Capitulo 9
Cuando Tom detuvo el coche frente a la casa de Anna,
Lori, el ama de llaves, una
mujer bajita y entrada en años, estaba esperándolos en el
porche. El ranchero se
sintió agradecido que trabajara en régimen de interna. No
le hacía gracia tener que
dejar a Anna sola, y el estar con ella ponía a prueba su
autocontrol hasta el mismo
límite. Únicamente su situación de convaleciente impedía
que se rindiese a sus
pasiones, porque, al contrario de lo que la joven creía,
era deseo lo que sentía por ella,
no remordimientos, ni lástima. La deseaba de tal modo,
que era casi como una fiebre.
Salió del coche y lo rodeó para abrirle la portezuela y
tomarla en brazos,
siguiendo a Lori al interior de la casa, y después
escaleras arriba hasta el dormitorio
de la joven.
— ¡Qué alegría tenerte de nuevo en casa, Anna! — exclamó
la mujer mientras
ascendían la escalera—. Hemos estado todos tan
preocupados por ti, chiquilla...
—Gracias, Lori —murmuró Anna.
Estaba pasando un mal rato, tratando de ocultar lo que le
estaba haciendo el que
Tom la llevara en brazos. Podía sentir los fuertes
latidos de su corazón contra su
pecho, y por el modo en que se tensaban las facciones de
él, no le era difícil imaginar
que el contacto de sus blandos senos lo estaba excitando.
Para cuando llegaron al
dormitorio, Anna estaba casi temblando, y también ella se
sintió agradecida por la
presencia del ama de llaves.
—Bueno —dijo de pronto Lori—, pues ya que el señor
Kaulitz está aquí,
aprovecharé para acercarme un momento a comprar unas
cosas que necesitamos para
el almuerzo.
— ¡No! —exclamaron Anna y Tom al unísono.
La mujer dio un respingo, sobresaltada, y se giro para
mirarlos. Por un instante le
pareció que los dos se habían sonrojado, pero se dijo que
debía haber sido su
imaginación.
— Solo serán unos minutos... —murmuró, frunciendo el
entrecejo.
—No se preocupe, me quedaré —claudicó Tom tras carraspear
un poco, mientras
depositaba a Anna sobre la cama.
—Bien, estaré de vuelta en un santiamén —respondió la
mujer sonriendo.
Salió de la habitación, cerrando tras de sí, y al cabo de
un rato oyeron también
el ruido de la puerta de la casa, el coche poniéndose en
marcha, y cómo se alejaba.
Tom bajó la mirada hacia Anna, observando el modo en que sus
hermosos
cabellos de oro le enmarcaban el rostro. Tenía las
mejillas arreboladas, y sus ojos
azules lo miraban embrujados.
La joven advirtió, por cómo subía y bajaba el pecho de
Tom, que su respiración
se había vuelto irregular, y sus ojos descendieron hasta
el cinturón del ranchero y al
bulto inconfundible que se había formado más abajo. Se
sonrojó ligeramente, pero su
mirada fue bajando, a las musculosas piernas, y volvió a
subir hasta los anchos
hombros, el rostro bronceado por sol de Texas y los negros
ojos.
Tom, por su parte, también estaba devorándola con la
vista: primero las largas
piernas, después las sensuales caderas, los generosos
senos. Los pezones se
endurecieron de inmediato bajo la fina tela del vestido,
y Tom tuvo que apretar los
dientes y los puños para no lanzarse sobre ella.
—Te estás excitando —le dijo la joven, casi sin aliento.
—Tú también —contestó él con voz ronca.
Anna tragó saliva y se mordió el labio inferior.
—¿Y qué se supone que pasa ahora? —inquirió en un
susurro.
—Pues que vamos a rezar porque Lori vuelva pronto—
murmuró él, esbozando una
media sonrisa—... antes de que haga algo que los dos
ansiamos.
Anna dejó escapar el aire de sus labios. Se recostó
contra los mullidos cojines
que Lori había colocado encima de la almohada, y se
deslizó lánguidamente hacia
abajo, sobre el edredón de flores, colocando los brazos a
ambos lados de la cabeza, en
una muda invitación.
Tom se estremeció, pero no se atrevía a moverse de donde
estaba, pues estaba
seguro que, de tocarla, de besarla, no podría parar, y
terminaría poseyéndola.
—Tom... —le susurró ella con voz tentadora. Flexionó una
pierna muy despacio,
levantando la falda del vestido para dejar al descubierto
el muslo, y la respiración del
ranchero se volvió casi jadeante.
—Anna, para por favor.
—Pero tú me deseas... —murmuró ella, obstinadamente.
—Sí, más de lo que te imaginas, pero no puede ocurrir así
—le espetó con
aspereza, dándole la espalda.
—¿Por qué no?
Tom apoyó las manos y la frente contra la puerta cerrada.
—Porque siento que no puedo esperar más para hacerte mía
—le dijo con voz
ronca—, y no quiero que nuestra primera vez sea... un
acto desesperado.
—Pero a mí... no me importaría —le susurró ella, ávida
porque él aplacara la sed
que había provocado en ella.
— Sí, claro que te importaría —replicó él. Se dio la
vuelta de nuevo, apoyando la
espalda contra la puerta, y la miró—. Cierra los ojos y
trata de relajarte hasta que
vaya pasando.
Anna dejó que sus párpados cayeran, estremeciéndose al
notar que su cuerpo
estaba siendo bañado por olas de sensaciones todavía
demasiado nuevas para ella:
deseo, tensión, excitación...
Mientras, Tom la observaba, deleitándose con la seguridad
de que estaba
sintiendo exactamente lo mismo que él, y de que su
apetito sexual podría igualar al
suyo a pesar de su inocencia.
Si la reacción de Louisa aquel día no lo hubiera dejado
tan marcado, sin duda no
estaría siendo capaz de mantenerse apartado de Anna tanto
tiempo.
Tras un minuto o dos, la joven se hundió en el colchón
con un suave suspiro, y la
tensión pareció abandonarla.
—¿Mejor? —inquirió Tom.
—Sí —asintió ella, girando la cabeza sobre la almohada
para mirarlo—. ¿Es
siempre así?
Él meneó la cabeza lentamente.
—No siempre. Yo no había experimentado algo tan fuerte
como esto en toda mi
vida.
Bueno, aquello tenía que ser un punto en su favor, se
dijo Anna, esbozando una
sonrisa, y recibiendo otra a cambio.
De pronto, la puerta se abrió, empujando a Tom, que se
apartó al instante, y
apareció la señora Cochran.
—Perdona, Tom —se disculpó riéndose—. No sabía que
estabas detrás de la
puerta. ¿Cómo te encuentras hija? —inquirió volviéndose
hacia Anna, que se había
incorporado como un resorte al ver que se abría puerta.
—Un poco cansada —contestó ligeramente azorada— pero
mejor, mucho mejor.
Lori ha ido a comprar unas cosas y Tom se ha quedado
mientras, haciéndome compañía.
—Gracias, Tom, eres un encanto —dijo Polly Cochran.
—Sí, ya, bueno, pero ahora que ya está usted en casa,
debo marcharme.
Últimamente estoy desatendiendo mucho los asuntos del
rancho.
—Gracias por traer a Anna a casa —le dijo la señora
Cochran.
—No hay de qué —respondió él, dirigiendo una rápida
mirada a Anna, e
intentando que no se notara lo mucho que detestaba la
idea de no poder verla, aunque
solo fuera hasta el día siguiente—. Bueno, pues me voy.
Le dije a Harden que lo
ayudaría a trasladar unas reses esta tarde, pero mañana
me pasaré de nuevo a visitar
a Anna.
—Te lo agradecería muchísimo —contestó ella con una
sonrisa.
—Y yo —intervino la señora Cochran—. Duke me ha invitado
a salir mañana, pero
aún no le he dicho que sí porque no quería dejar a Anna
sola —explico. —Queremos
hablar de... bueno, de nuestra relación.
El rostro de su hija se iluminó.
—¿En serio? —exclamó.
—Sí, bueno, no vayas a hacerte demasiadas ilusiones —dijo
la señora Cochran—,
pero mantén los dedos cruzados.
—Lo haré —prometió Anna entusiasmada ante la idea de que
sus padres fueran a
darse otra oportunidad.
—Entonces, Tom, ¿te sería mucha molestia quedarte mañana
por la tarde con
Anna, haciéndole compañía hasta que vuelva?
Él parecía estar debatiéndose entre ceder a aquella
tentación, o hacer caso a la
vocecilla que le advertía que aquello podía ser
peligroso.
—Eeeeh... no, claro que no —respondió finalmente. No
tenía por qué haber nada
de malo en pasar la tarde con Anna. Charlarían, tomarían
un refresco, verían algo en la
televisión... «¿Televisión?, ¡eso es!» — . Tengo un par
de películas que seguro que a
Anna le gustaría ver.
Exacto, verían la televisión y no ocurriría absolutamente
nada, se dijo, queriendo
convencerse.
Al día siguiente por la tarde, cuando la señora Cochran
se marchó a su cita, Tom
empezó a sentirse nervioso. Había pensado que iban a
sentarse en el salón, pero,
cuando llegó, la joven estaba echada en la cama porque
decía que allí estaba más
cómoda, y como tenía un televisor y un vídeo en el
dormitorio, le preguntó si no le
importaba que vieran allí las películas que había
llevado.
—Por supuesto que no —balbució él, tragando saliva, e
introduciendo una de las
cintas en el vídeo.
Cuando se volvió hacia ella, observó que estaba mirándolo
extasiada, con el
rostro encendido, y carraspeó.
—¿Dónde está Lori, en la cocina? Podríamos decirle que
prepare unas palomitas
si quieres —farfulló con el corazón en la garganta.
—Lori... no está —respondió Anna—. Hoy es su libre.
La mandíbula de Tom se puso rígida.
—¿Serviría de algo que te diera mi palabra de que trataré
de no seducirte?
—sugirió ella con una tranquilidad que no sentía en
absoluto.
Tom notó que todos sus músculos se tensaban al
encontrarse con los ojos de
ella.
—No haría falta que lo hicieras, ¿o es que no lo sabes? —
murmuró—. Basta con
una mirada tuya o una ligera caricia para volverme loco.
El corazón de Anna latía frenéticamente. Era como si de
pronto todos sus sueños
se estuvieran haciendo realidad. Extendió los brazos
hacia él, y aquella vez Tom no
pudo resistirse. Fue junto a ella y se inclinó, dejando
que le rodeara el cuello con
ambos brazos y le atrajera hacia sí, tumbándolo con ella
en la cama. Tom se decía que
no debía hacerlo, pero el cuerpo de la joven era tan
blando, tan bien formado, y ella se
mostraba tan complaciente... Cuando al fin acercó sus
labios a los de ella, fue como si
se produjera un estallido de calor en su interior.
A la joven le parecía que había muerto y había subido a los
cielos. Tiraba
suavemente de los labios de Tom con los suyos,
saboreándolos, mientras la inundaba la
calidez de su cuerpo. Sin embargo, cuando él hizo el beso
más profundo y sus manos le
apretaron cintura, Anna contuvo el aliento y Tom se
retiró al instante.
—¿Qué ocurre, te he hecho daño? —le preguntó preocupado—.
¡Dios, a veces
detesto mi estatura y mi fuerza.
—No me has hecho daño, Tom —le respondió ella
dulcemente—. Es solo, que
siento que me quemo por dentro cuando me besas de ese
modo — murmuró mirándolo a
los ojos.
Él se relajó un poco y le acarició la mejilla con la
mano.
—¿De verdad crees que podría tenerte miedo, Tom? —le
preguntó ella—. ¿Acaso
no te das cuenta de que te deseo tanto que te permitiría
que me hicieras lo que
quisieras?
Un brillo lascivo apareció en los ojos negros del
vaquero. Se inclinó para besarla
ardorosamente, y uno de sus grandes brazos se deslizó por
debajo de ella para alzarla
y apretarla contra su cuerpo. Sus labios acariciaban los
de ella y se retiraban, una y
otra vez, excitándola con una destreza enloquecedora.
Tom se movió para que sus caderas quedaran encima de las
de Anna, y pudiera
notar lo excitado que estaba. La joven gimió ante lo
íntimo que resultaba aquel
contacto, y Tom despegó sus labios de los de ella un
instante para mirarla a los ojos.
No parecía que hubiera miedo en ellos. Se frotó
ligeramente contra ella, y vio que se
sonrojaba. Introdujo una pierna entre las de Anna, y vio
que se sonrojaba y se ponía
algo tensa.
—No, tranquila —le dijo sacudiendo la cabeza—, quiero que
aprendas todo lo que
debes saber sobre mi cuerpo antes de que vayamos más
lejos.
Anna seguía sintiéndose algo turbada, pero le dejó hacer.
—Eso es, no tienes que temer nada —le decía la voz
profunda y sensual de
Tom—. Simplemente estoy dejando que descubras mi cuerpo,
eso es todo.
Ella se relajó un poco más, y a medida que iba
desapareciendo la sensación de
extrañeza por lo nuevo que le resultaba aquello, comenzó
a disfrutar de la sensación
del cuerpo de Tom pegado al suyo, Tom pasó los dedos
lentamente por uno de los
senos de la joven, cuidándose de no rozar el pezón, que
al instante se había puesto
erecto. La miraba a los ojos mientras lo hacía, y oía su
respiración irregular. Anna no
estaba segura de poder soportar mucho más. Sentía que si
no le tocaba el pezón iba a
explotar, se arqueó hacia él, en un ruego mudo de que
pusiera fin aquel delicioso
tormento.
—Lo sé —le susurró él—, sé exactamente qué es lo que
quieres, y voy a dártelo,
pero deja que te haga arder primero.
Las mejillas de Anna se tiñeron de rubor, pero no
protestó, sino que se dejó caer
de nuevo suavemente sobre los almohadones, esperando,
temblando, mientras él
continuaba dándole tanto placer, sin satisfacerla del
todo, hasta que de su garganta
escapó un gemido de frustración.
Tom la apretó más contra él con la mano que tenía debajo
de su espalda, y Anna
le clavó las uñas en los hombros, desesperada.
—Tom, por favor... aaah... por favor... — él inclinó la
cabeza, dejándole sentir su
aliento en las mejillas, los labios..., mientras rozaba
los nudillos muy lentamente justo
por el borde del pezón.
Y entonces, con exquisita delicadeza, tomó el botón
endurecido entre las puntas
de sus dedos. Anna sintió una ráfaga tremenda de calor en
su vientre, y todo su
cuerpo se convulsionó. El placer le nubló la vista, y se
arqueó hacia él con una
expresión de total abandono en el rostro, Tom comenzó a
desabrocharle uno tras otro
los botones de la blusa con una destreza pasmosa, la
abrió, y desabrochó también el
enganche frontal del sostén de encaje. Apartó las copas a
los lados, dejando al
descubierto los hinchados senos de Anna, y contuvo el
aliento extasiado ante la
belleza de aquellas circunferencias de textura cremosa y
sonrosadas aureolas. Los
acarició suavemente, sin dejar de observar la expresión
de su rostro mientras ella se
entregaba a él por completo.
—No sabes hasta qué punto me excitas, me excitas como
ninguna otra mujer lo ha
hecho jamás —le susurró, inclinándose hacia sus pechos
muy despacio— Dios, Anna,
eres deliciosa, y quiero devorarte...
Bajó la boca hasta uno de los senos, y empezó a tirar del
pezón con los labios, a
succionarlo, y Anna se deshizo en gemidos. El placer que
estaba experimentando era
tan intenso que sentía que los ojos se le estaban
llenando de lágrimas. Sus dedos
temblorosos se enredaron en el vello rizado del tórax de
Tom y lo atrajo hacia sí
más aún.
De pronto una de las manos de Tom estaba introduciéndose
por debajo de la
falda de su vestido, y la joven notó que iba ascendiendo
por uno de sus muslos, hasta
alcanzar el vientre.
—Lo que quieras, Tom —le susurró al oído—, te daré lo que
quieras...
Tom se entregó sin restricciones a la necesidad de ella
que lo consumía, y sus
besos se volvieron más ardientes, y sus manos más
insistentes en las caricias que
prodigaban a la joven sin cesar. Anna, en un arrebato de
pasión en medio de aquel
frenesí, le hincó los dientes en el hombro, y no se dio
cuenta de lo que estaba haciendo
hasta que lo oyó inspirar y levantar la cabeza.
—Lo... lo siento —balbució la joven, avergonzada—, te he
mordido.
Pero a Tom no parecía importarle demasiado. Había bajado
la vista a los senos
de la joven, y estaba observando las marcas rojizas que
sus labios habían hecho.
—¿No te he asustado, dejándome llevar así? —le preguntó
quedamente.
—¿Por qué debía haberme asustado? —inquirió ella su vez,
perpleja.
—Porque podría haberte hecho daño —masculló, contrayendo
el rostro,
disgustado consigo mismo, mientras le acariciaba
suavemente las marcas que le había
hecho—. No pretendía perder la cabeza de este modo.
El que fuera capaz de hacerle perder la cabeza hizo que
Anna se sintiera
tremendamente halagada.
—Pero si no me has hecho ningún daño —le dijo con una
sonrisa—. De hecho, me
ha gustado — añadió—. No soy de porcelana, Tom, no voy a
romperme por que seas un
poco brusco.
Anna se acercó más a él y colocó la mano en su camisa.
—¿Me dejas que te toque yo también?
Tom solo dudo un momento antes de ceder a la tentación de
sentir sus manos
sobre su piel desnuda. Desabrochó los botones de la camisa,
tiró del bajo para sacarla
de los pantalones, y miró a Anna a los ojos mientras se
la quitaba y la arrojaba al suelo.
Ella apoyó la frente en el ancho tórax y sus manos se
introdujeron por entre la
densa mata de vello, tirando de él. Tom suspiró y le peinó
el cabello con los dedos.
—Bésame como yo he hecho contigo, pequeña — le pidió,
guiando su boca hacia su
pecho.
Ella contuvo el aliento, algo sorprendida. Nunca se le
había ocurrido que una
mujer pudiera excitar a un hombre del mismo modo que un
hombre a una mujer,
estimulando sus pezones. Sus labios buscaron por entre el
vello rizado hasta encontrar
uno, y frotó la punta de la nariz contra él, después los
labios, y finalmente lo
mordisqueó. El cuerpo de Tom se puso completamente tenso,
y después se estremeció
de arriba abajo.
Anna siguió besando toda la expansión de su musculoso
tórax, y el se echó hacia
atrás, tendiéndose en la cama, para darle mayor libertad
de movimientos. Cerró los
ojos, y se dejó arrastrar por las olas de placer que lo
estaban inundando, y gimió
cuando Anna tiró con los dientes del otro pezón. La
joven, encantada de tenerlo
completamente a su merced, se volvió más atrevida,
descendiendo hacia las estrechas
caderas, y lo mordió con delicadeza justo encima del
ombligo.
Tom se convulsionó, arqueándose hacia ella y emitiendo un
profundo gemido
gutural. Y de pronto, como si no pudiera aguantar más
aquel tormento, la hizo rodar a
un lado sobre el colchón, le quitó la blusa y el sostén,
arrojándolos al suelo, y la hizo
incorporarse hasta quedarse sentada para poder admirarla
mejor.
Entonces la tomó por los brazos y la atrajo hacia sí
poniendo en contacto sus
senos con su pecho desnudo, y comenzó a frotarla contra
él. Anna nunca había
experimentado algo tan íntimo, nunca había imaginado que
fuera a estremecerse en un
éxtasis delirante solamente por la sensación del vello
del tórax de un hombre contra
sus pechos. Hincó las uñas en los hombros de Tom y empezó
a moverse con él.
—Hazlo con más fuerza, Tom, con más fuerza., —le rogó.
El ya ni siquiera podía pensar. Bajó la vista al lugar
donde sus cuerpos se
frotaban, y observó fascinado los pezones erectos de Anna
deslizándose arriba y
abajo por su tórax. Aumentó la presión y la fricción,
ligándola más aún a él, y
moviéndola de lado a lado, encantado con sus gemidos, y
el ligero dolor de sus uñas
hundiéndosele en la espalda. Y, de repente, tomándolo por
sorpresa, la joven bajó la
cabeza hacia su hombro izquierdo y lo mordió de nuevo,
con fuerza, dibujando
círculos con la lengua sobre su piel desnuda.
Una de las manos de Tom se había deslizado hasta la parte
baja de la espalda de
Anna, y estaba empujándola rítmicamente contra su
entrepierna mientras la besaba
con fiereza.
En ese momento, ella le habría dejado hacerle cualquier
cosa que hubiera
querido, y aun cuando despegó sus labios de los de ella,
Anna se arqueó hacia él con los
ojos cerrados, empujando sus caderas y arqueándose
haciendo que sus senos
rebotaran ligeramente, alzándose hacia su boca.
Tom se estremeció. Sabía lo que la joven estaba
implorándole sin palabras,
sabía que si quería, ella le permitiría desnudarla por
completo y hacerla suya, pero
precisamente fue aquella sumisión sin condiciones lo que
lo hizo detenerse.
—Tom... ¿qué pasa?, ¿Por qué has parado? — murmuró ella,
mimosa, frotando sus
senos contra su tórax de nuevo e imprimiendo besos en su
cuello.
—Anna, no hagas eso —le suplicó él—, me vuelves loco
cuando haces eso.
—Pero tú me deseas... podríamos hacer el amor... —insistió
Anna febril.
—No, no podemos hacer el amor en tu cama, en tu
habitación. Tus padres podrían
presentarse en cualquier momento, o Lori.
—Mmm... podríamos cerrar la puerta de la casa — gimió
ella.
Pero él se apartó de ella y la tomó por la barbilla
haciendo que lo mirara a los
ojos.
— Inspira, cariño, inspira profundamente —dijo—, inspira
y relájate. El deseo
pasará. Lo que hemos estado haciendo era mucho más que
una experiencia física
placentera, es algo que debe quedar dentro de los
confines del matrimonio. Si te dejo
embarazada quiero que sea después de que nos hayamos
casado, no antes.
Anna se dijo que seguramente había oído mal.
—Pero si tú no quieres casarte —balbució.
—Dios, ya lo creo que quiero —dijo él con ardor
besándola—. Si tú aceptas, nos
casaremos. Vamos Anna, di que sí —le susurró.
Ella sentía que el corazón iba a estallarle de felicidad.
— ¡Sí!, ¡oh, Tom, si quiero! —exclamó, arrojándose a sus
brazos.
—No tendremos un noviazgo largo —le prometió, él—. Mañana
mismo iremos a
pedir la licencia.
—¿Tan pronto? —inquirió ella, apartándose para mirarlo.
—Es que últimamente siento que no puedo estar lejos de ti
más de cinco minutos
—confesó él riéndose—. Quiero que estés siempre a mi
lado, Anna. Y ahora
deberíamos vestirnos y bajar al salón a ver esas cintas
de vídeo —murmuró,
levantándose y recogiendo la ropa del suelo—, o
terminaremos enredados el uno al otro
de nuevo y llegaremos hasta el final.
Capitulo 10
Tom no perdió el tiempo y empezó a organizarlo todo para
la boda de inmediato.
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a recoger a Anna
para ir a solicitar la
licencia para casarse e ir a hacerse los
análisis de sangre necesarios. Le habían dado la
noticia a los padres de la joven el día anterior, cuando
regresaron de su cita, pero no
les sorprendió en absoluto, y los felicitaron sonrientes.
Anna se sentía en las nubes. Tom había empezado a
mostrarse abiertamente
afectuoso con ella, besándola en público, y tomándola por
la cintura cuando iban juntos
por la calle. Tenía aún sus dudas con respecto a sí
sentía algo por ella, pero si no la
amaba, desde luego debía decir en su favor que era un
gran actor.
Esa tarde, después de que hubieran completado el pesado
papeleo, Tom la llevó a
almorzar a un restaurante en el centro de la ciudad.
—Apenas has probado la comida —comentó, observando el
plato de Anna.
—Es que todavía no acabo de creerme que esto no sea un
sueño —le confesó
Anna.
—Te entiendo —respondió él, sonriendo— la verdad es que
yo nunca había
pensado seriamente en el matrimonio, por mucho que de
boquilla le dijera a todo el
mundo que quería una esposa y un hogar. Por cierto, esto
me recuerda que aún no te he
comprado un anillo para formalizar nuestro noviazgo. ¿Te
gustaría un diamante?
Anna se había convencido de que iba en serio con la
licencia y los análisis de
sangre, pero la mención de un anillo, hizo que su corazón
empezase a palpitar más
deprisa. Era un símbolo de compromiso.
—Pues yo... —balbució emocionada, sin poder articular
palabra.
—No me vayas a decir que quieres una esmeralda —murmuró
Tom, entornando
los ojos.
Anna reprimió una sonrisa maliciosa.
—No, no quiero una esmeralda —le dijo—. Además, creo que
las esmeraldas no
son una buena inversión, ¿no? —añadió.
Tom frunció el ceño.
—Cariño, no voy a comprarte un anillo a modo de
inversión, esto no es una
operación mercantil.
—Lo siento —murmuró ella azorada.
Lo cierto era que no podía decirle que no comprendía por
qué quería casarse con
ella. Estaba segura de que le importaba, aunque solo
fuera un poco, pero con eso no le
bastaba. Anna quería que él la amase, como ella lo amaba
a él. Desde el accidente se
había mostrado muy atento y amable, y, sin embargo, no
tenía claros sus sentimientos
por ella.
Lo que ella ignoraba, era que Tom todavía no había
logrado dejar atrás sus
temores. Había decidido seguir adelante a pesar de ello,
principalmente empujado por
el temor a que se casara con Randall. El ranchero se
decía que, a pesar de sus
confesiones de amor eterno, estaba corriendo un riesgo
muy grande, tanto por la
diferencia de edad como por la inocencia de la joven.
Por otra parte, Anna tenía un motivo más para dudar de
los motivos que llevaban
a Tom al altar. ¿Qué ocurriría con Nina? ¿Cómo podía
saber si él no sentía todavía algo
por la modelo? ¿Y cómo estar segura de que no estaba
casándose con ella por lástima y
arrepentimiento, o simplemente porque la deseaba?
Tomó un sorbo de agua, inmersa en sus pensamientos, pero
de pronto, como si
sus preocupaciones hubieran conjurado su aparición allí,
por la puerta del restaurante
entró Nina, sola. Inmediatamente los vio, y se acercó a
su mesa.
Tom también la había visto, y maldijo para sus adentros.
Como un caballero que
era se puso de pie, pero la mirada en sus ojos no era
precisamente de bienvenida.
—Vaya, hola Tom —murmuró Nina con esa voz suave que casi
parecía un
ronroneo—. ¿Cómo estás, cariño? Hace días que no te veo.
¿Qué has estado haciendo?
—He estado ocupado —respondió él sucintamente —. Anna y
yo nos hemos
comprometido y vamos a casarnos.
Nina se quedó de piedra. Durante un buen rato no se
movió, ni articuló palabra, y
finalmente emitió una carcajada áspera.
—¿Que te vas a casar con Anna? ¿Después de todo el tiempo
que te has pasado
huyendo de ella? Bueno, bueno, ¿qué es lo que has hecho,
Tom?, ¿Dejarla embarazada?
—Ya basta, Nina —le advirtió Tom en un tono gélido.
Los ojos de la modelo se fijaron en Anna, destilando puro
odio.
—¿No habrás sido tan estúpida como para creer que de te
ama, verdad? —le
espetó—. ¡Lo único que lo mueve es el deseo!, ¡Demasiado
bien lo sé yo! —Masculló,
estremeciéndose de ira, y atrayendo la atención de las
personas sentadas en las mesas
más próximas—. Le di todo lo que tenía, y ya ves, ni aun
así he podido retenerlo a mi
lado.
—Nina, por favor, déjalo ya —le rogó Tom quedamente—.
Estás dando un
espectáculo.
El labio inferior de la modelo temblaba cuando alzó el
rostro para mirarlo. A
pesar de lo bochornoso de la situación, Anna no pudo
evitar sentir lástima por ella. Era
obvio que Nina estaba enamorada de Tom. Debía ser
terriblemente doloroso para ella
tener que ver cómo se lo llevaba otra mujer.
— Supongo que no es culpa de nadie... —sollozó Nina—,
supongo que soy la clase
de mujer con la que a los hombres les gusta divertirse
pero con la que jamás se casan
—miró a Tom con dureza—. Todo el mundo decía que lo que
te atraía era la
experiencia, la sofisticación, pero estaban equivocados,
¿no es verdad? ¡Mírate,
seduciendo a adolescentes!
Sin poder contener más las lágrimas, se giró sobre los
talones y salió corriendo
del restaurante. Tom se quedó un momento de pie, muy
serio, mirando hacia la puerta,
tras la cual había desaparecido, y finalmente se dejó
caer sobre la silla con pesadez.
—Siento que hayas tenido que presenciar algo así —le dijo
a Anna sin mirarla, y
con la mandíbula tensa.
—Ella te ama —murmuró la joven con los ojos fijos en su
regazo.
—Sí —asintió él—, pero yo no la amo a ella, y no se puede
obligar a las personas a
sentir lo que no sienten, Anna. Puede que sea duro, pero
la vida es así.
La joven lo miró espantada al oír esas palabras. ¿Qué
estaba haciendo?, ¿Por
qué se engañaba?, Iba a casarse con él cuando tampoco a
ella la amaba. ¿Qué clase
de matrimonio iba a ser el suyo? Una pareja era cosa de
dos. Con el tiempo, el deseo
se iría debilitando, y cuando hubiese desaparecido del
todo, ¿qué quedaría?
Tom la miró de reojo y al ver la expresión sombría de su
rostro, creyó que se
debía a la escena de celos que Nina había montado hacía
unos instantes. Maldijo su
suerte para sus adentros y llamó al camarero para pedir
la cuenta, ignorando las
miradas curiosas de los demás comensales. Nina había
desbaratado lo que podía haber
sido un día perfecto, acabando de un plumazo con el buen
humor de Anna y del suyo
propio.
Había creído que la modelo se daría cuenta de que no
estaba interesado en ella.
Hacía semanas que no la llamaba. ¿No era eso suficiente
indicación de que no quería
volver con ella? No, se dijo, la culpa era solo de él. La
había utilizado para mantener a
Anna apartada de él, y aunque ella había estado de
acuerdo, tenía que haber parado
cuando advirtió que Nina parecía estar ilusionándose.
Debería haber tenido una larga
charla con ella antes de pedir a Anna que se
comprometiera con él, pero con el
inesperado suceso que había postrado a Anna en la cama
del hospital durante varios
días se había olvidado casi por completo de ella,
preocupado como estaba. Tenía que ir
a disculparse.
—Creo que será mejor que esperemos a mañana para ir a
comprar los anillos, si
no te importa —le dijo minutos más tarde, cuando ya
habían abandonado el
restaurante, y estaba deteniendo el coche delante de la
casa de la joven—. Hay
algunas cosas que tengo que arreglar antes.
—Por mí está bien —contestó Anna en un tono apagado—, de
todos modos, el día
ya se ha echado a perder.
Tom apagó el motor y se giró hacia ella, contrayendo el
rostro al ver la
expresión desolada en los ojos de Anna.
—Lo siento —murmuró con voz ronca.
— ¿Por qué te estás disculpando? —le espetó ella—. No es
culpa tuya que las
mujeres te persigan. Al fin y al cabo, yo fui una de
ellas —añadió con una risa amarga.
—No —le contestó él con firmeza—. Tú no eres una más, si
es eso lo que quieres
decir. Te he pedido que te cases conmigo, Anna, ¡no que
pases una noche conmigo en la
cama para divertirme un rato!
—Oh, y me doy cuenta del gran honor que supone —le dijo
ella sarcástica. Lo
miró con verdadero pánico en los ojos—. ¿Qué clase de
vida nos espera, topándonos
con todas las amantes a las que has ido dejando en el
camino cada vez que salgamos a
comer o cenar? Tom, no es esto lo que quiero —le dijo
desesperada—, ¡no puedo
casarme contigo!
Tom la agarró por el brazo, atrayéndola hacia sí y
obligándola a mirarlo a los
ojos.
—No, ni hablar —le dijo en un tono áspero—, no voy a
permitir que te eches
atrás.
— ¡No puedes obligarme, yo...!
Pero no pudo terminar la frase, porque los labios
masculinos tomaron los suyos.
Al principio se revolvió, aunque fue solo unos segundos,
antes de derretirse entre sus
brazos. El calor y la destreza de sus labios la
debilitaban, era incapaz de resistirse. Le
echó los brazos al cuello, y comenzó a responderle con
fervor.
—No estás jugando limpiamente, Tom... —murmuró cuando él
finalmente la dejó
respirar.
—No estoy jugando contigo, Anna —le contestó él muy
serio, clavando sus ojos
oscuros en los ojos de ella—. Nina sabía muy bien que no
tenía ninguna posibilidad
conmigo, porque lo nuestro acabó hace mucho tiempo, y yo
nunca le hice ninguna
promesa. Sé que jamás debí proponerle aquel trato
estúpido para desalentarte, y que
debí darme cuenta de que estaba albergando esperanzas al
ver que yo seguía saliendo
con ella cuando tú empezaste a ignorarme. Yo lo hacía por
despecho, pero por salvar mi
orgullo le decía a ella que era porque tenía asegurarme
que tú captabas el mensaje.
—Entonces era verdad lo que decía la gente, lo que todos
pensábamos, que la
estabas utilizando — murmuró la joven con tristeza.
Las facciones de Tom se tensaron.
—Sí, la utilicé —admitió—, la utilicé sin el menor pudor.
Tiene todo el derecho a
estar enfadada conmigo, pero tampoco puede decir que no
sabía lo que estaba
haciendo. Ella estuvo de acuerdo en ayudarme a
desalentarte, y me dijo que lo hacía
de buen grado, como un favor a cambio de otro que yo le
hice hace un tiempo,
presentándole a un amigo de una agencia de moda.
A Anna le temblaba el labio inferior, y sus ojos estaban
llenándose de lágrimas.
—¿Y cómo sé que no te acostaste con ella? —le espetó con
la voz quebrada.
— Si quieres saberlo, hace años lo hice —le respondió,
él—, pero no he vuelto a
hacerlo desde que rompimos nuestra relación. Como te he
dicho, ya ni siquiera logro
excitarme con otras mujeres, y con Nina mucho menos que
con ninguna.
Anna giró el rostro hacia la ventanilla. El cielo estaba
nublado, igual que su vida,
pensó.
—¿Por qué quieres casarte conmigo, Tom? —le preguntó,
dejando escapar un
suspiro cansado. Él levantó la cabeza, con el ceño
fruncido.
—¿«Qué»?
—Necesito saber por qué quieres casarte conmigo—le
repitió ella—. ¿Es por
lástima, porque te sientes culpable, porque me deseas, o
por las tres cosas?
— ¡Por Dios, Anna!, ¿Cómo puedes seguir dudando de ese
modo de mí? ¿No
confías en mí en absoluto?—le dijo, sintiéndose
derrotado—. Sé que no me he portado
bien contigo, pero si tan poca fe tienes en mis motivos,
¿por qué has aceptado?, ¿Por
qué estás dispuesta a acompañarme al altar?
Ella lo miró a los ojos.
—Porque te amo —le respondió sin dudar. Tom extendió la
mano hacia sus
cabellos dorados y acarició un mechón entre sus dedos.
—Pero no estás segura de mis sentimientos —le dijo
frunciendo los labios—. Si
de verdad me amas, ¿no deberías estarlo? —la increpó
suavemente.
Ella estudió su rostro entristecida.
—¿Cómo puedo estar segura de tus sentimientos si nunca me
has dicho lo que
sientes por mí?
Los ojos de Tom descendieron hasta sus labios.
—¿Qué crees tú que siento? —inquirió.
—Yo... no lo sé. Has estado muy distinto desde lo que me
ocurrió en Houston —le
contestó—, y, antes de eso, te encargaste de dejarme
claro constantemente que me
querías fuera de tu vida. Dime, ¿qué tengo que pensar
cuando un vagabundo me ataca
en la calle, y de pronto tú me pides que me case contigo?
—Haces que suene como si fuera una persona voluble, Anna
—le dijo él. Sin
embargo, no podía negar que era cierto lo que había
dicho, y que en su lugar, él estaría
teniendo las mismas dudas.
—No he pretendido decir que seas voluble —replicó ella—,
solo que te sientes
inseguro. Que no quieres atarte, y, sin embargo, parece
que te sientes en la obligación
de casarte conmigo porque te doy lástima o te sientes
culpable por cómo me has
tratado hasta ahora.—Si como me has asegurado una y otra
vez tus motivos no son esos,
¿por qué no me dices cuáles son? Nunca me has dicho lo
que sientes.
No había podido hacerlo, tenía demasiadas inseguridades
después de lo ocurrido
con Louisa.
—¿Acaso te convencerían mis palabras? —le preguntó,
acariciándole los labios
con el índice—. Yo creo que no —le dijo—. Te has metido
en la cabeza esa idea de que
te tengo lástima, y me temo que nada de lo que diga
cambiará eso. Tendrás que
confiar, y esperar.
Un destello de temor ante ese futuro incierto relumbró en
los ojos de Anna,
pero no dijo nada. Tom la besó suavemente en los labios.
— Vamos a tener la más inusual de todas las noches de
bodas: probablemente
será la primera vez que el novio está nervioso —murmuró.
— Tom, ¿de verdad tienes miedo a hacerme el amor? —le
preguntó ella.
—Dios, Anna, ¿acaso no es obvio? He luchado contra lo
nuestro precisamente por
tu propio bien, porque temo no poder controlarme y
asustarte, o lo que es peor,
hacerte daño.
—¿No te parece que exageras un poco? —le dijo ella,
tratando de quitarle hierro
al asunto, que según parecía era un verdadero trauma para
él.
Tom dejó escapar un suspiro con pesadez.
—Anna, podría hacerte daño —murmuró—, podría excitarme
demasiado, perder
el control, asustarte, y ser incapaz de parar.
—Tom, yo no te tengo miedo, ni podría tenértelo jamás. No
se puede tener
miedo de la persona a la que se ama.
—Louisa me amaba y sintió pánico solo con verme desnudo
—le espetó Tom
sacudiendo la cabeza.
Anna se quedó mirándolo un buen rato, sabiendo que,
siendo como era un hombre,
lo heriría en su orgullo con lo que le iba a decir, pero
estaba convencida de que era así.
—¿De verdad crees que te amaba? Si te hubiera amado
habría estado dispuesta
a entregarse a ti, a pesar del miedo de la primera vez.
Yo te amo, Tom, te amo hasta
tal punto que estoy dispuesta a confiar en ti, a no dudar
de ti, como me has pedido.
Lo besó de nuevo en los labios, con increíble ternura y
sensualidad, como si con
ese beso quisiera expresar lo que sentía por él y que no
lo temía en absoluto, y se bajó
del coche. Se quedó mirándolo un momento allí de pie,
junto al vehículo, con las gotas
de lluvia colgándose de sus cabellos dorados como gotas
de rocío, e imprimiendo
pequeños puntos oscuros en su vestido. Finalmente se dio
la vuelta, y caminó hacia la
casa, entrando en ella sin mirar atrás.
Tom se había quedado muy quieto, pensando en lo que ella
acababa de decirle. ¿Y
si tuviera razón? ¿Y si hubiera desperdiciado aquel
tiempo de su vida cortejando a una
mujer que no lo había amado? ¿Y si Harden había estado en
lo cierto cuando le había
dicho que Louisa solo iba detrás del dinero de la
familia? Si hubiera sido así, los dos
últimos años podría haber sido feliz soñando con el día
en que convirtiera a Anna en su
mujer, en vez de haber estado atormentándose por algo que
no debía haber sido más
que un autoengaño.
Tal vez aquel que él había creído su gran amor había
acabado en tragedia
precisamente porque no había sido capaz de ver esa verdad
a la que Anna le había
abierto los ojos: que Louisa nunca lo había amado. Para
su orgullo era algo difícil de
aceptar.
Capitulo 11
Tom y Anna se casaron el viernes por la mañana, con sus
familias amigos como
invitados a la ceremonia, que fue breve pero muy hermosa.
La joven apenas podía
creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad hasta
que él deslizó la alianza en su
dedo y la besó tiernamente en los labios.
Sin embargo, a pesar de aquella ternura, Tom estuvo
preocupado todo el tiempo
durante el banquete de bodas que se celebró en el rancho,
y solo Anna sabía por qué:
temía como a un miura la noche de bodas, atormentado como
estaba por aquel
incidente del pasado, y estaba convencido de que ella
saldría huyendo.
La joven naturalmente estaba algo nerviosa, pero estaba
segura de que todo iría
bien. Solo tenía que lograr convencer a Tom de que su
fuerza no lo convertiría en un
peligro para ella en la cama, y aquello era más sencillo
pensarlo que hacerlo.
—Ha sido una boda preciosa, cariño —le dijo su madre,
antes de que partieran a
su viaje de luna de miel a Nueva Orleáns—. Espero que
seáis muy felices.
—Gracias, mamá, lo seremos —le contestó ella, esbozando
una sonrisa. La besó
en la mejilla, la abrazó, y lanzó una mirada en dirección
a su padre, que estaba
hablando con Tom y Harden—. ¿Qué me dices de papá y de
ti? —le preguntó a su
madre.
—Tiene que volver a Atlanta esta noche.
— Oh —murmuró la joven, entristecida por ellos.
—No me has dejado acabar —le dijo su madre de pronto,
echándose a reír—. Me
marcho con él a pasar unos días —le explicó—. Además, me
ha dicho que va a pedir el
traslado a Houston, para que pueda venir a casa las
noches que no tenga algún vuelo.
Vamos a volver a ser una familia otra vez, Anna, y cuando
tu padre se jubile, y me ha
prometido que va a hacerlo el año próximo, creo que yo
también voy a dejar la
inmobiliaria, y nos dedicaremos a recorrer juntos el país.
—Oh, mamá, me alegro tanto por vosotros... —suspiró Anna,
sonriendo entre
lágrimas—. Todo esto parece demasiado bonito para ser
cierto. ¡Soy tan feliz!
—Yo también, cariño —respondió su madre, secándole las
lágrimas y besándola de
nuevo—. Pásalo muy bien en vuestro viaje y cuídate.
—Tú también, mamá.
Minutos después, la joven estaba sentada en el coche con
su marido, camino del
aeropuerto.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó él suavemente, girando la
cabeza para mirarla.
—Extraña, pero muy feliz, ¿y tú?
—Pregúntame mañana por la mañana —le contestó él con una
risa seca.
—Oh, Tom... —gimió ella meneando la cabeza—. ¿Acaso voy a
tener que
emborracharte y seducirte?
Pero él no se rió, y sus facciones se tensaron.
—No tiene gracia.
—Pero si no te tengo ningún miedo —insistió ella una vez
más, con una sonrisa.
—Eso espero, porque esta noche tendrás que demostrarlo.
Anna suspiró y renunció a tranquilizarlo, girando el
rostro hacia la ventanilla y
observando el paisaje. El día por el que tan largamente
había esperado había pasado
como una exhalación, y su luna de miel estaba a punto de
comenzar.
Tras instalarse en el hotel, Anna y Tom aprovecharon la
tarde para explorar la
colorida ciudad de Nueva Orleáns. Recorrieron el French
Quarter y la calle Bourbon, y
cuando empezaba a anochecer regresaron al hotel y fueron
al restaurante antes de
subir a la habitación.
Durante la cena, Anna trató varias veces de entablar
conversación con Tom,
porque lo notaba cada vez más tenso, pero era como
intentar hacer hablar a una
pared.
Y si había creído que las cosas no podían empeorar,
estaba equivocada: cuando
finalmente se retiraron a la habitación, cerró la puerta
detrás de ellos, le rodeó el
cuello con los brazos y trató de besarlo, pero él se
apartó.
—No, no —balbució rehuyendo su mirada—, ahora no.
—Pero, Tom, estamos casados —le dijo ella suavemente—. No
pasa nada.
—Ya lo creo que pasa —masculló él. Agarró su sombrero y
se dirigió a la puerta—
Tengo una reunión de negocios. Volveré tarde, así que no
me esperes despierta.
— ¿Una reunión de negocios? ¿En nuestra noche de bodas?
—exclamó ella, fuera
de sí.
Tom era incapaz de mirarla a los ojos. Había dejado que
la ansiedad se fuese
acumulando en él, y había llegado a un punto en que se
sentía aterrado ante la sola idea
de tocarla. Aquella absurda excusa era lo único que se le
había ocurrido en ese
momento de desesperación para poder tener tiempo para
calmarse y reunir el
suficiente valor para enfrentarse a lo que tanto temía.
—Lo siento, es un cliente que vive aquí, en Nueva Orleáns
—mintió—, y me dijo
que era muy urgente —farfulló—. Volveré cuando pueda.
Buenas noches.
Y salió de la habitación, dejando a Anna boquiabierta.
¿Cómo iba a sobrevivir a un
matrimonio en el que su marido ni se atrevía a tocarla?
Con las lágrimas rodando por sus mejillas, se puso el
camisón, se lavó los dientes
y se acostó, pero estuvo dando vueltas en la cama durante
horas, hasta que finalmente
se quedó dormida.
Entretanto, Tom estaba sentado en la barra de un bar,
tratando de convencerse
de que no era King Kong. Aunque detestaba la bebida, tomó
un vaso tras otro de
whiskey, maldiciendo su estatura y su fuerza, hasta que
el local se quedó vacío y el
camarero le dijo que iban a cerrar. Pagó lo que había
consumido y regresó al hotel,
preguntándose si Anna se habría dormido.
A la mañana siguiente, cuando la joven se despertó, tuvo
la sensación de que no
estaba sola en la cama. Se dio la vuelta con cuidado, y
comprobó que Tom estaba
tumbado junto a ella. Con un suspiro, se incorporó un
poco, apoyándose en el codo, y lo
observó mientras. Así, dormido, parecía más joven, y
menos fiero. Pobre hombre
atormentado, se dijo. La verdad era que no podía
culparlo. Sabía bien que el ego era el
punto más débil en los hombres, y aquel desafortunado
incidente del pasado debía
haber sido un golpe muy duro para el ego de Tom. Pero no
podían seguir así.
No le parecía demasiado bien aprovecharse de él mientras
dormía, pero el miedo
irracional de Tom a herirla hacía imposible cualquier
otro proceder. Se quitó el
camisón y se sonrió mientras miraba el apacible rostro de
Tom. Con suerte, tal vez
creería que estaba soñando.
Con mucho cuidado de no despertarlo, retiró la sábana, y
se quedó sin respiración
al ver que no llevaba puesto ni siquiera un pantalón de
pijama. Nunca había visto a un
hombre desnudo, pero no sintió en absoluto temor al verlo
como él había temido que
ocurriera. Era magnífico, como una escultura griega.
Se colocó sobre él, e inclinándose, comenzó a acariciarle
los pezones con las
puntas de los dedos. Se pusieron duros al instante, y
pudo escuchar cómo se le
aceleraba la respiración cuando comenzó a tirar de ellos
con los labios. Sus manos se
deslizaron por el ancho tórax, y fueron bajando hasta
alcanzar los costados, las
caderas... Al mismo tiempo, sus labios iban siguiendo la
misma trayectoria
descendente, besándolo, mordisqueándolo ligeramente.
Justo cuando llegó debajo del
ombligo, Tom gimió, y arqueó la espalda sensualmente.
Anna movió la cabeza de un lado
a otro para hacer rozar sus largos y dorados cabellos por
las caderas y los muslos de
su esposo, y él suspiró su nombre.
Alentada por esas muestras de agrado, Anna comenzó a
imprimir besos por toda
la cintura de Tom, mientras sus dedos descendían
lentamente hacia el estómago y
los poderosos muslos, pero de pronto, cuando más absorta
estaba en ello, sintió unas
manos en su cintura. Levantó la cabeza y vio que Tom
estaba despierto. La hizo rodar
sobre el colchón, colocándose él encima de ella, y sin
darle tiempo a decir nada, engulló
uno de sus senos en la boca, lamiendo repetidamente el
pezón con la lengua mientras
succionaba.
Anna se estremeció extasiada, sosteniéndole la cabeza
contra su pecho. Las
manos de Tom estaban ya por todo su cuerpo, y de repente
una se introdujo por entre
sus muslos, haciéndole abrir las piernas.
Tom la tocó del modo más íntimo que ella jamás habría
podido imaginar, y Anna
inspiró, sorprendida por la repentina ráfaga de placer
que le produjo el lento
movimiento de sus dedos. Y entre tanto, todo el tiempo,
su boca iba alternando entre
uno y otro seno, besándolos, lamiéndolos y
mordisqueándolos con devastadora
maestría.
Ella cerró los ojos, abandonándose a aquellas deliciosas
sensaciones. Su cuerpo
se retorcía debajo del de él, y de su garganta escapaban
suaves gemidos a medida que
la temperatura subía más y más.
La boca de Tom cubrió la suya cuando sus dedos
traspasaron la última frontera.
Sintió un ligero dolor y gimió, pero los labios de Tom la
tranquilizaron, imprimiendo
cálidos besos en su frente primero, y después en sus
párpados cerrados, mientras
seguía acariciándola en la parte más íntima de su ser.
Pronto el dolor quedó olvidado
ante las increíbles sensaciones que estaba despertando en
ella, y sus caderas
comenzaron a levantarse hacia los dedos culpables de
aquel maravilloso tormento.
Anna sintió el aliento de Tom sobre sus labios justo
antes de que susurrara su
nombre, abrió los ojos, y se encontró mirándose en los
suyos.
Sin apartar la mirada de ella, Tom se colocó lentamente
entre sus piernas.
—No... no dejes de mirarme —le dijo a Anna jadeante, al
ver que iba a bajar la
vista.
Ella tragó saliva al sentir segundos después a Tom del
modo más íntimo posible.
Se sintió algo nerviosa, pero no dejó de mirarlo a los
ojos.
—Allá vamos —murmuró él—. Clávame las uñas si eso te
ayuda.
Anna contuvo el aliento. Tom arqueó las caderas con
cuidado hacia las suyas, y
empujó suavemente. La joven, a pesar de que se había
prometido que no se mostraría
asustada en ningún momento, se tensó.
—Shhh —la tranquilizó Tom, mirándola con dulzura—. Puedes
hacerlo, Anna,
trata de relajarte, intenta que tu cuerpo absorba el mío.
Imagínate un pájaro
zambulléndose en el agua —le susurró mientras comenzaba a
moverse—. Absórbeme,
pequeña... tómame... dentro de ti.
Aquellas imágenes resultaban muy excitantes. Anna bajó la
vista al punto donde
sus cuerpos se estaban uniendo, y lo que vio la dejó sin
aliento.
—No, no mires ahí —le dijo él con suavidad, convencido de
que iba a entrarle
pánico—. Mírame a mí, Anna.
Ella volvió a subir la vista hacia el rostro de su
marido, pero en sus ojos no había
ningún temor. Arqueó la espalda, conteniendo el aliento,
y lo miró llena de deseo.
—Oh, Tom...
Y empujó las caderas, absorbiéndolo. Sintió un dolor
punzante, y gritó, pero
volvió a empujar hacia él con más fuerza, y entonces la
barrera en su interior cedió,
dando paso a un alivio exquisito.
Su respiración se tornó rápida y entrecortada, y se formó
la más hermosa de las
sonrisas en sus labios mientras miraba a Tom a los ojos.
—Aaah... sí... —jadeó, estremeciéndose al sentir el poder
de su masculinidad.
Tom dejó escapar un suspiro tembloroso, y comenzó a
marcar un ritmo suave y
sensual. Mientras sus caderas subían y bajaban, se
inclinó para besarla en los labios, y
las manos de Anna descendieron por su espalda hasta
alcanzar la parte baja, y
permanecieron allí, acariciándolo en círculos. El se
estremeció, y ella volvió a hacerlo.
—Para, Anna... —le rogó Tom—, vas a hacerme perder el
control...
—Pero yo quiero que lo pierdas... —gimió ella, esbozando
una sonrisa y
besándolo—. Déjate ir —susurró contra sus labios —déjate
ir, Tom. No pasará nada,
cariño, no vas a hacerme daño...
— ¡Anna...!
El nombre de la joven había abandonado los labios de Tom
en un gemido
atormentado, pero finalmente se dejó convencer, y de
pronto comenzó a sacudir sus
caderas con más fuerza. Perdió el miedo a hacerle daño, y
los últimos vestigios de
control sobre sí mismo se diluyeron en la tremenda
necesidad que sentía de satisfacer
el deseo que se había acumulado en su interior.
En medio de las oleadas de placer que la estaban inundando,
Anna observó como
el torso de Tom se arqueaba, tensándose completamente, y
como su rostro se
contraía en la que parecía la más terrible de las
agonías. Echó hacia atrás la cabeza y
gritó, convulsionándose con tanta violencia, que Anna
pensó que iba a perder la
conciencia.
Cuando se puso rígido y cayó con pesadez sobre ella, la
joven todavía estaba
temblando por el deseo insatisfecho. Vio que él empezaba
a levantar las caderas, como
para apartarse de ella, y, frenética, le hincó las uñas
en ellas para mantenerlo contra
sí.
— ¡Tom, no, por favor...! —sollozó.
— Casi has alcanzado el cielo pero no del todo, ¿verdad?
—le susurró Tom con
voz ronca—. Dame tus labios y agárrate, cariño. Voy a
satisfacerte por completo.
Anna alzó el rostro hacia él y este comenzó a besarla,
con dulzura primero, y
mayor insistencia después, introduciéndole la lengua en
la boca una y otra vez
mientras sus caderas subían y bajaban lentamente.
Fue cuestión de segundos. Los gemidos de placer de Anna
quedaban ahogados por
los labios de Tom. Estaba sintiendo un placer tal que lo
único que podía hacer era
aferrarse a su marido mientras aquella cadencia deliciosa
la transportó muy lejos,
para después quedarse en calma, como una playa después de
la tormenta.
Tom besó los ojos humedecidos de la joven, pero ella no
quería dejarlo ir aún.
—Abrázame, Tom, no te apartes de mí...
—Está bien —le susurró sonriendo exhausto.
Se tumbó de nuevo con cuidado sobre ella, apoyándose en
los antebrazos para no
depositar todo su peso. Había sido perfecto. Toda aquella
preocupación... ¡para nada!,
Se dijo sintiéndose como un tonto.
—Iba a apartarme porque pensaba que estarías incómoda —le
dijo suavemente.
—Te quiero, Tom —murmuró ella, rodeándole el cuello con
los brazos y
acariciándole la nuca—. Ha sido... me he sentido... como
en el cielo...
— Yo también —dijo él con un suspiro—. ¿Estás bien, no te
he hecho daño?
—No, no me has hecho ningún daño —le aseguró la joven,
mordisqueándole el
lóbulo de la oreja—. Y ahora, ¿dejarás de huir de mí?
—¿Acaso tengo otra elección? —bromeó Tom, levantando la
cabeza para mirarla,
esbozando una sonrisa traviesa—. Te has entregado a mí
sin ningún temor —le dijo,
casi maravillado.
La joven sonrió también, y se sonrojó profusamente,
apartando la vista.
—¿No te me irás a poner tímida ahora? —se rió Tom
suavemente, tomándola por
la barbilla y buscando sus ojos azules—. Porque hace un
rato no lo has sido—le dijo
besándola sensualmente.
—Tampoco tú —murmuró ella.
—Cierto, y no nos ha dado tiempo a tomar ninguna
precaución... —apuntó él con la
misma sonrisa lobuna.
—A lo mejor me he quedado embarazada —sonrió Anna.
Esa sonrisa y el modo en que lo había dicho hizo que el
corazón de Tom diera un
salto de alegría.
— Sí, a lo mejor... —asintió, mirándola con dulzura—.
Pero hay tiempo, eres muy
joven.
—No tan joven... —protestó ella, atrapando sus labios en
un beso seductor.
— Sí lo eres —insistió él, haciéndola rodar hacia un
lado, mientras le respondía
afanosamente.
—Mmm... No, no lo soy...
Y siguieron contradiciéndose entre beso y beso hasta
quedarse dormidos el uno
en brazos del otro.
Un delicioso olor a tostadas, café, huevos revueltos,
bacón y bollos despertó a
Anna. Abrió los ojos soñolienta y vio a Tom con un
albornoz y el cabello mojado.
—He pedido que nos subieran el desayuno —le dijo. Salió
un momento al saloncito
que daba acceso al dormitorio de la suite, y regresó con
un carrito cargado—. Espero
que tengas apetito.
—Mmm... estoy muerta de hambre —confesó ella,
incorporándose en la cama.
Tom se acercó y apartó las sábanas, admirándola con ojos
posesivos.
—Dios, eres preciosa —farfulló con voz ronca.
—Adulador —murmuró ella, sacándole la lengua.
Él se inclinó hacia ella y comenzó a besarla y
acariciarla. Anna gimió suavemente,
y agarró uno de los extremos del albornoz para tirar de él,
pero la mano de Tom la
detuvo.
—Primero vamos a desayunar —le dijo con ternura— .
Tenemos que recuperar
fuerzas.
Anna apoyó la mejilla en su pecho y suspiró.
—Fue tan maravilloso... —le dijo con una mirada de
ensoñación—, tan especial...
—¿Cómo podría haber sido sino... —respondió él con una
sonrisa—, cuando dos
personas se aman tanto como nos amamos nosotros?
El corazón de la joven se detuvo.
—Pero yo creía que tú no... —balbució.
—¿Y entonces por qué iba a casarme contigo, pequeña? —le
preguntó él
quedamente..
Anna sentía que se iba a desmayar.
—Yo creía que, al intentar alejarte de mí, estaba
evitándote lo que le hice pasar
a Louisa sin querer — le confesó Tom con amargura—, pero
ahora comprendo que ella
jamás debió amarme. Tú me has abierto los ojos.
La joven apenas podía respirar. Tom le acarició la
mejilla con una de sus grandes
manos.
—Fui un idiota, sacrificando tanto tiempo nuestra
felicidad por lo que pensaba
que sería lo mejor para los dos. Después de lo que me
ocurrió con Louisa estaba
aterrado ante la idea de hacerte tanto daño como le hice
a ella, pero cuando Randall
me dijo que ibas a casarte con él, me volví loco —le dijo
con la voz quebrada por la
emoción—. Eso para mí fue horrible, pero cuando te
atacaron y yo ni siquiera me
enteré hasta el día siguiente... Podías haber muerto, y
yo ni siquiera había estado allí,
contigo. Me sentí fatal cuando pensé que tu último
recuerdo de mí habría sido de
dolor, por haberte herido como lo había hecho con mi
actitud.
Los ojos de Anna estaban empezando a llenarse de
lágrimas. De pronto, por
primera vez, pudo ver en el rostro de Tom lo que sentía
por ella, notarlo en su voz...
—Tú... ¡me amas! —exclamó suavemente, como si aún no lo
creyera.
—Sí, Anna, te amo —murmuró él, mirándola a los ojos—. Te
amo, te adoro, estoy
loco por ti —tomó su rostro entre sus manos y la besó con
una ternura infinita—. Eres
el aire para mí. Sin ti no puedo vivir.
— Yo también te amo, Tom —le dijo ella—, te amaré
siempre.
Él volvió a inclinarse, mirándola con ojos brillantes
antes de posar sus labios en
los de ella con tal adoración, que Anna se derritió en
sus brazos, y el besó siguió y
siguió, interminable, sellando el amor que se habían
declarado.
Diana Palmer - Serie Hombres de Texas 8 – Evan.
HOLA!! BUENO ESTE ES EL FINAL ... POR FIN EL TOM SE HECHO A LA ANNA ... BUENO GRACIAS POR LEERLA ... AHORA VAMOS CON EL MALHUMORADO DE DONOVAN ... SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO Y OJALA COMENTEN YA QUE AUNQUE EMPIEZO NUEVA NOVELA SIEMPRE REVISO :)) ... BUENO HASTA LA PROXIMA ...
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULIZ: EVAN TREMAYNE
POR CIERTO ... ESTE ES EL ULTIMO DE LOS HERMANOS TREMAYNE ... ASI QUE YA NO ESPEREN AL CUARTO xD...
UNA PREGUNTA: USTEDES SI VEN LA FOTO QUE PONGO EN EL BLOGGER DE TOM? DIGANME PORQUE SI NO LA VEN YA NI PONGO FOTO ... AHORA SI ADIOS
UNA PREGUNTA: USTEDES SI VEN LA FOTO QUE PONGO EN EL BLOGGER DE TOM? DIGANME PORQUE SI NO LA VEN YA NI PONGO FOTO ... AHORA SI ADIOS
Me encanto virgi y que bueno que se caso con Anna y dejo atrás su pasado, e hicieron el amor que romántico jajaja
ResponderEliminarHermosa historia!!
ResponderEliminarA leer la siguiente ;)