Capitulo 7
Anna estaba segura de que Tom no podía haber dicho lo que
creía haber oído.
—¿Qué? —balbució atónita.
—He dicho que no vas a casarte con Randall —le dijo él en
un tono que no admitía
discusión. Bajó la vista a la bandeja que le habían
llevado a la joven con el almuerzo —.
No estás comiendo nada. ¿Es que quieres que vuelvan a
ponerte todos esos tubos para
alimentarte por vía intravenosa?
La habían subido a planta, y tenía su propia habitación,
llena de flores, de amigos
y conocidos.
—No tengo hambre —contestó ella, observándolo aún con los
ojos muy abiertos.
—Pues tienes que comer —insistió él—, ya has perdido
bastante peso.
— Ya soy una mujer, Tom, deja de tratarme como si fuera
una niña —le espetó
ella irritada.
Tom bajó la vista al pecho de Anna, bajo el camisón del
hospital, y le dirigió una
pequeña sonrisa.
—Sí, en ciertos sentidos te has convertido en toda una
mujer —le dijo en un tono
sugerente.
Anna se sonrojó, irguiéndose para apartarse de él, Tom se
inclinó hacia ella y
rozó sus labios con suyos..
—Tom, por favor, no...
Él observó que parecía nerviosa, e incluso algo asustada.
—Lo que sientes es normal, Anna. El deseo a veces
intimida un poco. A mí mismo
me aterra el modo en que te deseo.
Anna se estremeció, y cerró los ojos cuando él volvió a
besarla con lánguida
sensualidad. Sin poder evitarlo las manos de Anna
subieron hasta los hombros de
Tom, y empezó a masajearlos mientras él devoraba sus
labios.
—Oh, Tom, no deberíamos hacer esto... — gimió—, estoy
comprometida...
Pero él hizo el beso más profundo, haciendo que todo
pensamiento sobre Randall
y la honorabilidad se desvanecieran de su mente. Emitió
un suspiro ahogado de
placer, y con manos temblorosas lo tomó por la nuca y lo
atrajo más hacia sí mientras
él le introducía la lengua ardorosamente una y otra vez.
El modo en que se estremecía entre sus brazos y los
dulces sonidos que
escapaban de su garganta fueron lo único que lograron
devolver a Tom la cordura.
Estaba todavía muy débil, aquello podía suponer una
tensión emocional demasiado
fuerte para ella. Alzó la cabeza lentamente y buscó sus
ojos.
—Perdóname, Anna —le susurró—, pero lo necesitaba
tanto... Vamos, deja de
temblar, pequeña, o pensarán que estoy torturándote.
—¿Y acaso no es eso lo que estás haciendo? —le espetó
ella con la voz quebrada.
Los ojos de Tom se ensombrecieron y su mandíbula se puso
rígida.
—Supongo que es la impresión que te da, ¿no es verdad?
—le preguntó con voz
ronca—. Quiero mucho más que tus besos, Anna —murmuró.
Bajó la vista a sus senos, y
la tirantez de los pezones delató hasta qué punto la
excitaba.
La joven, azorada, había bajado también la vista y se
encontró con la prueba
innegable del deseo de él.
— Sí, Anna, te deseo —le dijo Tom, cuyos ojos habían
seguido la dirección que
habían tomado los de ella—. Y no puedo ocultarlo como ves.
Ella se mordió el labio inferior, demasiado aturdida como
para poder hablar.
—Tranquila, se pasará —le dijo él sonriendo con humor,
mientras empezaba a
cortarle la carne en salsa que le habían llevado.
Anna notó que el tono de su voz era muy calmado, y que no
parecía avergonzarle
en absoluto que ella lo hubiera visto en ese estado.
—¿No te importa que te vea así?
—No particularmente —fue la respuesta. Se rió al ver la
expresión estupefacta
en el rostro de la joven—. De hecho, me alegra que haya
ocurrido.
—¿Que te alegra? —repitió ella confusa.
—Verás, esto... no me ha pasado con otras mujeres
últimamente —respondió Tom
mirándola a los ojos—. De hecho, parece que tú eres la
única que consigue que suceda.
Anna tenía los ojos abiertos como platos. Tom asintió con
la cabeza.
—Sí, lo he intentado, pero no pasó nada. La última vez
fue en Denver, después de
aquel día que te besé en la galería. Me llevé a una mujer
muy atractiva a mi suite del
hotel con la intención de apartarte de mi mente, y apesar
de su belleza y su indudable
experiencia... Ni siquiera pude fingir interés.
—¿Quieres decir que...?
—La palabra es «impotente» —dijo él quedamente irónico,
—¿verdad? Solo con
mirarte me excitas de tal modo que ni siquiera puedo
sostener un tenedor.
Anna bajó la vista a su mano, y observó que, en efecto le
temblaban ligeramente
las manos mientras pinchaba un trozo de carne. La idea de
que hubiera estado con otra
mujer hizo que los celos la devoraran, por halagada que
se sintiera al saber que nadie
excepto ella podía despertar su deseo.
— Anda, abre la boca —le dijo Tom, levantando el tenedor.
—No tienes por qué hacer esto —protestó ella, pero aún
así obedeció y aceptó la
comida en su boca.
—Sí, ya lo creo que tengo que hacerlo —insistió él —.
Quiero hacerlo. Te he
herido cuando nunca fue esa mi intención. A partir de
ahora voy a cuidarte.
De modo que era eso, se dijo Anna apesadumbrada. Sentía
lástima por ella.
Lástima y deseo no parecían una buena combinación. Quería
llorar.
—Pero Randall... — comenzó.
Los ojos de él relampaguearon al mirarla.
—Por mí, Randall puede irse al infierno —le contestó con
aspereza—. Para
empezar, nunca debería haberte dejado ir con él —masculló
mientras pinchaba otro
trozo de carne y lo llevaba hasta la boca de la joven,
pacientemente, como si fuera un
bebé.
—Me duele toda la cara —farfulló Anna tocándose con
cuidado la mandíbula
cuando él hubo terminado de darle de comer.
—No me extraña. Ese canalla te la ha dejado llena de
moratones.
—Sí, podía haberse llevado las joyas y punto. No tenía
que haberme golpeado de
esa manera —murmuró ella estremeciéndose al recordarlo.
Tom la tomó de la mano y se la apretó suavemente.
Queriendo hacerle olvidar el
desagradable incidente, mencionó algo que había olvidado
decirle:
—Tu madre ha hablado por teléfono con tu padre esta
mañana. Volvió anoche y
escuchó el mensaje que le había dejado en el contestador.
Creo que viene camino de
aquí.
—¿Mi padre? —exclamó ella encantada—. ¡Dios, hace dos
años que no lo veo!
—Lo sé. Tu propia madre está muy nerviosa.
—Ah, ojalá hicieran las paces —murmuró Anna con un
suspiro—. Ninguno de los
dos ha vuelto a tener otra relación desde que se
separaron, pero sencillamente, mi
padre es incapaz de permanecer en un sitio.
—Bueno, algún día se cansará de ir siempre de aquí para
allá —le dijo Tom,
tratando de animarla —y entonces volverá a casa para
quedarse.
—¿Puedo preguntarte algo, Tom? —inquirió ella después de
unos minutos de
silencio.
Él asintió con la cabeza, pero Anna no sabía cómo abordar
el tema.
— Bueno, el caso es que... ¿sabes?, Últimamente estás muy
cambiado. No
pareces el Tom de antes.
—¿Y cómo era antes?
—Pues despreocupado, alegre, bromista... —le recordó
ella—. Has cambiado.
—Las circunstancias cambian a la gente —respondió él
encogiéndose de
hombros—. ¿Y la pregunta que querías hacerme? —le dijo él
mirándola impaciente
La joven lo miró incómoda.
—Pues yo... La verdad es que no creo que pueda hacértela.
Tom acercó la silla un poco más a la cama.
—No hay nada, absolutamente nada, que no puedas
preguntarme —le dijo
suavemente.
— Mi... mi madre me habló de una chica a la que hiciste
daño —balbució Anna.
Tom se puso rígido, y la joven contrajo el rostro al
darse cuenta.
—Lo... lo siento... no tienes por qué hablar de ello si
no...
Pero Tom suspiró y la miró a los ojos.
—De aquello hace bastante tiempo —murmuró—. ¿Qué quieres
saber
exactamente? ¿Cómo le hice daño?
La joven se puso roja como una amapola y bajó la mirada.
Él se rió con amargura.
—¿Qué crees, que disfruto siendo cruel en la cama?
—No, yo solo...
—¿Y si fuera así? —le espetó él, enfadado de que pudiera
siquiera pensar que él
sería capaz de hacerle daño a una mujer—, ¿y si resulta
que me gusta ser cruel?
—masculló inclinándose hacia ella.
Anna sacudió la cabeza con fuerza.
—No, no, yo sé que tú no eres así.
—¿Estás segura? —inquirió Tom, mirándola como un ave de
presa—. El otro día
en la galería te mordí... ¿recuerdas dónde?
El cuerpo de la joven se estremeció ante el recuerdo, las
puntas de sus senos se
endurecieron, delatándola.
—S... sí —musitó—, pero no... no me dolió.
—Porque no pretendía hacerte daño —le respondió él
quedamente, acariciándole
el cabello—. Nunca has dejado que nadie te tocara o
besara de ese modo, ¿verdad?
—adivinó—. Ni siquiera Randall...
—Es que me parecía algo tan íntimo —murmuró Anna, sin
poder despegar sus ojos
de los de él—. Una vez, intentó tocarme el pecho, pero me
resultó desagradable, y no
volví a permitírselo.
—Pero conmigo no te resulta desagradable —apuntó Tom.
Los ojos de Anna descendieron como hipnotizados hasta los
labios de él.
—Nada que venga de ti podría resultarme desagradable —le
dijo sin poder
mentir.
Tom, conmovido por aquella tierna declaración, acarició
la mejilla.
—Louisa, aquella chica, era muy frágil, y tan decente
como tú, íbamos a
comprometernos, y yo la deseaba con todas mis fuerzas. Un
día fuimos a su casa,
aprovechando que los demás habían salido, empezamos a
besarnos, nos fuimos
desvistiendo... pero cuando yo me habia quitado toda la
ropa y me di vuelta hacia ella, vi
que se había puesto lívida.
Anna alzó el rostro, sorprendida, y Tom se limitó a
asentir con seriedad.
—Era baja, y delgada, y no sabía nada de sexo excepto lo
que había leído en las
novelas rosas. Yo me moría por hacerla mía, y pensé que
solo estaba un poco nerviosa
porque era su primera vez, así que empecé a besarla y
acariciarla de nuevo,
dulcemente. Me pareció que estaba consiguiendo que se
relajara, y yo mismo comencé
a excitarme, tanto, que llegó un punto en que perdí el
control, y por mucho que ella me
gritaba y trataba de empujarme, no era capaz de quitarme
de encima de ella. No me di
cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que ella, no sé
cómo se zafo de mi abrazo y
se cayó de la cama, haciéndose bastante daño en las
costillas —Tom se puso de pie,
yendo hasta la ventana, y Anna observó que se le había
ido el color del rostro y que
tenía los músculos de la espalda increíblemente rígidos—.
Me dijo algunas cosas que...
—apartó el rostro para ocultar a la joven su expresión de
dolor—. El caso es que fue
mi primera experiencia con una virgen... y la última
también. Desde entonces las he
evitado como a la peste.
—Lo siento mucho —murmuró ella—. Si estabas enamorado de
ella como para
haber estado a punto de casaros, debió ser un golpe
durísimo para ti —le dijo
quedamente, empezando a comprender por primera vez el que
la hubiese rechazado
una y otra vez.
—Lo fue —asintió él, girándose para mirarla—. Al poco
tiempo se marchó de
Jacobsville, y lo último que supe de ella era que se
había casado con un agente de
seguros y que habían tenido dos niños —añadió riéndose
amargamente—. Supongo que
el tipo tuvo el buen sentido de emborracharla y apagar
las luces antes de meterse con
ella en la cama.
—¿Cuándo ella y tú... dejaste la luz encendida...? —Balbució
la joven.
Tom se rió.
—Bueno, ¿no pensarás que la gente solo hace el amor por
la noche y con la luz
apagada? —le espetó. —Recuérdame que te regale una guía
de sexología por Navidad.
— ¡Tom! —exclamó ella azorada. Él volvió a echarse a reír
divertido.
—Está bien, está bien, respetaré tus inhibiciones dijo
con una sonrisa burlona—.
Aunque el otro día en la galería no parecías tener
muchas...
El corazón de Anna se estaba desbocando por minutos.
—No deberías hablarme de ese modo.
—¿Por qué no? Oh, porque estás comprometida con tu
adorado médico —dijo él
con sarcasmo.
—No, porque no es... decente —replicó ella incómoda.
Tom meneó la cabeza y chasqueó la lengua.
—Nena, eres un caso —murmuró—. Una chica de esta época,
tan reprimida...
—No te burles de mí —protestó ella—, no creo que sea un
pecado que siga virgen
porque no me haya acostado con chicos por los que no
sentía nada.
Él enarcó las cejas.
—¿Acaso he dicho yo que lo fuera?
—Acabas de decir que soy una reprimida —le contestó ella
al instante.
Una sonrisa traviesa se dibujó en las comisuras de los
labios de Tom.
—Bueno, estás reprimida... pero eres apasionada. Solo
necesitas que alguien te
guíe un poco.
—Pues ya tengo a Randall para que lo haga —musitó ella,
tragando saliva.
— ¡Oh, por favor! —exclamó él contrayendo el rostro—. Eso
será cuando las
ranas críen pelo. Además, ya te lo he dicho: considera
roto tu compromiso con Randall.
No va a casarse contigo.
— ¡Pero si tú tampoco me quieres para ti!
—Yo te deseo, Anna, y lo sabes.
— ¡Pero no puede construirse una relación solo sobre la
base del deseo! —le
espetó la joven, llena de frustración.
—Estoy de acuerdo —asintió él muy calmado, mirándola de
un modo posesivo—,
pero sí puede construirse sobre la base del amor.
—Yo... yo... ¡amo a Randall!
Tom se limitó a sonreír.
—No, no lo amas —repuso suavemente—. Me amas a mí.
—¿Y de qué me sirve? Tú no quieres mi amor — contestó ella,
sin molestarse
siquiera en negar que lo amaba. ¿Para qué?, Era demasiado
evidente. Se recostó contra
los almohadones que le habían colocado en el cabecero y
cerró los ojos—. Déjame sola
un rato, Tom, estoy cansada.
Él suspiró, pero se acercó a ella y la besó en la
mejilla.
—De acuerdo. Iré a buscar a tu madre para que se quede
contigo mientras
duermes —le dijo—, pero cuando hayas salido de aquí,
vamos a empezar a pasar más
tiempo juntos.
Ella abrió los ojos confundida.
—¿Para qué? No tienes por qué hacerlo.
—Quiero hacerlo, Anna —murmuró él, volviendo a besarla,
esta vez en la frente.
Lo hizo con tanta ternura, que a ella casi se le saltaron
las lágrimas.
—Pero, Tom, tú no me quieres a tu lado —gimoteó—, no has
hecho más que
pasearte por ahí con Nina para alejarme de ti.
Tom contrajo el rostro, asqueado de su propio
comportamiento.
—Todos cometemos errores, Anna.
—Pero es que...
—Shhh... duérmete, anda.
Cuando Anna se despertó, vio a un hombre mayor, de
cabello rubio entrecano y
ojos azules sentado en la silla que había ocupado Tom,
observándola con expresión
preocupada.
— ¡Papá! —exclamó incorporándose y extendiendo los brazos
hacia él.
El hombre fue a ellos riéndose y apretándola amorosamente
contra sí.
— ¡Y yo que estaba preocupado por el recibimiento que
tendría...! —murmuró.
—¿Estabas preocupado? —le dijo ella sorprendida—. No
debías estarlo. Eres mi
padre, y te quiero.
—Siento no haber podido venir antes —farfulló él con
amargura—. Estaba fuera
del país y no lo supe hasta anoche. ¿Cómo estás, tesoro?
—le dijo acariciándole el
rostro—. Me han dicho que sufriste un golpe muy fuerte en
la cabeza.
—Sí, pero estoy mucho mejor. Solo me quedan algunas
magulladuras... y el susto,
pero estoy bien.
—No gracias a ese prometido tuyo —masculló su padre
irritado—. ¿Cómo has
podido dejar que Randall Wayne te convenciera para
casarte con él? ¡Creía que
estabas loca por Tom Kaulitz!
—Y lo está —respondió la profunda voz de Tom desde la
puerta abierta. Ella se
sonrojó, pero él sonrió. Llevaba un vasito de plástico
con café que tendió al padre de
Anna—. ¿Sigue tomándolo solo, señor Cochran?
Duke Cochran se rió entre dientes y se levantó para tomar
el vaso y estrechar la
mano del ranchero.
—Sí, qué buena memoria. ¿Cómo estás, Tom?
—Cansado —dijo él, lanzando una mirada a Anna. Seguía un
poco pálida, pero
parecía que estaba algo mejor—, como todos. Ha sido una
semana muy larga.
—Lo imagino. Siento no haber podido estar aquí.
—Bueno, usted estaba fuera, no podía saberlo.
—Sí, pero debería haber estado —farfulló el señor
Cochran, enfadado consigo
mismo, pasándose una mano por el cabello—. Nunca estoy
cuando se me necesita. Polly
tiene razón, soy un egoísta, ¿no es cierto, cariño?
—inquirió con tristeza, volviéndose
hacia Anna.
—No, no es verdad —repuso ella—. Es solo que eres un
hombre inquieto. Mamá y
yo lo comprendemos. Hay hombres para los que es muy
difícil renunciar a su libertad.
—Sí, pero a veces la libertad se paga muy cara — contestó
su padre quedamente.
En ese momento apareció la madre de Anna, y se quedó en
la puerta
boquiabierta, llevándose la mano al pecho.
—¡Duke! —murmuró con un hilo de voz.
El señor Cochran se volvió hacia ella sonriendo inseguro.
—Hola Polly. Siento no haber podido venir antes.
—¡Oh, Duke!, Estás aquí de verdad...
—Pues claro que estoy aquí de verdad —se rió él
suavemente—. Ven aquí y deja
que te dé un beso, mujer no soy un fantasma.
Polly se sonrojó, pero fue a su lado, alzando el rostro
para recibir un beso que, a
pesar de ser breve, resultó tan lleno de sentimiento, que
Tom y Anna se sintieron
como intrusos.
—Me alegro de volver a estar con vosotras —le dijo el
señor Cochran a su
esposa—. Cada día estás más hermosa.
—Igual de zalamero que siempre —se rió la señora Cochran.
—¿Verdad que papá tiene un aspecto estupendo, mamá? —le
preguntó Anna.
—Sí, parece que los años no pasaran por él — murmuró
Polly—. ¿Cómo te
encuentras, cielo?
— Mucho mejor —le aseguró Anna—. ¿Cuándo podremos volver
a casa?
—El médico ha dicho que mañana te darán el alta— le dijo
su madre con una
sonrisa—, pero debes tomártelo con calma. Además, quieren
que vayas a unas sesiones
con un psicólogo.
— Ya hablaremos de eso cuando esté en casa — contestó su
hija—. Además, no
me siento traumatizada, ni nada de eso.
—Eso es porque tu subconsciente no permite que lo
exteriorices —le dijo la
señora Cochran—, pero has estado teniendo pesadillas, y
bastante terribles a juzgar
por cómo dabas vueltas de un lado a otro en la cama.
—Tu madre tiene razón, Anna —dijo su padre —No te harán
daño unas cuantas
sesiones.
Ella contrajo el rostro.
—Si me hubiera quedado en el coche como Randall me
dijo... —suspiró—. Y
hablando de Randall, ¿dónde está? Hace un par de días que
no viene por aquí.
—Oh, sí, lo había olvidado —dijo la señora Cochran—. Me
dijo que ayer empezaba
los exámenes y que no podría pasar a verte, pero me dijo
que se le dijera si
necesitabas algo.
—Qué novio tan devoto —se burló Tom, entornando los ojos.
—Deja de meterte con él, Tom. Esos exámenes son muy
importantes para él — lo
defendió Anna.
—Sí, más importantes que tú, eso es obvio —le respondió
él.
Anna lo miró enfadada.
—Mi vida personal no es asunto tuyo.
— Sí que lo es cuando haces estupideces como
comprometerte con un idiota.
— Vamos, vamos... —trató de aplacarlos Polly,
interponiéndose entre ellos—.
Anna necesita descansar, y tú también, Tom. Deberías ir a
casa, darte una ducha,
comer algo y echarte un poco.
Tom no quería irse, pero lo cierto era que el cansancio
estaba empezando a
hacer efecto en él, así que no replicó cuando Duke lo
tomó del brazo y lo acompañó
fuera de la habitación.
Cuando se hubieron marchado, Polly Cochran dirigió una
sonrisa a su hija.
—Parece que no le cae muy bien Randall, ¿eh? — murmuró—.
El día que llegó me
dijo algunas cosas sobre él que... en fin, no me atrevo a
repetírtelas.
—No tiene derecho a criticar a Randall —dijo resoplando—.
Nuestra relación no
es asunto suyo.
—Nunca hubiera imaginado que Tom pudiera ser tan posesivo
—comentó su
madre con un brillo divertido en los ojos—. ¿Sabes que en
estos días no se ha apartado
de ti excepto para descansar unas horas?
Aquello le llegó a Anna al corazón, y lo cierto era que
por mucho que quisiera
defender a Randall, le parecía increíble que no hubiera
ido a verla en aquellos días, y
que los días anteriores apenas sí se hubiera quedado
media hora. Estaba segura de que
se preocupaba por ella, pero por alguna razón parecía
dispuesto a mantenerse alejado.
¿Por qué sería?
—¿Crees que Tom estará haciendo esto para ponerme en
contra de Randall? —le
preguntó a su madre —. ¿O será que si no puede tenerme él
no quiere que me tenga
nadie? —dejó escapar un profundo suspiro—. O quizá,
después de todo, le doy pena, y
una vez que me haya repuesto saldrá de mi vida. Sí, estoy
segura de que se trata de
eso. Espera y verás.
—Deja que el futuro se preocupe de sí mismo, cariño.
Ahora concéntrate
simplemente en ponerte bien.
Capitulo 8
Unos minutos después, a pesar de que había dicho que no
podría ir, apareció
Randall por la puerta de la habitación.
—Al final he sacado tiempo para venir a verte. Espero que
te repongas muy
pronto —le dijo sentándose a su lado, con expresión
arrepentida—. Me siento fatal por
lo que ocurrió.
—Lo sé pero no fue culpa tuya. No debí salir del coche
—respondió ella
suavemente—. ¿Cómo te han ido los exámenes que has tenido
ya?
Él se encogió de hombros.
—Espero que no demasiado mal —respondió— No he podido
concentrarme.
Estaba preocupado por ti
—No te preocupes, me estoy recuperando, y dentro de unos
días solo habrá
quedado en un susto.
Él asintió con la cabeza y se reclinó en el asiento.
—Tu madre me ha dicho que Tom está muy pendiente de ti
—le dijo de pronto,
observando el rostro de Anna con atención para ver su
reacción.
Tal y como esperaba, ella se sonrojó y apartó la mirada.
—Sí —musitó.
—No tienes por qué avergonzarte. Siempre he sabida lo que
sentías por él. Lo
nuestro nunca funcionará nunca. No puedes casarte conmigo
cuando estás enamorada
de otro.
—Supongo que no —admitió ella.
—Antes de que todo este embrollo ocurriera éramos amigos
—le dijo Randall—, y
a mí me gustabas como eras: impulsiva, risueña,
burbujeante... No me gusta la mujer
apagada y amargada en que te he convertido.
—Pero, Randall, tú no... —trató de protestar ella.
Pero el joven levantó una mano para rogarle que lo dejara
terminar.
—Bueno, la actitud de Tom también te empujó a ello, pero
nuestro compromiso
no ha hecho sino empeorar las cosas. Quiero que volvamos
a ser simplemente amigos
—le dijo mirándola a los ojos—. Además no creo que esté
preparado para el
matrimonio, si estuviera enamorado de ti no habría
seguido saliendo otras mujeres, y
si tú estuvieras enamorada de mí, no me lo habrías
aguantado, te habrías puesto
furiosa.
Anna no podía negar nada de aquello. Flexionó las piernas
y entrelazó las manos
sobre las rodillas.
— Es verdad.
— Y para rematar, hace un rato me he encontrado en el
pasillo con Tom, y me ha
dicho que no va a permitir que me case contigo —añadió
Randall con una sonrisa
divertida.
Anna lo miró boquiabierta.
—¿Cómo se atreve? ¡No tiene derecho a...!
—Me temo que él cree que sí lo tiene —repuso el joven—,
pero puedes probar a
discutirlo con él.
—Es ridículo. Lo único que siente por mí es lástima
—contestó ella, resoplando y
bajando la vista a sus delicadas manos—. En cuanto salga
del hospital se pasará las
noches ideando formas de desalentarme igual que antes.
Randall no creía que eso fuera a suceder, pero dijo nada.
Tom había ido a casa a cambiarse de ropa, furioso por su
encuentro con Randall
en el pasillo del hospital justo cuando él salía. Le
había advertido que no iba a permitir
que se quedase con Anna sin pelear por ella, pero temía
que fuese demasiado tarde.
Sabía que la joven lo amaba a él, y no al estudiante de
medicina, pero la había tratado
con tanta crueldad que estaba seguro de que sería capaz
de casarse con Randall solo
para despecharlo. Tenía que evitarlo, se dijo mientras se
ponía una camisa limpia
después de ducharse, ¿pero cómo?
Por supuesto existía la posibilidad de que él le
propusiera matrimonio y... los
dedos de Tom se quedaron inmóviles sobre un botón de la
camisa al darse cuenta de lo
que acababa de pensar. El matrimonio nunca había sido una
de sus prioridades, pero lo
cierto era que estaba loco por Anna, y que la deseaba.
Podrían incluso tener niños: a él
siempre le habían encantado los niños. Cerró los ojos con
fuerza, intentando reprimir
aquella idea, pero su mente empezó a conjurar imágenes de
Anna y él desayunando
juntos, llevando a sus hijos al colegio, arreglando su
propio hogar... haciendo el amor...
El corazón empezó a latirle apresuradamente. La verdad
era que el matrimonio quizá
no fuera algo tan terrible después de todo, se dijo
abriendo los ojos de nuevo y
mirándose al espejo fijamente.
El único obstáculo era el miedo que sentía a hacerle daño
a Anna la primera vez,
pero tal vez si ella lo amaba y confiaba en él....Siempre
y cuando aceptara casarse con
él antes, claro, se dijo frunciendo los labios. Sentía
deseos de abofetearse por
haberse comportado como se había comportado. Había
destrozado el orgullo de la
joven, y no estaba seguro de que ella fuera a darle una
segunda oportunidad.
Casi había anochecido cuando Tom regresó al hospital y
para sorpresa de Anna,
se presentó con un enorme osos de peluche blanco bajo el
brazo. Tan vergonzoso como
siempre cuando se trataba de esas cosas, se lo tiró como
si no quisiera dar
importancia al detalle.
—Ten, pensé que te alegraría.
—¡Oh, Tom es adorable! —exclamó Anna acariciándolo. Había
esperado que él
siguiera con ganas de pelea, pero parecía que quería
hacer las paces—. Gracias.
Él se encogió de hombros, y se sentó en la silla junto a
la cama, mirándola con los
ojos entornados.
—Bueno, ¿y qué quería Randall? —inquirió sin andarse por
las ramas.
—Pues ver cómo estaba, por supuesto.
—Ya, pero, ¿has roto el compromiso o no? — insistió él.
—No —contestó ella bruscamente.
Y en el fondo era la verdad: había sido él quien lo había
roto y no ella. Sin
embargo, su orgullo le impedía decírselo a Tom. Él acercó
la silla a la cama y se inclinó
hacia ella, fijando la mirada en los labios de la joven.
—¿Cómo has dicho?
La proximidad de Tom y el olor a colonia y aftershave la
hizo sentirse mareada.
Ansiaba volver a sentir sus labios sobre los de ella,
pero se había hecho la firme
promesa de no dejarse llevar otra vez.
—Ya te dije que mi compromiso no es asunto tuyo —le
espetó obstinadamente.
Apretó el oso contra ella como una barrera, pero él lo
apartó, arrojándolo a los pies
de la cama.
—Suponte que hago que lo sea... —murmuró, sosteniéndole
la mirada—. Supón que
te diga que soy endiabladamente celoso, y que no quiero
que otro hombre te toque.
El corazón de Anna se había desbocado, pero no iba a
dejarse engatusar por su
voz sensual y sus ojos negros.
—Lo que ocurre es que sientes lástima por mí —le
respondió ella—. No tienes que
abrirme los brazos y jurarme amor eterno solo porque me
haya asaltado un vagabundo,
Tom.
Él enrojeció irritado.
—No se trata de lástima.
—¿Entonces de qué? —inquirió ella con amargura—. ¿Acaso
has sentido alguna
vez algo por mí?
Tom se puso de pie de repente. En ese momento, más que
nunca, se dio cuenta
de hasta que punto había estado reprimiendo sus
verdaderos sentimientos, porque la
pregunta de Anna le dolió como si le hubiera clavado un
puñal. ¿Cómo iba a convencerla
de que se había dado cuenta de que estaba equivocado
cuando ella parecía haber
decidido que no iba a volver a creer nada de lo que le
dijese?
—¿No respondes? —masculló ella—. Tal vez sea porque tengo
razón, ¿no es así?
Tom una vez más volvió a sorprenderse con la actitud de Anna.
Nunca antes se
había mostrado tan directa.
—¿Qué es lo que te ha pasado? —le preguntó.
—No me ha pasado ni más ni menos que finalmente he
abierto los ojos —le
respondió ella—. He crecido, ya no te idolatro como si
fueras mi héroe.
—¿Es eso todo lo que era para ti?, ¿Cómo esos guaperas de
cine que encandilan a
las adolescentes?
—Solo tengo diecinueve años —le recordó ella—. Soy
demasiado joven para
enamorarme, y más aún para el matrimonio. ¿No era eso lo
que tú pensabas?
Las facciones de Tom se pusieron tensas.
— No te he rechazado hasta ahora solo por tu edad.
—¿Y entonces por qué más?
—Por lo que me ocurrió con Louisa —le contestó
quedamente.
Anna recordó lo que le había contado del desafortunado
incidente con aquella
chica, y su expresión se suavizó un poco. No era difícil
imaginar las cicatrices que
debía haberle dejado aquella experiencia.
— Si de verdad te hubiera amado, no te habría tenido
miedo —le dijo bajando la
vista a las sábanas.
—¿Eso crees?
La voz de Tom había sonado burlona, cínica, pero la joven
alzó los ojos hacia él,
vio las marcas del cansancio de aquellos últimos días en
su rostro y se sintió
conmovida.
—Sí, lo creo, y hubo un tiempo, no muy lejano, en que te
lo habría demostrado yo
misma de buen grado.
Tom, sin embargo, soltó una risotada amarga.
—Eso es lo que dices, pero no tienes ni idea. Si no, no
reaccionarías como
reaccionas ante mis besos y mis caricias.
—No había sabido lo que era el deseo hasta aquel día, en
la galería —le confesó
Anna.
Tom esbozó una pequeña sonrisa.
—Yo me he pasado una infinidad de noches en vela desde
entonces —dijo de
pronto él con voz ronca, sorprendiéndola—, recordando la
deliciosa sensación de tus
manos en mi pecho.
A ella le había sucedido lo mismo, y habría podido ser un
recuerdo perfecto, si
no fuera porque en ese preciso instante los insultos de
cierta modelo acudieron a su
mente.
—¿Mis manos, o las de Nina? —le espetó con aspereza.
Tom se acercó a la cama y se inclinó sobre ella apoyando
una mano sobre los
almohadones, junto a la cabeza de la joven.
—No me acuesto con Nina, si es eso lo que estás
sugiriendo —le dijo entre
dientes.
—¿Y no lo has hecho nunca? —inquirió ella con cinismo.
Los ojos de Tom bajaron hasta los labios de Anna.
—No pienso hablar de mis pasadas conquistas contigo —le
dijo—. Lo que ocurrió
hace años no tiene nada que ver con lo que pueda suceder
en el presente, o vaya a
suceder en el futuro.
—Solo que Nina no pertenece al pasado —le recalcó ella,
esforzándose por
ocultar el nerviosismo que le producía tenerlo a solo
unos centímetros—, o al menos
eso es lo que me has dado a entender a mí, y a todo
Jacobsville, de paso.
—Sé que he estado huyendo de ti mucho tiempo —admitió Tom—,
pero de un
tiempo a esta parte, cada vez que te miro, me siento tan
excitado que ni siquiera
puedo pensar. De hecho, el que me haya estado
reprimiendo, el que me haya mantenido
alejado de ti, es lo único que te ha salvado de mi deseo
hasta ahora.
Anna enarcó una ceja.
—Pues ahora mismo no te estás manteniendo precisamente
alejado de mí.
—Estás convaleciente —le respondió él incorporándose y
sentándose con cuidado
a su lado sobre el colchón—. No forzaría a una mujer en
tu estado.
—Oh, comprendo —contestó ella, irónica.
—¡No, no comprendes nada en absoluto! —le espetó el
apasionadamente. Al ver
que la había sobresaltado, le acarició los labios con la
mano libre—. Ojalá supieras más
de los hombres —añadió con un suspiro—. Y con eso no
quiero decir que me moleste
que seas virgen, pero haría las cosas más fáciles.
—¿Crees que me asustaré como aquella chica? —le preguntó
Anna frunciendo las
cejas—. Tom, no voy a negar que las mujeres siempre
tenemos miedo a la primera vez,
pero me parece que lo estás llevando a límites
desproporcionados solo por aquella
experiencia que tuviste.
—¿Eso piensas? —le espetó él—. No sabes lo que fue para
mí aquella noche, las
cosas que me dijo...
La angustia de él entristeció a Anna. Tomó una de sus
grandes manos entre las
suyas y la colocó sobre uno sus senos, conteniendo el
aliento al sentir su cálido
contacto. Tom, a quien había pillado con la guardia baja,
dio un respingo, pero Anna no
le soltó la mano.
—¿Qué... qué estás haciendo? —inquirió Tom con voz ronca.
—Mostrarte lo asustada que estoy —le susurró Anna con una
sonrisa, apretando
la palma del ranchero contra su pecho para hacerle sentir
los fuertes latidos de su
corazón—. ¿Acaso me tiemblan las manos, Tom, o notas que
me disguste tu contacto?
Él entreabrió los labios, en un esfuerzo por recuperar el
aliento. Bajó la vista a
su mano, y comenzó a moverla, muy suavemente, acariciando
el pecho de Anna a través
de la tela del camisón. El pezón se endureció al
instante, y ella contuvo el aliento.
Tom sintió que todo su cuerpo se tensaba, y que su
respiración empezaba a
volverse trabajosa. Rozó los labios de Anna con los
suyos, y la joven le respondió al
momento mientras él cerraba la palma de su mano en torno
a la perfecta
circunferencia de su seno. Tom la tomó por la nuca con la
mano libre para acercarla
más hacia sí, e hizo el beso más profundo.
Sin embargo, al cabo de unos segundos, interrumpió el
encendido beso y se puso
de pie, visiblemente tembloroso por el deseo que con
tanto ahínco se esforzaba en
reprimir.
Anna se quedó mirándolo extasiada, y su ojos descendieron
sin pudor a esa parte
de su anatomía que delataba su interés por ella.
—¿Ves lo aterrorizada que me tienes? —susurró, mirándolo
sensualmente, se
estiró el frontal del camisón con las manos para que
pudiera ver las erectas puntas de
sus senos.
Tom tuvo que tragar saliva antes de poder hablar. Las
facciones se le habían
puesto rígidas mientras la miraba.
—Tú no lo entiendes, Anna, el acto sexual es mucho más
que eso. No sabes...
Anna subió los brazos, dejándolos caer a ambos lados de
su cabeza con un
suspiro.
—Tienes razón, y supongo que nunca lo sabré ya que tú
tienes miedo de llegar
hasta el final.
Tom la miró irritado.
—No me provoques. Este no es el momento ni el lugar.
—Pues entonces olvídate de mí —le dijo Anna— Randall
quiere casarse conmigo y
está deseando que llegue nuestra noche de bodas —mintió.
Tom alzó el rostro furioso, y Anna pudo ver que los ojos
le relampagueaban, pero
le sostuvo la mirada.
—¿Qué? —le espetó la joven desafiante—. Pensaba que
querías librarte de mí.
¿Qué te importa que me case con Randall?
—Randall es un inmaduro —masculló Tom apretó la
mandíbula—. Jamás serás
feliz a su lado, cada vez que te des la vuelta te
engañará con otra, y tú no lo amas, me
amas a mí.
—¿No eres un poco pretencioso al asumir eso? — preguntó
ella irritada.
—Puede ser, pero es la verdad —contestó él—, y no voy a
permitir que te cases
con Randall cuando es a mí a quien amas.
—¡Pero si tú no quieres ataduras! —replicó ella—,
casarte, ni tener hijos.
—¿Cómo sabes que no es eso lo que quiero?
—¡Porque me lo has dicho tú millones de veces, cada vez
que te pedía que me
invitases a salir! —le dijo ella, exasperada—. Nina es
más de tu estilo: atractiva,
sofisticada, divertida, sin exigencias ni
preocupaciones... y nunca tendrás que
preocuparte por romperle el corazón.
—Estás muy equivocada con respecto a Nina y a mí. No me
interesa en absoluto,
lo único que quiere es acostarse conmigo.
— Vaya, qué raro, eso sí que no me lo esperaba — contestó
ella con una carcajada
irónica.
— Bueno, tú debes saber los motivos que tenga, porque tú
también quieres
hacerlo —contestó él, sonriendo de un modo burlón. Anna
se sonrojó y lo miró
enfadada, pero era algo que no podía negar. Tom dejó
escapar un suspiro y esbozó una
media sonrisa—. Escucha, Anna, es cierto que no eres una
chica frágil y, que si me
esfuerzo, lograré superar aquel incidente que me dejó
marcado, porque te deseo, Dios,
te deseo tanto...
El corazón de Anna dio un vuelco. Parecía que hablaba en
serio.
—Pero, ¿y Nina?
—¿Qué pasa con ella? —respondió él, como si estuvieran
hablando de una
extraña—. Lo mío con ella se acabó hace tiempo, igual que
va a terminar lo tuyo con
Randall —le dijo en un tono exigente—, porque no vas a
casarte con él.
—¿Con qué derecho te crees para organizar mi vida?
—¿Es eso lo que crees que estoy haciendo? —Murmuró él—.
Anna, si puedes,
mírame a los ojos y dime que no me amas.
Ella alzó la vista y lo intentó, pero las palabras se
negaban a abandonar su
garganta, y bajó la vista de nuevo, derrotada.
Tom sonrió y se inclinó para besarla en la frente.
—Vendré por la mañana para llevarte a casa. Tu madre
tiene una cita de negocios
y no podrá hacerlo ella —le dijo, poniéndose el sombrero.
Justo cuando se dirigía hacia la puerta para marcharse,
ella lo llamó:
—Tom...
—¿Qué? —contestó él, volviéndose. Los ojos azules de Anna
estaban mirándolo
llenos de ansiedad.
—Por favor, no juegues conmigo —musitó—, no digas cosas
que no sientes solo
porque te doy lástima.
—No te culpo por esa falta de confianza, pequeña —le dijo
él—, pero te doy mi
palabra de que esto no es ningún juego, y que no me
mueven la lástima, ni la
culpabilidad. ¿De acuerdo?
Anna dejó escapar un suspiro, aún no muy convencida.
—De acuerdo.
—Buena chica —murmuró él, esbozando otra sonrisa y guiñándole
un ojo—. Hasta
mañana.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS PENULTIMOS CAPITULOS ... 3 O MAS Y AGREGO EL FINAL Y LA NUEVA NOVELA ... BUENO HASTA LUEGO Y BUENAS NOCHES :))
Esta buenisima!
ResponderEliminarSiguelaa :)
Sube pronto *.*
ResponderEliminarTan lindo Tom me encanta cuando se pone posesivo jajaja ya quiero leer mas..
ResponderEliminarSubeee
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