viernes, 10 de junio de 2016

5 y 6

Capitulo 5
Tal como había esperado Anna, a las ocho menos diez de la tarde del día
siguiente, Tom pasó por delante de la galería como de costumbre, solo que aquella vez,
Nina no lo acompañaba, y además, entró en la tienda. Anna frunció el entrecejo
extrañada, y se puso a revisar unos albaranes, fingiendo estar atareada. Por suerte, el
señor Taylor estaba allí también.
—Ah, buenas tardes, Tom —lo saludó el dueño con una sonrisa—. Me alegro de
verte. ¿Estás buscando algo en particular?
A Tom la presencia de Brand Taylor lo había pillado por sorpresa ya que, la
mayor parte de los días anteriores, cuando había pasado con Nina por delante de la
galería, Anna estaba sola. Ya era mala suerte...
—No, solo quería echar un vistazo —contestó.
—Bien, bien, adelante. Anna te informará de los precios si ves algo de tu agrado.
Tom miró en dirección a la joven, pero ella ni siquiera se dignó a levantar la
cabeza de los papeles que tenía en las manos. Él empezó a pasearse por entre los
cuadros expuestos, y observó con curiosidad que Anna lanzaba de vez en cuando
furtivas miradas hacia la puerta, como si esperara ver aparecer a alguien que la
rescata. Lo cierto era que no le extrañaría si así fuera, después del modo en que la
había tratado.
Mientras la observaba, advirtió que parecía haber perdido peso, que estaba algo
pálida, y que tenía ojeras. Se acercó hacia ella, sintiéndose como una sabandija cuando
vio que daba un respingo, como si le tuviera miedo. ¿Cuánto daño podía hacérsele a
alguien sin pretenderlo?
—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó ella en un tono tirante, obligándose a
mirarlo.
Tom pudo leer el dolor en sus ojos azules.
—Anna, yo... —comenzó inseguro.
Sin embargo, en ese momento se oyó la campanilla de la puerta al abrirse, y los
dos giraron la cabeza. Era Randall, que saludó al señor Taylor antes de acercarse a
Anna.
El joven sabía muy bien cuáles eran los sentimientos de Anna hacia Tom, y
también sabía lo que estaba sufriendo por su causa. Tal vez por eso, se despertó de
pronto en él un instinto protector que ignoraba que tuviera, y rodeó la cintura de Anna
y la besó dulcemente en la mejilla, consciente de que el ranchero lo estaba mirando
como si quisiera matarlo.
—Hola, cariño —le dijo a la joven—. ¿Lista para irnos?
—Sí —musitó Anna—, iré por mi bolso —y fue a la trastienda.
—Vamos a comprar los anillos —le dijo Randall a Tom, observando la expresión
de su rostro—. Anna y yo vamos a casarnos en Navidad.
«Vamos a casarnos, a casarnos, a casarnos...». Las palabras se repitieron como un
eco en la mente de Tom hasta casi enloquecerlo. Anna iba a casarse con Randall... Iban
a comprar los anillos... No, era imposible. Él había ido a la galería para pedirle perdón a
Anna, a ponerse de rodillas ante ella si era necesario, a pedirle que tuvieran su
primera cita, a construir una relación con ella... Pero Randall se le había adelantado.
Todo era culpa suya. La había herido, atormentado... incluso él mismo la había
alentado a aceptar la proposición del estudiante de medicina. Durante el resto de su
vida iba a tener que vivir con aquello, y con el conocimiento de que ella no amaba a
Randall pero iba a casarse con él.
—¿No vas a darnos la enhorabuena? —lo provocó el joven—. Voy a hacerla muy
feliz.
«¿Y cómo crees que vas a conseguirlo cuando es a mí a quien ama?», Se dijo Tom
con amargura. Se metió las manos con rabia en los bolsillos y se mordió la lengua,
girándose atormentado hacia Anna cuando regresó con su bolso.
—Cuando quieras, Randall —le dijo al joven con voz queda.
Tom seguía mirándola fijamente y, al mirarla de cerca, casi le costó trabajo
reconocer a su Anna en la chica que tenía delante. El brillo de sus ojos se había
apagado, como si el espíritu travieso y alegre que siempre le había parecido que
habitaba en su interior la hubiera abandonado. Daba la impresión de que de la noche a
la mañana se había convertido en una mujer de mediana edad.
—Bueno, pues nos vamos —dijo Randall sonriendo, mientras la tomaba del
brazo—. Hasta luego, Tom.
Este los vio salir de la galería con los ojos de un hombre al que fueran a ahorcar.
Iba a casarse con Randall...
—¡Dios, no! —masculló en voz baja, saliendo del estado de trance en el que
estaba. Tenía que detenerla. Pero cuando salió de la tienda, sin despedirse siquiera de
Brand Taylor, se tropezó con Nina, que doblaba la esquina en ese momento.
—¡Ah, aquí estás! —lo saludó alegremente, colgándose de él.
Anna, que iba caminando calle abajo con Randall la oyó, pero no se dio la vuelta.
Por un instante, había pensado que tal vez Tom había ido a la galería para verla, pero
solo había quedado allí con la modelo, para atormentarla a ella, como los días
anteriores. Entrelazó su mano con la de Randall y la estrechó con fuerza, siguiéndolo
como una zombi, y escuchando sus planes para el fin de semana sin oír en realidad una
palabra.
Durante los días que siguieron, Tom estuvo muy callado e irritable, ahogando sus
penas con el trabajo en el rancho, como para castigarse por lo que había hecho, y
agotando también a sus hombres, como si tuvieran que sufrir con él.
—No había visto a tantos de nuestros peones un domingo en la iglesia desde
hacía tiempo —murmuró Theodora Kaulitz divertida una noche mientras cenaban en
familia—. Seguro que todos habían ido a pedirle a Dios «por favor, señor, líbranos de
Tom, y no nos dejes caer en la tentación, amén».
Los demás se rieron, pero Tom frunció el ceño molesto.
—No tiene gracia —masculló.
Miranda lo miró sorprendida. No parecía el mismo hombre jovial al que había
conocido un año atrás.
—Demonios, me recuerdas a mí mismo, tal y como solía comportarme antes de
que se cruzara en mi camino este ángel —dijo Harden, acariciando amorosamente
cabello de su esposa—: todo espinas y pinchos.
Tom no contestó, sino que apuró su café y se levantó de la mesa.
—Os veré luego.
—¿Sales otra vez con Nina? —inquirió Connal.
—¿Con quién sino? —contestó Tom sin mirarlo saliendo por la puerta.
Fueron a Houston a ver un musical, y con quién irían a encontrarse sino con
Randall, y acompañado el una joven que no era Anna, sino una morena alta con un
vestido que no dejaba nada a la imaginación.
En el intermedio, Tom se acercó a ellos, mirándolo con ojos relampagueantes,
como si quisiera matarlo.
— Pensaba que estabas comprometido —le dijo con aspereza.
— Y lo estoy, esta es mi prima Wendy —contestó Randall.
—Seguro que sí.
—Escucha, Tom —le dijo Randall—, Anna y yo tenemos un pacto, así que mis
asuntos no son de tu incumbencia.
—¿Sabe que has salido con tu «prima»? —insistió Tom.
—No, pero pienso decírselo. No tengo intención de engañarla —le respondió
Randall con sinceridad—. Al menos, Anna estará mejor conmigo que contigo —añadió
fríamente—. Yo nunca la heriría del modo en que tú lo has hecho.
Tom explotó y lo agarró por las solapas de la chaqueta, pero un par de empleados
del teatro lo sujetaron al ver que podía armarse una pelea, y Tom se apartó antes de
que lo pusieran en la calle. Giró sobre sus talones resoplando, y regresó junto a Nina
entre los murmullos de los demás asistentes.
—¿A qué ha venido eso? —exigió saber la modelo, cruzándose de brazos. Estaba
empezando a estar harta de los arranques de celos de Tom—. ¿Otra vez intentando
controlar la vida de Anna?
Los oscuros ojos de Tom le dirigieron una mirada de advertencia.
—Anna es asunto mío.
—Querrás decir de Randall —le espetó Nina, sin dejarse intimidar—. Es con él
con quien se ha comprometido.
Al día siguiente, con el pretexto de hablar de negocios, Tom fue a ver a la
señora Cochran, pero en cuanto hubo cerrado tras de sí la puerta del despacho, tomó
asiento en el sillón de cuero frente a ella y se inclinó sobre la mesa.
—Randall estaba ayer por la noche en Houston con una morena —le dijo sin
andarse por las ramas—. Creí que debía saber que ya está engañando a Anna, antes
incluso de que se hayan casado.
Polly se quedó sorprendida, pero más por el hecho de que Tom hubiera ido
expresamente a decirle aquello y por la irritación en su voz, que por la infidelidad de
Randall.
—¿Qué clase de matrimonio va a ser ese, por amor de Dios? —exclamó Tom
exasperado—. El orgullo de Anna no resistirá esa clase de comportamiento.
—Tom, agradezco tu preocupación —le contestó Polly muy despacio—, pero se
trata de la vida de Anna.
—Precisamente por eso —repuso él apasionadamente, arrojando las manos al
aire—. ¡Está arruinando su vida! ¿Es que a usted no le importa?
Polly Cochran enarcó las cejas.
—¿No has sido tú quién ha estado atormentando a Anna todos estos meses,
diciéndole incluso que se casara con Randall?
Tom contrajo el rostro molesto.
—Pensé que sería lo mejor para ella, porque es aproximadamente de su edad, y
es bueno en su profesión... pero creí que cuando se hubieran comprometido al menos
sería un poco más discreto respecto a su aventuras.
—Bueno, yo diría que lo está siendo, Houston está muy lejos de Jacobsville
—contestó Polly.
—Pero, si yo lo vi allí, es posible que otras personas de Jacobsville lo hayan visto
—insistió Tom.
Polly se reclinó en su sillón giratorio, escrutando el enfadado rostro de Tom
Kaulitz.
—No es que diga que apruebe lo que ha hecho, pero mi hija ya sabía cómo era
antes de comprometerse con él, y es mayor de edad para tomar sus propias
decisiones, aun a riesgo de equivocarse. Además, cuando se casen tienen pensado irse
a vivir precisamente a Houston, y en una ciudad tan grande a nadie suele importarle la
vida de los demás, no estará sometida a las habladurías de la gente como lo estaría de
quedarse aquí.
Aquello estaba matándolo por dentro. No podía más, no podía más... Tom se
levantó irritado y agarró su sombrero.
—Anna cree que la odias, Tom —le dijo la señora Cochran cuando le dio la
espalda. El ranchero no se volvió, pero la mujer observó que los músculos de su espalda
se habían puesto rígidos ante sus palabras—. Hazle un favor y deja que siga
creyéndolo.
Tom se caló el sombrero y salió del despacho. Polly Cochran lo vio marcharse con
una mirada triste en los ojos. Si alguna vez había dudado de los sentimientos de Tom
Kaulitz por su hija, en aquel momento se sintió completamente segura de que la
amaba con un amor con el que estaba luchando a brazo partido, como si tuviera miedo de
dejar ver a los demás lo vulnerable que era en realidad. La señora Cochran abrió un
cajón del escritorio y cogió una vieja fotografía de su marido, Duke. Anna se parecía
tanto a él, se dijo con un suspiro. Le había amado tan apasionadamente como Anna
amaba a Tom, pero su relación no había prosperado porque él era un hombre inquieto,
incapaz de permanecer mucho tiempo en un sitio. Se detestaba a sí misma cuando
recordaba cómo se había rebajado, rogándole que quedara a su lado, que no la dejara.
Y, sin embargo, aún seguía enamorada de él. Acercó la fotografía a sus labios y la
besó antes de volver a guardarla.
Tal como le había dicho a Tom, Randall le dijo a Anna que había llevado a otra
mujer al musical, y tal y como había esperado, ella no se inmutó en absoluto.
—No veo que haya nada malo en ello —le contestó ella, encogiéndose de
hombros—. ¿Por qué te has sentido obligado a contármelo?
—Bueno, yo ya pensaba decírtelo, porque no quiero que pienses que estoy
engañándote haciéndote creer que soy un hombre intachable, pero, además, me
encontré a Tom allí, y se puso medio loco cuando nos vio —le dijo—. Un poco más y
me pega.
A Anna el corazón le dio un vuelco, pero se cuidó de no decir nada y tampoco
permitió que sus facciones mostraran el placer que sentía al saber que Tom se había
disgustado por ella.
—Ya, es que es muy anticuado —murmuró, quitándole importancia.
— Sí, como todos los Kaulitz —farfulló Randall
—Bueno, yo solo quería que lo supieras, para que no te engañes respecto a mí. No
creo que nunca llegue a ser don Fiel, Anna, lo siento —añadió con una sonrisa
avergonzada—, eso no va conmigo.
—Lo sé —respondió Anna, y cambió de tema al instante, ofreciéndole café.
Mientras hablaban, Randall observó a la joven, y pensó de pronto que era una
suerte que no estuviera enamorado de ella porque si no hubiera sido así, aquella
indiferencia ante sus deslices lo habría matado. Viviría y moriría enamorada de Tom
Kaulitz. Sentía lástima por ella, aunque quizá más por Tom: estaba despreciando
algo tan raro y tan valioso, y probablemente ni siquiera se daba cuenta.
Al día siguiente, Anna se quedó muy sorprendida de encontrar a Tom
esperándola en la puerta de la galería antes de que abrieran. Los latidos de su corazón
se dispararon, pero procuró parecer calmada.
—Ya era hora —le dijo mirándola fijamente mientras la joven se aproximaba.
—¿Qué es lo que quieres ahora, Tom? —inquirió mientras sacaba la llave del
bolso.
Él la siguió dentro con el sombrero vaquero ladeado sobre el ojo derecho.
—Ya sabes lo que quiero —le respondió—. ¿Cuánto tiempo más vas a permitir que
Randall pisotee tu orgullo? ¿O es que no te importa que esté viendo a otras mujeres a
tus espaldas?
Anna dejó su bolso sobre el mostrador y encendió las luces.
—Randall ya es mayorcito para saber lo que hace, y no me molesta que lleve a
otra mujer al teatro cuando yo no puedo acompañarlo.
—¿Y por qué no podías acompañarlo? —exigió él con insolencia—. ¿Acaso no
estáis comprometidos?
—Me dolía la cabeza —fue la respuesta de Anna.
—¿Ya? —le espetó él, soltando una carcajada—. Pensé que eso vendría en la
noche de bodas.
La joven se volvió hacia él dolida.
—¡Márchate! —le gritó—, ¡lárgate!, ¡Déjame sola!
Tom se acercó a ella, avanzando despacio. Sus movimientos estaban cargados de
una amenaza sensual.
—Eso no es lo que quieres — le dijo con voz acariciadora y profunda.
Anna tragó saliva y trató de retroceder, pero su espalda chocó con el mostrador,
quedando acorralada como un animalillo.
Tom colocó sus manos sobre el mostrador, a ambos lados de ella, encerrándola.
Olía a colonia y a cuero, y Anna tuvo que cerrar los ojos para que no se deslizaran
hacia el musculoso tórax que asomaba por entre los botones abiertos de la camisa.
—¿Te turba mirarme? —le preguntó Tom quedamente.
Ella abrió los ojos, y él pudo leer la vulnerabilidad que había en ellos, y también la
atracción irresistible que sentía por él. Como si un imán la atrajera, Anna bajó la vista
al pecho de Tom y, aunque volvió a alzarla rápidamente, él se había dado cuenta. En
silencio, retiró las manos del mostrador y desabrochó el resto de los botones, dejando
al descubierto el bronceado tórax cubierto por una masa de oscuro vello rizado.
—Tócame —le dijo tomando las delicadas manos de Anna y colocándolas contra
su piel desnuda.
Ella no podía creer que aquello estuviera ocurriendo. Tímidamente comenzó a
acariciarlo, y de pronto sintió que los músculos de Tom se tensaban de pura
excitación, y lo oyó gemir entre dientes:
—Oh, Dios...
Anna se puso de puntillas y sus labios se encontraron en un beso ardiente y
apasionado.
Las manos de ella fueron volviéndose más audaces, enredándose en el vello del
pecho de Tom, deleitándose en su calidez, y en su fuerza. De repente, él la tomó por
las caderas y la alzó, colocándola sobre el mostrador y abriéndole las piernas para
ponerse entre los pliegues de su falda, entre sus muslos. Sus labios descendieron,
apartando la chaqueta de la joven, hasta encontrar la turgencia de un seno, y su boca
se abrió, tomando el endurecido pezón a través de la tela de su blusa.
—To...m... no... —jadeó Anna, estremeciéndose de placer. Sin embargo, a pesar
de la débil protesta, echó la cabeza hacia atrás y se arqueó hacia él, quitándole el
sombrero y agarrándolo por el cabello para mantener su cabeza contra su pecho.
—Eres mía —susurró él, mordisqueándole suavemente el pezón—, me perteneces,
y no voy a entregarte a Randall.
Y de pronto volvió a sorprenderla, alzando la cabeza y apartándose para mirarla.
Sus ojos descendieron hasta la tela mojada con una expresión de triunfo.
—¿Dejas que Randall te haga lo que yo acabo de hacerte? —le preguntó en un
tono insolente.
Anna casi no podía respirar. Al verlo así, con el cabello revuelto, la camisa
abierta, el pecho al descubierto, los labios ligeramente hinchados por los besos...
estaba haciendo que se sintiese mareada. Cuando su mente procesó lo que le había
preguntado, se puso roja como una amapola. Había dejado que la tocase y la besase de
un modo muy íntimo sin siquiera resistirse, y encima estaba burlándose de ella. Sintió
una oleada de vergüenza.
—No, claro que no —se respondió Tom a sí mismo dirigiéndole una mirada
lasciva—, nunca dejarías que otro hombre te hiciera lo que te he hecho, ni lo harás
nunca.
Anna estaba temblando, pero aquella afirmación la hirió en su orgullo. ¿Qué se
creía?, ¿Que era de su propiedad? No iba a permitir que la humillara de nuevo. Se bajó
del mostrador, observando azorada la mancha húmeda en su blusa mientras Tom se
abrochaba la camisa.
—Devuélvele a Randall su anillo —le dijo él con una sonrisa de autosuficiencia.
Anna se tapó con la chaqueta.
—No —contestó.
Las manos de Tom se detuvieron sobre el penúltimo botón.
—¿Qué?
Anna fue hasta la puerta, la abrió y la sostuvo, volviéndose hacia él.
— Si lo que pretendías era demostrar que no puedo resistirme a ti, ya lo has
conseguido —le dijo mirándolo a los ojos—. Ahora ya puedes irte y contárselo a Nina
para que os riáis los dos juntos, pero voy a casarme con Randall.
—¡En nombre de Dios!, ¿Por qué? —explotó él enfadado—. ¡No estás enamorada
de él!
Anna le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Precisamente por eso —le dijo con aspereza—, porque no lo amo, porque nunca
podrá hacerme tanto daño como me has hecho tú. ¿Ha quedado satisfecho tu orgullo,
Tom? —le preguntó—, ¿se ha resarcido al humillarme?
Tom se quedó boquiabierto. Lo había malinterpretado por completo.
—Anna, no he venido por eso... —comenzó.
—Quiero que te vayas.
—No lo comprendes —insistió él irritado, yendo junto a ella—, he venido a
explicarte algo.
Anna cerró los ojos con fuerza, sintiendo que no podría contener las lágrimas
mucho más tiempo.
— Por favor, déjame ya, Tom, deja de hacerme daño —le suplicó—. Voy a
casarme, voy a irme de Jascobsville por ti... ¿no te basta con eso?
—¿Por mí? —repitió él balbuciente, frunciendo el ceño.
Anna abrió los ojos y alzó el rostro hacia él atormentada.
—No puedo evitar sentir... lo que siento —sollozó—. ¿Tienes que seguir
castigándome por ello?
—Oh, cariño, no... —murmuró él horrorizado— Anna, yo no he venido para
hacerte daño...
—No quiero volver a verte, Tom —le dijo ella en un hilo de voz—. Por favor,
márchate.
—¿Y dejar que cometas el mayor error de tu vida casándote con ese medicucho?
—Si no te marchas, gritaré —lo amenazó, sin poder detener ya las lágrimas, que
rodaban por sus mejillas.
—Como quieras —accedió él al fin—, pero esto no se ha acabado.
—Sí, sí ha acabado —gimió ella—. ¡Márchate!
Tom abandonó la galería furioso, pensando mil y una maneras descabelladas de
arrancarla de los brazos de Randall, mientras Anna cerraba la puerta tras de sí, y se
derrumbaba sobre el frío suelo, llorando amargamente.

Capitulo 6
Aquella noche, durante la cena, la señora Cochran observó que su hija parecía
muy deprimida. No quería entrometerse en sus asuntos, pero estaba empezando a
preocuparse de verdad al ver que Anna estaba perdiendo peso.
—Anna, cariño, ¿hay algo en lo que pueda ayudarte? —le preguntó.
Su hija alzó el rostro y se sonrojó.
—Eh... No, pero gracias de todos modos.
—Pero te pasa algo, ¿verdad? —insistió su madre suavemente—.¿Ha hecho
Randall algo que te haya molestado? —inquirió.
—No, mamá, no ha sido Randall.
—¿Tom?
Anna se sonrojó, y su madre suspiró.
—Debería haberlo imaginado. Ha ido a verte a la galería, ¿no es así? Y supongo
que tendría bastante que decir acerca de la acompañante que Randall llevó el otro día
al teatro en Houston...
Anna la miró sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque antes vino a verme a mí —contestó su madre esbozando una pequeña
sonrisa—, para avisarme que Randall te estaba siendo infiel —añadió— La verdad es
que resulta contradictorio que tenga una actitud tan protectora contigo cuando jura y
perjura que no está interesado en ti.
Anna se sonrojó más aún, y la señora Cochran entornó los ojos suspicaz.
—Hizo algo más que hablar contigo, ¿me equivoco?
La joven bajó la vista y rodeó la taza de té con sus manos para disimular como le
temblaban, pero su madre ya lo había advertido.
—Sí, me besó... me besó y... ¡oh, mamá, no debí permitírselo!, ¡Estoy
comprometida!
—A un hombre que no te quiere —replicó su madre con voz queda—.La verdad,
Anna, seré honesta contigo. Preferiría que tuvieras un romance ardiente con Tom
Kaulitz a ese matrimonio con un hombre por el que tú tampoco sientes nada.
— ¡Mamá!
—¿Qué? Es la verdad —murmuró su madre, mirándola a los ojos—. Al menos,
Tom te desea, y no puedo imaginarlo saliendo con otra mujer si estuviera prometido.
—Él... es distinto a Randall.
—Claro que es distinto. Es apasionado, y cabezota... y muy hombre —le dijo la
señora Cochran. A Anna se le escapó una sonrisilla. Nunca hubiera imaginado escuchar
algo así de labios de su madre—. No, te lo digo en serio, no es algo para tomarse a la
ligera. He oído decir que en una ocasión le hizo daño a una mujer en la cama.
Anna la miró atónita.
—¿Deliberadamente? —inquirió en un hilo de voz.
—No, por supuesto que no, pero es muy fuerte, y un hombre no siempre puede
controlarse cuando está excitado. Parece ser que aquella mujer con la que estaba
saliendo era pequeña, frágil y muy inocente. No sé si eso tendrá algo que ver con su
actitud hacia ti, es posible que así sea.
— Yo no soy pequeña, ni tampoco frágil —protestó Anna.
— Lo sé, pero sí eres muy inocente. Para algunos hombres, la virginidad es un
obstáculo difícil de superar, sobre todo si tienen miedo de no poder controlar su
fuerza. No es algo para tomarse a la ligera —repitió.
— Pues esta mañana a mí no me pareció que tuviera miedo a nada —murmuró
Anna torciendo el gesto.
—Los besos son una cosa, cariño, y el sexo otra muy distinta.
Anna se aclaró la garganta.
— Sea como sea no pienso tener un romance con Tom.
—Ni yo te aconsejo que lo tengas —le dijo su madre calmadamente—, solo digo
que si está realmente interesado en ti, tal vez deberías reconsiderar lo de tu
matrimonio con Randall. Tom vale mucho más que él.
—Mamá, Tom me odia —dijo Anna apoyando los codos en la mesa y frotándose
las sienes—. A veces cuando me mira me da la impresión de que quisiera
despedazarme.
— Eso es deseo, no odio —le aclaró la señora Cochran—. El deseo puede ser algo
violento, sobre todo si se ha reprimido durante mucho tiempo. Yo he visto el modo en
que te mira, y créeme, no es odio.
—Pero tú misma dijiste que no es de la clase de hombres que se casan
—respondió Anna cansada—.Aunque me desee, ese deseo no durará eternamente,
y el deseo no puede ser la base para una relación.
—¿Y acaso es mejor casarte con un hombre al que no amas?
—No, supongo que no —admitió la joven, bajando la vista a su taza.
Se quedaron en silencio un instante, y finalmente fue Anna quien volvió a hablar.
—Randall y yo vamos a Houston mañana, a una fiesta que dan sus padres, para
decirles lo de nuestro compromiso. Probablemente volveremos tarde, así que no me
esperes levantada.
La señora Cochran suspiró.
—Bien.
Querría haberle dicho de nuevo que debía replantearse aquello, pero no podía
darle consejos, no podía vivir su vida por ella. Tenía que hacerse a un lado y dejar que
cometiese sus propios errores.

Los padres de Randall vivían en un barrio de clase media en las afueras de
Houston, y resultaron ser bastante agradables. Se mostraron muy amables y atentos
con Anna, pero cuando empezaron a llegar sus amistades para la fiesta, la joven
comenzó a sentirse como si estuviera siendo exhibida como un triunfo de Randall, y
cuando él se ofreció para ir a comprar unas botellas de champán para que pudieran
brindar por el compromiso, le rogó que la dejase acompañarlo.
Randall meneó la cabeza, diciéndole que la licorería más cercana estaba en una
zona no muy recomendable de la ciudad, pero ella repuso que se quedaría en el coche, y
que él tampoco iba a tardar tanto en comprar un par de botellas.
Él la miró indeciso, pero sabía que no lograría convencerla, así que finalmente
accedió a regañadientes, haciéndole prometer que cerraría las puertas y no saldría del
coche. Anna le dio su palabra, y tenía intención de cumplirla, pero unos minutos más
tarde, mientras lo esperaba en el coche, vio aparecer a un niñito negro, de unos nueve
años, deambulando solo, como si se hubiera perdido. Olvidando su promesa, se bajó del
coche y lo llamó, pero el chiquillo estaba bastante lejos y no la oía. Lo siguió,
intentando andar lo más deprisa que le permitían sus zapatos de tacón, pero justo
cuando estaba a punto de alcanzarlo, apareció una mujer que debía ser su madre,
porque vio que lo regañaba severamente y se lo llevaba a rastras del brazo, entrando
con él en un bloque mal iluminado.
Anna suspiró aliviada y se dio la vuelta para regresar al coche, pero su suave voz
había atraído la atención de un vagabundo, y al ver que parecía una chica rica, se
abalanzó sobre ella antes de que pudiera saber qué estaba ocurriendo. Se revolvió con
todas sus fuerzas, pero con ello solo logró irritar al hombre y lo hizo reaccionar con
más violencia que si le hubiera entregado lo que llevaba de valor encima.
Cuando el áspero puño del hombre la golpeó en la mandíbula sintió un dolor
fuerte y cayó de espaldas al suelo. Gritó pidiendo auxilio, pero el vagabundo se
colocó encima de ella y siguió golpeándola. Ni siquiera podía apartarlo. Era muy grande
y corpulento, y cuando finalmente la dejó sin sentido, lo último que notó fue el sabor
de la sangre en sus labios, y todo el cuerpo dolorido, como si la hubiera arrollado un
vehículo.
Entretanto, Randall había salido de la tienda con una bolsa en la mano, y cuando
llegó junto al coche y vio que estaba vacío, le entró verdadero pánico. Dejó
apresuradamente la bolsa de papel en el suelo, junto al vehículo, y empezó a llamarla a
voces. Le pareció ver que algo se movía calle abajo, y corrió en esa dirección, justo a
tiempo para ver huir a un tipo enorme. En el suelo había un bulto, y Randall tuvo el
horrible presentimiento de que no podía ser más que Anna.
Se arrodilló a su lado, gimiendo espantado al ver su rostro ensangrentado y lleno
de moretones.
—Anna, Anna, ¿puedes oírme?

Harden y Miranda eran los únicos que estaban en casa de los Kaulitz cuando
sonó el teléfono. Harden descolgó el auricular, imaginando que sería una llamada de
negocios que estaba esperando, pero la voz que habló al otro lado de la línea era la de
Polly Cochran. Parecía histérica, y Harden no conseguía averiguar qué estaba tratando
de decirle.
—Espere, espere, señora Cochran, hable más despacio, no puedo entenderla.
— ¡Oh, Harden, es Anna! Dios mío, ¿qué voy a hacer? Tengo que ir a Houston,
pero no... no sé conducir... ¿No está Tom ahí?
—No —contestó Harden—, se ha ido a una reunión en Dallas —omitió que se
había marchado furioso con Donald, Connal y él, porque les había dicho que tenía un
asunto mucho más importante que atender, aunque no les había dicho cuál y finalmente
se había ido refunfuñando—. ¿Qué le ha ocurrido a Anna?
—La han atacado en la calle. Está en el hospital, malherida y en coma —respondió
la señora Cochran temblorosa—. Tengo que ir...
—¿Está en casa?
—S... sí, estoy en casa.
—Saldré con Miranda para allá inmediatamente.
Minutos después, el joven matrimonio recogía a la pobre mujer y se dirigían
camino de Houston.
—Estará bien, señora Cochran, ya lo verá... —trató de consolarla Miranda
mientras la abrazaba, sentada con ella en el asiento de atrás—. Anna es una chica
fuerte.
Polly asintió con la cabeza entre sollozos, cuando llegaron al hospital,
encontraron a Randall esperándolos en el pasillo, junto a la unidad de cuidados
intensivos. Llevó dentro a la madre de Anna, y casi se desmayó al verla conectada a
varias máquinas, los ojos cerrados, pálida, su rostro lleno de cortes y moratones, y un
ojo hinchado.
—No se preocupe, señora Cochran, la conmoción que sufrió en la cabeza es la
única razón por la que está aquí y no en planta —le explicó el joven—. Lo demás no es
nada grave, solo magulladuras y golpes.
—¿No la... no la violaría, verdad? —inquirió Polly, con el corazón en un puño. Él
sacudió la cabeza.
—No, por suerte llegué a tiempo de asustar al tipo para hacerlo huir
—contestó—. Dios, lo siento tanto — gimió agachando la cabeza—. Fue culpa mía.
Salimos a comprar champán para la fiesta, y le dije que se quedara en el coche. No sé
qué la haría salir.
—Pero, ¿por qué la llevaste contigo? —inquirió la señora Cochran entre
sollozos—, ¿Por qué?, ¿Por qué?
—Es que... ella insistió —contestó Randall con expresión de impotencia.
Tom no la habría dejado ir con él, se dijo Polly Cochran irritada, y si hubiera ido
con él, no la habría dejado sola en el coche. Sin embargo, no dijo nada. Randall parecía
sentirse ya bastante culpable como para añadirle nada más. Se sentó junto a su hija y
la tomó de la mano, rogando a Dios que la hiciera despertar.

Ya era de día cuando Harden y Miranda regresaron a Jacobsville. La señora
Cochran se había negado a dejar allí sola a su hija, y Harden le había prometido que
regresaría más tarde para llevarle lo que necesitase. Llamó a casa para explicarle a su
madre lo que había ocurrido, y tras dormir un par de horas fue a casa de Polly Cochran
para recoger las cosas que le había pedido, y se puso de nuevo camino Houston.
Cuando regresó eran ya más de las ocho de la tarde. Estaba hecho polvo, pero fue
directamente a casa de su madre, donde Miranda le había dicho que le esperaría,
esperando de vuelta. Cuando entró por la puerta pasó al salón, donde estaban poniendo
la mesa para cenar, observó que Tom ya estaba allí.
En realidad acababa de entrar por la puerta un instante antes que él, y no había
habido tiempo de decirle todavía lo que había pasado, pero lógicamente, Harden no lo
sabía, y cuando se acercó a él le puso una mano en el hombro y le dijo:
—Siento lo de Anna.
Tom se encogió de hombros.
—Bueno son cosas que pasan —dijo brevemente.
Le dio la espalda y se sentó a la mesa, empezando a picotear de las fuentes de
comida.
Harden lo miró atónito ante semejante falta de sentimientos, pero se dijo que
quizá estaba todavía dolido por el compromiso de la joven y trataba de comportarse
como si no le importara Anna.
—¿Cómo está? —le preguntó Theodora a Harden, yendo a su lado.
—No ha habido ningún cambio —contestó él con un suspiro—. Le he prometido a
su madre que me pasaré mañana de nuevo para que no esté sola. Intentó llamar a su
marido esta mañana, pero está fuera del país, aunque creo que me dijo que regresaba
dentro de un par de días.
—¿Han encontrado al tipo que lo hizo? —inquirió Donnal.
—Todavía no —contestó Harden—. Tal vez si intenta vender las joyas..., pero aun
así será difícil. Un anillo con una esmeralda no es nada que llame la atención.
—¿De qué habláis? —los interrumpió Tom perplejo, que llevaba un buen rato
mirándolos con el ceño fruncido—. Anna tiene un anillo con una esmeraldas.
—Lo tenía —respondió Harden mirándolo extrañado —. Se lo han robado.
—¿Cuándo?
Harden se puso rígido y miró a los demás miembros de la familia. Y de pronto
comprendió.
—¿Nadie se lo ha dicho todavía?
—No nos ha dado tiempo —murmuró Theodora, contrayendo el rostro—. Y la
verdad es que yo tampoco sabía cómo...
—¿Decirme qué? —inquirió Tom girándose en su asiento hacia ellos.
—Anna está en el hospital, en Houston —respondió Harden—. La atacó un hombre
y quedó muy malherida. Está en coma.
Odiaba hacerle aquello a Tom delante de los demás, porque él y nadie mejor que
él sabía lo que sentía por Anna, pero su hermano no pareció tomárselo demasiado mal,
a excepción de la repentina palidez que le sobrevino, y los movimientos acartonados de
sus extremidades cuando se puso en pie y le dijo:
—Vámonos.
Harden acababa de llegar, pero sabía que era mejor no discutir. Besó a su esposa
y volvió a ponerse la chaqueta. Hizo un gesto de despedida a los otros, y abandonaron
la casa.
Una vez dentro del coche, Tom le pidió un cigarrillo mientras se abrochaba el
cinturón con manos temblorosas.
—Pero si tú no fumas... —le espetó Harden, enarcando una ceja.
—Pues acabo de empezar.
Harden le tendió su paquete de cigarrillos y el mechero y puso el coche en
marcha.
—Cuéntame cómo ocurrió —le dijo Tom.
—Preferiría no hacerlo.
—¿Porqué?
—Porque ya estás bastante alterado.
—Fue ese maldito niñato, ¿verdad? Seguro que la perdió de vista.
Harden contrajo el rostro.
—Al parecer él le había dicho que no saliera del coche —le contestó, tratando de
hablar en su favor—, pero, Dios sabe por qué, ella le desobedeció, y un vagabundo la
atacó para robarle las joyas que llevaba encima.
Tom maldijo entre dientes durante al menos cinco minutos, pasando del enfado a
querer matar a Randall. Harden no trató de contenerlo. Sabía que era exactamente así
como se sentiría él si fuera Miranda y no Anna quien estuviera en el hospital.
—¿Qué probabilidades tiene de superar el coma? —inquirió Tom, tosiendo al dar
la primera calada al cigarrillo, que sostenía con dedos temblorosos.
—Los médicos han dicho que un cincuenta por ciento. No hay más remedio que
esperar.
—Dios, Harden, yo... no he hecho más que herir sus sentimientos... Si muriera
pasaré el resto de mi vida atormentado. Tenía miedo de hacerle daño, como a Louisa...
— Ya hemos tenido antes esta conversación, Tom — dijo su hermano, sintiéndose
fatal por él — Anna no es Louisa. Deberías haberle dado una oportunidad.
—Sí, lo sé —asintió él, dando otra calada al cigarrillo. — Pensaba hacerlo. Por eso
no quería ir a ese viaje porque me decía que todavía no era tarde para intentar que
cambiara de opinión respecto a casarse con Randall.
Harden no pudo reprimirse.
—¡Cielos, al fin un poco de sensatez! —exclamó. Tom sonrió débilmente.
—Supongo que ha sido la desesperación lo que me ha llevado a ver la luz. Hace un
par de días, en la galería la besé y... Dios, fue la cosa más dulce que jamás... No he
podido dormir bien desde entonces. La deseo de tal modo que es como si me faltara
una parte de mí.
Harden escrutó el angustiado rostro de su hermano mayor.
—Sé lo que se siente —le dijo en un tono comprensivo—. Espero que podáis
solucionar las cosas.
— Yo espero que no nos abandone —murmuró Tom pesaroso—es lo único que
quiero en este momento. Eso, y matar al bastardo que la ha postrado en esa cama
—masculló con rabia.
Una hora más tarde estaban ya en el hospital. Cuando Tom pasó a la unidad de
cuidados intensivos, vio el magullado y amoratado rostro de Anna, maldijo en silencio.
Aquello era culpa suya. No debería haberla expulsado de su vida, no debía
haberla arrojado en brazos de aquel inmaduro de Randall. ¡Dios!, No podría soportarlo
si moría. Se sentó junto a la cama y tomó su delgada mano entre las suyas.
—Anna —la llamó en un susurro—. Anna soy yo, soy Tom.
La joven no se movió, pero él hubiera jurado que había visto un brevísimo
pestañeo.
—Anna, cariño, ¿puedes oírme?
Milagrosamente, el amoroso apelativo obtuvo una reacción: sus dedos se
movieron de forma casi imperceptible en el hueco de las manos de Tom.
—Sí, estoy seguro de que puedes oírme, pequeña —le dijo suavemente—. No me
dejes, Anna, no me dejes —le susurró al oído—. Dame otra oportunidad. Te juro que no
te arrepentirás.
La besó con ternura en los labios, y de pronto un suave gemido escapó de ellos.
Tom le acarició el cabello tembloroso, y empezaron a aflorar lágrimas de alivio a sus
ojos cuando vio que Anna empezaba a abrir los ojos y a mover la cabeza.
Tom se incorporó a toda velocidad hasta el cabecero de la cama y apretó el
botón para llamar a la enfermera. La mujer apareció al momento.
—Está consciente —anunció Tom sonriendo.
La enfermera le pidió que saliera al pasillo, y al cabo de un par de minutos
entraba en la unidad de cuidados intensivos el equipo médico que atendía a Anna.
—Ha despertado —le dijo Tom exultante a la señora Cochran.
— ¡Oh, Dios mío, gracias, Dios mío! —exclamaba la mujer una y otra vez,
abrazando a Tom entre la risa y el llanto.
—¿Cómo es que Randall no está aquí? —inquirió Tom, percatándose en ese
momento de su ausencia. Cuando había llegado estaba tan ansioso por ir junto a Anna
que se había olvidado por completo de su «prometido».
—Se fue a casa de sus padres un par de horas antes de que llegarais —le explicó
Polly Cochran—. Estaba cansado y fue a dormir un poco.
—¿A descansar? ¿Cómo puede haberse ido a descansar con ella aquí, en el
hospital? —casi gritó Tom, fuera de sí.
Antes de que la señora Cochran pudiera contestarle, salió el doctor para
informarles del estado de Anna y los tres se reunieron en torno a él para escucharlo.
Anna iba a reponerse, les dijo, pero era posible que le quedara un trauma
emocional como resultado de lo ocurrido, y que quizá necesitaría unas semanas de
tratamiento terapéutico con un psicólogo.
Cuando el médico se hubo marchado, Tom insistió a la señora Cochran en
quedarse con ella, y la mujer se sintió verdaderamente agradecida por la compañía de
Tom en los días que siguieron, ya que Randall no tuvo más remedio que reincorporarse
al trabajo.
Las veces que el joven iba a ver a Anna, siempre evitaba en la medida de lo
posible a Tom, quien lo miraba con auténtico desprecio. Lo cierto era que Randall se
sentía si cabía aún más culpable de lo ocurrido al ver al ranchero. Anna lo amaba, y él
no estaba haciendo sino interponerse en el camino de su felicidad. Además, las
razones mercenarias por las que había querido casarse con ella habían empezado a
atormentarlo al ver el cambio que se había estado fraguando en ella en las últimas
semanas. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que habían sido buenos amigos, y echaba
de menos la personalidad chispeante y alegre de la joven. Quería volver a verla
sonreír, quería que fuera feliz, pero él no podía lograrlo. En cambio, Tom sí. Iba a
dejarle el campo libre al hombre a quien Anna amaba de verdad. Cuando ella se hubiera
repuesto, rompería el compromiso con la mayor suavidad posible, y cruzaría los dedos
para que las cosas se arreglaran.


HOLA!!! AQUI ESTA EL CAPS ... EL TOM ESTA ENAMORADO DE LA ANNA :)) BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA .... ADIOS :))

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