente también el motivo por el que
me has besado. Bueno, no importa, no pongas esa cara de culpabilidad —le dijo
riéndose—. Si necesitas protección, aquí me tienes. Lo haré... por los viejos tiempos.
—Vaya, eres muy generosa —murmuró él divertido.
—Tú lo has sido conmigo —contestó Nina poniéndose seria por un instante—. No
es molestia, te ayudaré a quitarte de encima a esa chiquilla.
A Tom no le gustó demasiado cómo había sonado aquello. Nina hacía que
pareciese que Anna era una lapa.
—No es más que una niña —murmuró Nina, observando a Anna, que estaba de
espaldas, al lado de Randall, aún junto a la mesa de los aperitivos—. ¿Crees que
acabará casándose con ese estudiante de medicina?
—Me da igual lo que haga —masculló Tom.
Pero era mentira. Lo cierto era que nunca había considerado a Randall como una
amenaza para la inocencia de Anna, pero últimamente estaba pasando demasiado
tiempo con él, y el donjuán de tres al cuarto era cada vez más fresco y atrevido.
—Seguro que se casan. Ella tiene una buena posición social, y dinero, o su madre,
mejor dicho —murmuró Nina pensando en voz alta—, pero para el caso es lo mismo,
porque él necesitará más que un título para establecerse como médico y...
—Anna no se dejará embaucar de ese modo —la cortó él.
—Cariño, es una adolescente —replicó Nina en un tono condescendiente —. ¿Qué
puede saber de los hombres? Además, seguro que es virgen.
A Tom le hervía la sangre solo de pensar que pudiera acabar en manos de un
interesado como Randall Wayne, pero ya había decidido que iba a sacar a Anna de su
mente.
—Supongo que sea como sea es lo suficientemente mayor como para tomar sus
decisiones —farfulló tratando de convencerse a sí mismo—. Además, es su madre
quien debe preocuparse por ella, no yo.
—Amén —respondió Nina divertida.
—Entonces... ¿me ayudarás a desalentarla? —inquirió Tom.
Nina le sonrió con dulzura.
—Será un placer.
Anna, entretanto, llevaba ya tomado más ponche del que la prudencia aconsejaba,
en un intento de insensibilizarse ante la actitud de Tom.
—Ojalá supieras bailar —le dijo a Randall con voz ligeramente gangosa. El alcohol
había hecho su efecto, se sentía muy relajada.
—Bueno, supongo que podría intentarlo —dijo él soltando su taza—, ¿quieres que
probemos? El ponche me está haciendo sentir bastante desinhibido.
—¿Sí? Estupendo —dijo ella, algo más animada. Anna lo tomó de la mano, lo llevó
hasta la pista, y una vez allí le hizo poner las manos en su cintura, colocó las suyas en
los hombros de él, y empezó a enseñarle los pasos básicos. Al cabo de un rato, Randall
estaba empezando a pillarle el truco, y sonrió a la joven atrayéndola hacia sí.
Anna apoyó la mejilla en su pecho y cerró los ojos, siguiendo el compás de la
música. Al diablo con Tom, se dijo.
—¿Te diviertes, Anna? —inquirió de pronto una amiga de su madre, pasando junto
a ellos con su marido.
—Oh, sí, señora Peters —contestó ella educadamente—. Espero que ustedes
también lo estén pasando bien.
—Está siendo una fiesta deliciosa, querida —respondió la mujer—. Por cierto, me
he fijado en que Tom ha venido muy bien acompañado —añadió con una sonrisa
maliciosa—, aunque cualquiera diría que está utilizando a su acompañante para
escudarse de ti.
Anna se sonrojó irritada. Estaba acostumbrada a que los amigos y familiares la
picasen por su encaprichamiento con Tom, pero precisamente por lo deprimida que se
sentía aquella noche ese comentario la pilló desprevenida.
—¿Para escudarse de mí? —musitó, forzando una sonrisa a duras penas.
—Bueno, es que hacía mucho que no se lo veía saliendo con nadie. Debe estar
realmente desesperado si ha recurrido a un antiguo romance para desalentarte
—comentó la señora Peters riéndose.
Anna se apartó de Randall, y regresó a la mesa de los aperitivos, dejando a la
mujer boquiabierta.
—¿Qué es lo que te ha molestado tanto? —le espetó Randall, que la había
seguido—. No es ningún secreto que llevas años colada por Tom.
—Pues ya no lo estoy —mintió apretando los puños.
—Bueno, pues entonces... ¿por qué dejas que te hieran los comentarios de la
gente? Además, me tienes a mí —dijo pasándole un brazo por la cintura.
Anna lo miró escéptica. Cada vez que pasaba una mujer bonita por su lado podía
ver cómo los ojos de Randall se iban detrás de ella. Era un tenorio, lo mirase por donde
lo mirase.
—Pero es que la señora Peters parecía estar sugiriendo que él está poco menos
que traumatizado, como si yo lo hubiese estado acosando —insistió Anna frenética.
—Bueno, no dejes que te preocupen los chismorreos. Yo llevo semanas
ignorándolos.
Anna echó la cabeza hacia atrás sobresaltada.
—¿Qué chismorreos? —balbució.
Él se encogió de hombros y esbozó una pequeña sonrisa.
—Bueno, se dice que últimamente habías estado persiguiendo a Tom por toda la
ciudad: que habíais tenido encuentros casuales que no lo eran en realidad, que te
habías presentado a fiestas a las que él estaba, esa clase de cosas. Dicen que Tom no
podía dar dos pasos sin toparse contigo —explicó, mordiéndose el labio inferior al leer
la angustia en el rostro de Anna, —pero a mí me pareció gracioso —añadió para quitarle
hierro al asunto.
—Pues está claro que a Tom no se lo ha parecido —murmuró ella agachando la
cabeza—. Dios, me he comportando como una idiota.
—¿Crees que la señora Peters tenía razón, que ha traído a Nina con él para
escudarse de ti?
Anna no había querido creerlo, pero asintió con la cabeza al comprender que en
efecto debía haber sido así. Ella había creído que lo había hecho simplemente para
demostrarle que pudiendo tener a otras mujeres como Nina, una chiquilla como ella no
le interesaba en absoluto, pero solo en ese momento entendió hasta qué punto lo había
agobiado con su incansable persecución.
—Dios, Randall, me siento tan estúpida. Pobre Tom...
—¿Por qué «pobre»? —replicó Randall con una sonrisa para animarla—. Debe ser
halagador que te persiga una chica guapa.
—Debe ser exasperante, querrás decir —farfulló ella.
¿Cómo podía haber dejado que las cosas fueran tan lejos sin darse cuenta de en
qué posición estaba poniendo a Tom? Había flirteado con él, lo había seguido a
cualquier sitio con tal de obtener su atención, pero lo único que había conseguido era
hacer que la rehuyera. ¡Qué tonta había sido! Y, por si fuera poco con haberse dado
cuenta del modo en que se había puesto en ridículo, y de que no había hecho más que
actuar en su contra, seguramente todo el mundo se habría percatado, como la señora
Peters, de que Tom había llevado a Nina a la fiesta para mantenerla a raya. Era
humillante ser rechazada en público de esa forma. Solo entonces, al mirar en
derredor, se fijó en que varias personas estaban observándola con lástima. El resto de
la noche tuvo que esforzarse para contener las lágrimas que amenazaban con aflorar a
sus ojos. Tom no bailó con nadie más que con Nina, y se mostró tan atento con ella que
enseguida los demás invitados empezaron a especular con que estaban dando una
segunda oportunidad a su relación. Tampoco era de extrañar que lo pensaran, se dijo
Anna, el modo en que estaba evitándola lo decía todo.
A pesar de la compañía de Randall, se sentía rechazada y vacía por  dentro, pero
hizo de tripas corazón y mantuvo la sonrisa en su rostro todo el tiempo, para que nadie
supiera lo dolida que estaba.
Cuando las últimas personas se retiraban, Polly Cochran se detuvo junto a su hija
y le dirigió una sonrisa afectuosa.
—Bueno, no ha ido mal del todo —dijo.
—Oh, ha sido una fiesta maravillosa —respondió Anna en un tono despreocupado,
sonriendo ampliamente, aunque sentía ganas de vomitar—, ¿verdad que sí, Randall?
Él la miró con una ceja enarcada.
—¿Cuánto ponche has tomado, Anna?
—No sé, cuatro o cinco tazas, tal vez seis, ¿y qué? —respondió ella, encogiéndose
de hombros.
—Sí, ¿qué tiene de malo que haya tomado ponche? —inquirió su madre extrañada.
—Unó de los invitados le echó whiskey —explicó Randall.
—Oh, cielos... ¿Estás bien, cariño, no estás mareada? —le dijo la señora Cochran a su hija, poniéndole una mano en el brazo.
—Estoy perfectamente, mamá, ¿no lo ves? Deja de tratarme como a una niña
pequeña —replicó ella apartándola. Su madre frunció los labios y meneó la cabeza.
—Ahora comprendo por qué Tom se sirvió una hace un rato, y después de olerlo
volvió a echar el contenido en el bol.
—¿Y cómo no? Seguro que se escandalizó, el señor Abstemio... —masculló Anna
con ironía.
—Bueno, debo irme ya —dijo Randall mirando su reloj. Tengo turno de noche en
el hospital y es casi medianoche. Gracias por invitarme, señora Cochran. Te llamaré
mañana, Anna —le dijo a la joven besánsola en la mejilla.
Mientras se alejaba, Anna se dio cuenta de que su madre estaba observándola
preocupada.
—Lo superarás, cariño —le dijo—, ya lo verás. No es el fin del mundo. Además,
Tom es de esa clase de hombre a los que no les gusta sentirse atados.
—Yo solo estaba flirteando con él, nada más — repuso Anna obstinadamente,
como si de repetir esa mentira fuese a convertirse en realidad—. No iba en serio,
pensé que él lo sabía.
Polly no contradijo a su hija, pero podía leer claramente la angustia en sus ojos
azules.
—¿Sabes qué? Lo que necesitas es descansar. Mañana Randall te llamará y a lo
mejor salís por ahí. Te hace falta distraerte.
—Supongo que sí.
—Eres muy joven aún, pero poco a poco irás comprendiendo que en la vida es
mejor tomar lo que se nos ofrece que desear imposibles —le dijo la señora Cochran
suavemente.
—Sí, mamá —murmuró Anna, esbozando una pequeña sonrisa. Sin embargo, no
pudo evitar pensar en cuántos días tardaría en superar aquella noche.
Tom y Nina se acercaron a ellas para despedirse, y Anna sintió que el estómago
le daba un vuelco. Quería salir corriendo, desaparecer de allí, pero era como si se
hubiese quedado clavada al suelo.
—Ha sido una fiesta magnífica —felicitó Nina a Polly.
—Gracias, querida —contestó la madre de Anna. —Se volvió hacia el ranchero—
Tom, me alegro que al final te decidieras a venir. Nina, tienes que hacer que salga más
a menudo.
—Pienso hacerlo —casi ronroneó ella, apoyándose en el hombro de él.
Anna estaba callada, y Tom notó que estaba acalorada y daba la impresión de que
los ojos le pesaran.
—¿No habrás estado bebiendo ponche, verdad? — inquirió como si fuera su
padre. Se volvió hacia la señora Cochran—. Parece que alguien...
—Sí, un invitado le añadió alcohol, ya lo sabemos—lo cortó Anna con fastidio—, y
sí he estado tomando ponche toda la fiesta.
—Debería haber hecho que la gente del catering le retirara y trajera más —le
dijo Tom a la señora Cochran—, porque no le parecerá bien que Anna tome bebidas
alcohólicas, ¿verdad?
Polly suspiró y frunció los labios.
—Tom, mi hija tiene diecinueve años, es mayor de edad, no puedo impedirle que
beba.
—Pero el alcohol puede matar —insistió Tom—. Y ahora está aquí en su casa,
pero, ¿y si va a una fiesta en otro sitio y luego se le ocurre conducir?
—Para tu información, nunca bebo si tengo que conducir —le respondió Anna
irritada—, y si tanto te molesta que haya alcohol en nuestra fiesta, ¿por qué no te vas
a casa?
Nina soltó un silbido por lo bajo, y Tom miró a la joven de hito en hito.
—¡Anna!, ¿qué modales son esos? —la reprendió su madre azorada. Se volvió
hacia Tom—. No se lo tengas en cuenta, por favor. Adolescentes, ya sabes como son...
La joven, entretanto, se había servido otra taza de ponche para fastidiar a Tom,
y la apuró de un trago, limpiándose los labios con el dorso de la mano y mirándolo
desafiante.
—Debería usted hacer algo con ella —le dijo Tom a la señora Cochran.
—Mi madre hace mucho que ya no me dice lo que tengo que hacer —le espetó
Anna.
Tom estaba mirándola como si no la reconociera. ¿Qué había sido de la chiquilla
dulce e inocente?
—En cualquier caso no deberías beber —le dijo con aspereza—. Está claro que no
estás acostumbrada al alcohol
—Eso es lo que estoy haciendo, acostumbrarme — respondió ella con una sonrisa
cínica. La había herido, y quería devolverle todo ese daño—. Nada de lo que haga o
deje de hacer es asunto tuyo, para que te enteres.
Se giró en redondo sobre los talones y se marchó sin mirar atrás. El whiskey
estaba revolviéndole el estomágo, pero se sentía liberada, y eso era mejor que seguir
lamentándose. Aunque se mereciera el rechazo de Tom por haber estado
persiguiéndolo como lo había hecho, podía habérselo dicho en privado en vez de
humillarla de semejante manera.
Afuera, Tom se había quedado en el sitio con el ceño fruncido. Era la primera
vez que Anna se había enfrentado a él. Estaba tan acostumbrado a su ciega adoración
que aquella cruda hostilidad era algo nuevo y, para su sorpresa, excitante.
—Es el efecto del alcohol, Tom, no le hagas caso—dijo Polly, tratando de aliviar
la tensión del momento—. Por cierto, ahora que me acuerdo, tengo una nueva propiedad
en la que tal vez podrías estar interesado. ¿Por qué no te pasas por nuestra oficina
mañana para echarle un vistazo al folleto de las características y las condiciones de
compra? Aunque es sábado quiero ir para revisar algunos asuntos que quedaron
pendientes, así que...
—Sí, mañana me va bien —respondió él, abstraído.
—Vámonos, Tom —le dijo Nina, agarrándose de su brazo—, estoy cansada, y
mañana por la mañana tengo una sesión fotográfica.
—Claro —murmuró él, distraído aún por lo que acababa de ocurrir—. Buenas
noches, señora Cochran
Polly los despidió con la mano, observando curiosa cómo Tom giraba la cabeza
varias veces hacia la ventana de la habitación de Anna mientras se alejaban. Por un
momento una idea cruzó por su mente, pero inmediatamente meneó la cabeza, como
diciéndose que era absurdo. Tom Kaulitz tenía treinta y cuatro años, era imposible
que pudiera tener interés alguno por su hija.
Anna pasó la noche fatal, y no solo por los efectos del alcohol. El que Tom
hubiera llevado a Nina a la fiesta para desalentarla le había abierto los ojos a la
realidad, y la realidad muchas veces no era agradable.
«Pues por mí de acuerdo», se dijo, tratando de dejar de pensar en ello. Si tan
desesperado estaba por escapar de ella como para arrojarse en brazos de un antiguo
amor, iba a demostrarle que había captado el mensaje, y que no iba a ser tan inmadura
como la creía, pataleando por no haber conseguido su atención, era el momento de
retirarse, algo que debería haber hecho hacía tiempo, porque en el fondo había sabido
que nunca se tomaría sus sentimientos por él en serio.
A la mañana siguiente, trenzó su largo y rubio cabello se puso unos pantalones
cortos, una camiseta, y salió al jardín con su caballete. Le encantaba pintar y, era una
afición que la relajaba, le ayudaba a sacarse un dinero extra, ya que había conseguido
vender a vecinos y conocidos algunos paisajes.
Aunque era sábado, su madre estaba en la inmobiliaria. Muchas veces trabajaba
los siete días de la semana, y Anna se preguntaba si no sería para llenar el vació que su
padre había dejado en su vida al marcharse.
Lo cierto era que ella no entendía cómo podía gustarle el trabajo que hacía. A
ella el estar todo el día frente a un ordenador le resultaba tan aburrido... De hecho,
llevaba semanas pensando en buscar otra cosa. En ese momento con el pincel en la
mano se le ocurrió que tal vez pudiera preguntarle al señor Taylor, el dueño de la
galería de arte de Jacobsville, si no podría darle un empleo.
Necesitaba alejarse del negocio de su madre más que nunca, porque si seguía
trabajando en la inmobiliaria seguiría viendo a Tom y atormentándose por lo estúpida
que había sido.
Habiéndosele pasado la resaca, estaba empezando a pensar con más claridad, y a
considerar lo ocurrido con algo más de objetividad. Pobre Tom, ciertamente debía de
haber estado muy desesperado para llevar a la fiesta a un antiguo amor.
El paisaje en el que estaba trabajando era un campo de girasoles recortados
contra un cielo azul y suaves nubes blancas. Como modelo para las flores estaba
usando un par de enormes girasoles que había en uno de los parterres. Era un cálido
día de verano, soplaba una ligera brisa, y el sol brillaba sobre ella.
De pronto, sin embargo, algo irrumpió en aquel paraíso de paz. Anna escuchó el
ruido de un coche deteniéndose en la parte delantera de la casa, y al cabo de unos
segundos como se cerraba la puerta del vehículo. No alzó la cabeza de la pintura. Era
casi la hora de almorzar y estaba esperando a su madre. Debía ser ella.
— ¡Estoy aquí fuera, en el jardín! —la llamó cuando oyó pasos en el interior de la
casa—. Si quieres puedes ir comiendo. Lori dejó preparada ayer ensalada de pasta.
Está en el frigorífico. Yo iré dentro de un rato. Quiero terminar esto antes.
La persona que acababa de llegar salió al jardín por la puerta abierta, pero las
pisadas eran demasiado pesadas como para ser las de una mujer. Anna se volvió, y se
encontró con Tom allí de pie.
—¿Dónde está tu madre? —inquirió él sin más preámbulos.
—Si no está en la inmobiliaria, supongo que estará camino de aquí —respondió
ella.
—Me acabo de pasar por su oficina, porque se suponía que me iba a dejar un
folleto sobre un terreno, pero la secretaria ya se marchaba y me dijo que tu madre no
había dejado nada en su mesa. ¿No te lo habrá dejado a ti, verdad?
—No —negó Anna, trazando con el pincel por tercera vez un pétalo, en un intento
por ignorar el ruido de su corazón, resquebrajándose—. Si quieres esperarla, pasa al
salón y siéntate.
Anna estaba tan distante que Tom se sentía como un extraño.
—¿Qué?, ¿No vas a pedirme que te haga el amor entre los girasoles? —la picó.
—He decidido madurar —le contestó ella sin mirarlo— Lo de perseguir a hombres
que no quieren nada de una es para las adolescentes. A partir de ahora iré detrás de
aquellos con los que tenga alguna posibilidad.
—¿Cómo Randall? —preguntó él, torciendo el gesto.
Anna se encogió de hombros.
—¿Por qué no? —le espetó. La actitud de la joven estaba empezando a preocupar
a Tom.
—No sabía que pintaras —comentó, apoyándose en la valla que rodeaba el
jardín.
—Dado el poco interés que te has tomado en mí hasta ahora no me sorprende
—murmuró ella imperturbable, untando de pintura el pincel en la paleta—No tienes que
preocuparte, no te molestaré más —le dijo mirándolo por primera vez—, anoche
capté el mensaje. Si has venido para recalcármelo, no hacía falta— dijo esbozando
con dificultad una sonrisa— siento haber hecho tu vida tan difícil. No volveré a
avergonzarte más, te lo prometo.
Tom se sentía vacío. ¿Qué había sido de la Anna que había conocido? ¿Acaso
había crecido de la noche a la mañana? La observó en silencio un buen rato.
—¿Vas a ir tu madre y tú a la barbacoa de los Ballenguer la semana que viene?
—le preguntó.
—No lo sé —respondió ella vagamente. ¿A qué venia eso de repente?—. ¿Vas a ir
tú?
—Sí, bueno...
—Entonces yo no iré —lo cortó ella tajante.
—¿Porqué?
—No quiero entrometerme más en tu vida social. No me extraña que últimamente
salieras tan poco. No tenía ni idea de lo difícil que te estaba poniendo las cosas hasta
que anoche llegaron a mis oídos las habladurías de la gente sobre mi conducta.
Tom abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo apareció la
señora Cochran.
— ¡Ah, estás aquí, Tom! —lo saludó riendo—. He traído el folleto conmigo, iba a
acercarme ahora a llevártelo, pero te me has adelantado —le dijo. Se volvió hacia su
hija—. Anna, ¿está lista la comida?
—Lori dejó preparada ensalada de pasta. Está en el frigorífico —contestó ella.
—Bueno, pues vamos a comer, anda.
—Ya iré luego —respondió la joven—. Quiero terminar esto mientras aún tenga la
luz adecuada.
—¡Artistas! —suspiró Polly Cochran, mirando a Tom y encogiéndose de hombros
con una afable sonrisa—. ¿Quieres quedarte a almorzar conmigo ya que Anna está tan
excéntrica?
Tom la miró vacilante, observando el perfil de la joven por el rabillo del ojo.
—Em... no, gracias, la verdad es que tengo muchas cosas que hacer todavía. Nos
ha llegado una partida de ganado hoy, así que todo el mundo está en los campos,
echando una mano —mintió. En realidad ya habían terminado antes de que él se
marchara, pero la actitud de Anna no lo hacía sentirse precisamente bienvenido.
—Bueno, dentro de unos años contaréis con muchas más manos —dijo la señora
Cochran riéndose—, con todos esos sobrinos y los que aún quedan por llegar...
—Cierto —asintió él abstraído, tomando el folleto que le tendía la madre de
Anna—. Le echaré un vistazo a esto y lo consultaré con Harden y los otros antes de
darle una respuesta.
—Estupendo. ¿Seguro que no quieres quedarte a almorzar?
Tom esperaba que Anna dijera algo, que secundara la proposición de su madre,
pero no lo hizo. No dijo nada, ni lo miró, así que finalmente meneó la cabeza, dio las
gracias a la señora Cochran y se excusó.
Cuando se hubo marchado, Polly miró a su hija con curiosidad.
—¿Habéis discutido Tom y tú? —inquirió suavemente.
—Por supuesto que no —contestó Anna. Se giró hacia su madre y esbozó una
sonrisa de que todo estaba bien—. Es solo que he decidido dejar de hacerle la vida
imposible. Ha debido ser agotador para él tener a una chiquilla pegada a sus talones
todo el día.
—Estoy segura de que Tom comprende que esto es una fase por la que estás
pasando, cariño —dijo su madre tratando de animarla. Sin embargo, aquello solo
consiguió herir más a Anna—. Lo que ocurre es que es de esos hombres que jamás se
casan. Aunque tuvieras unos años más, eso no supondría ninguna diferencia.
—Sí, tienes razón —murmuró Anna, apretando los dedos en torno al pincel para
ocultar su ligero temblor.
—Bueno, de todos modos debe sentirse aliviado de que hayas decidido poner fin
a tu «acoso y derribo» — dijo su madre riéndose—. La verdad es que en algunos
momentos has llegado a ser realmente persistente.
Anna forzó una sonrisa para ocultar hasta qué punto le dolía que su propia madre
no la comprendiera.
Volvio el rostro hacia el lienzo.
—Supongo. Parecía aliviado, sí.
Polly asintió, pero la mirada que cruzó por sus ojos antes de ir dentro era de
preocupación. La reacción de Tom había denotado cualquier cosa menos alivio. Tenía
impresión de que la nueva actitud de Anna lo había sorprendido. Tal vez se estaba
equivocando con los dos. Sería verdadero amor lo que Anna sentía por él? ¿Sentiria él
algo por ella, y quería ocultarlo a toda costa?


HOLA!! BUENO AQUI ESTA LA NUEVA NOVELA ... ES DE EVAN :)) ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :)) HASTA PRONTO 

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